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POR JOSÉ LUIS OLAIZOLA

¿Para qué sirve la fe?

Publicado el 24/02/2013 - El pasado 11 de octubre comenzó el Año de la Fe, con mayúsculas, como algo muy querido, como una necesidad imperiosa, a juicio del papa Benedicto XVI. Yo no creo que en siglos pasados, por ejemplo en la Edad Media, fuera necesario proclamar un año de la fe. Tendrán otros problemas quizá más graves, pero no tenían problemas de fe. Había creencia en Dios generalizada, incluso con sus herejías, que no dejaban de ser una manifestación de fe equivocada, que podía terminar en la hoguera, pero no dejaba de ser fe.
Hoy en día hay un grave problema de creencia, bien en forma de agnosticismo o ateísmo, pero en todo caso un manifiesto distanciamiento de Dios. Para remediar esta situación es para lo que se convoca al Año de la Fe, del que se esperan abundantes frutos.
No voy a meterme en honduras sobre algo tan profundo como es el misterio de la fe. Pero sí me atrevo a preguntarme: ¿para qué sirve la fe? Humanamente, para complicarnos la vida. Hay que ir a misa los domingos, y a ser posible, algún día entre semana, confesarse con razonable frecuencia, comulgar… Y, sobre todo, proyectar nuestra caridad con el prójimo. Y a veces es muy complicado ocuparse de los demás: pobres, enfermos, ancianos… Pero yo no conozco un hombre de fe verdadera que no haga algo por los demás.
Muestra evidente en estos tiempos de crisis es quiénes son los que luchan por los más desfavorecidos: instituciones, bien sea Cáritas o el Banco de Alimentos, con cristianos a la cabeza. Es ese uno de los grandes misterios de la fe que nos complica la vida, para hacernos más felices. ¡Cuidado que me complica la vida mi ONG de lucha contra la prostitución infantil en Tailandia! Pues todos los días doy gracias a Dios por esa complicación.
La fe es algo tan maravilloso que sirve, también, para conservar la vida. Por ejemplo, al doctor Melanzzini, oncólogo a quien a los 45 años, cuando se encontraba en la cima de la profesión se le declaró una distrofia muscular (ELA), que le condenó a la inmovilidad en una silla de rueda y con pronósticos de pocos meses de vida. Como era hombre de fe pidió un milagro, como el del paralítico del Evangelio que se pone de pie y echa a andar. Y como no se le concedió decidió acelerar el proceso, ya que vivir artificialmente, con ayuda de un respirador, le resultaba incompatible con una vida digna. Se trasladó a Suiza, país en el que el suicidio no está penalizado, para poner fin a su vida. Pero a última hora, cuando ya tenía preparada la pócima letal, comprendió que esa determinación era incompatible con su condición de católico, y decidió seguir viviendo hasta que Dios quisiera.
Y es entonces, cuando se produjo el verdadero milagro. Le entró una gran serenidad, un equilibrio interior muy fuerte, como si Dios correspondiera a su determinación de ponerse en sus manos. Tomó la decisión de dedicar el resto de su vida, poca o mucha, la que Dios quisiera, a contribuir con el estudio de su enfermedad.
Han pasado los años, sigue dirigiendo el hospital oncológico de Pavia y ha creado el Centro Cemo, para enfermos de ELA. En su silla de ruedas se dedica a impartir conferencias en el mundo entero, animando a vivir a los enfermos, sosteniendo que cada uno debe ser artífice de su propio milagro, con la ayuda de Dios. En Italia se le considera un símbolo de la superación frente a la adversidad y un ejemplo, no sólo para los enfermos, sino también para los sanos.
Para eso sirve la fe, para ser artífices del verdadero milagro de vivir nuestra propia vida como Dios quiere. En salud, o en enfermedad, en riqueza o en pobreza, e incluso en el paro.
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