Viceversa Letras Santiagueñas

Ascendencia misteriosa

Wolffia Angusta (seudónimo)

05/02/2017 - Aquel día, el abuelo me miró con extrañeza y tras el asombro esbozó una sonrisa comprensiva. Tal vez, porque a medida que crecemos, los adultos nos vamos olvidando de mirar hacia arriba, como lo hace a menudo, mi pequeño hijo Fermín. Gracias a él, la semana pasada pudimos liberar al búho de la vecina que quedó atrapado en el reloj de la plaza. El abuelo siempre fue distinto a los otros mayores de la casa, aunque nunca quiso admitirlo. Al igual que yo. La tía Claudia era antropóloga, y al tiempo de recibirse comenzó a dedicarse a estudiar el comportamiento animal. Era muy bonita cuando se soltaba el pelo y se quitaba los lentes para restregarse los ojos cansados. Las pocas horas que estaba en la casa eran como si no hubiera estado. Se parecía a esas criaturas disecadas que conservaba en su estudio. ¿Para qué se lo iba a contar a ella? Si cuando la interrumpía para hacerle interrogantes sobre ese mundo compuesto de pelos y gruñidos silenciosos, ella me miraba con una especie de cabeza encerrada dentro de una cabina, que sólo dejaba ver unos ojos lejanos y borrosos y una boca entreabierta que nunca respondía nada. A la abuela Hortensia podría habérselo confesado, pero seguro comenzaría a decirme que mi cara alargada era igual a la del tío Manuel, el que se fue a la guerra. Que los dedos largos de mis manos eran los mismos que los del primo Rolando, y que de no ser por la estatura, bien podría ser su gemelo. Y si le contaba sobre la música nocturna, ella hilaría sus fantasías y entonces me hubiera terminado por convertir en uno de esos animales disecados de la tía. Además, pasados los cinco minutos, me hubiera preguntado: “Y vos, ¿cómo te llamas?”, y seguro que con tantos retazos genéticos, a mí también se me hubiera olvidado mi nombre. Ese contexto familiar fue la cárcava más segura en la cual reposó mi secreto hasta que, por fin, resucitara -incompleto- al filo de la albardilla. Lo peor no fue mantener una guardia permanente para que nadie se diera cuenta, sino los terribles y atormentados momentos en los cuales yo mismo lo fui descubriendo. Recién a los seis años, cuando todos los niños en edad escolar divagan por el alfabeto, yo, en cambio, estaba concentrado ensayando la forma de disimular una incómoda picazón detrás de la nuca. A los siete años ya había aprendido a percatarme de las primeras señales, y corría a esconderme en los baños. A los ocho, el hormigueo en el torso me obligaba a agitar los hombros de una manera desesperada. Como unas palas en cada extremo, que se movían de un lado a otro. Un compás de remos, de carne y hueso, que me impulsaban a la búsqueda de una corriente que me llevara a encallar. Las siguientes velitas fueron una especie de aprendizaje tácito. El primo Rolando se las ingeniaba para llegar tarde a los festejos (entre el serpenteo del papel picado, en el piso de tierra del patio, y el alboroto de las tías, que iban y venían, tratando de enderezar el escenario, para las siguientes mañanas de mates y tertulias debajo de la fronda del gomero). Asistía repentinamente, cargado de bultos forrados con papel madera y moños ajetreados. Sin que nadie lo viera llegar, ni partir. Me convencí de que lo hacía en una nave espacial invisible. Yo, con la ayuda de zancos imaginarios, me lanzaba al cuello de mi primo y lo rodeaba con los brazos, apretando fuerte, muy fuerte. Él tomaba distancia de mi arrebato afectivo y sacudía mi cabellera riendo a carcajadas. Con el tiempo comprendí que Rolando sabía todo esto. De alguna manera su retraso premeditado a los cumpleaños y sus consabidos regalos, no eran más que una muestra febril de su complicidad. Recibía los bultos, año tras año, y escondido en el placar del cuarto, los despedazaba con una algarabía inocente para descubrir aquello que ya intuía: los libros. “Mi planta de naranja lima” llegó después de todas “Las aventuras de Tom Sawyer”. Y pasaba horas disfrutando las rimas del Martín Fierro. Como consecuencia de aquellos episodios, las sensaciones aumentaron excesivamente. De la picazón al hormigueo, del hormigueo a las protuberancias. “¿Soy un Zezé que va por la vida cantando por dentro?” “Cantar por dentro”, me dije, “que ocurrente este Zezé de Vasconcelos” (o se trata de un pavoroso arquetipo ideado por los lectores: ¿acaso, a causa de ellos, el personaje no engulle a su autor, y comienza una trama inversa, donde es el creado quien esculpe la vida de su creador?). También a mí, se me fue volviendo divertido. Recuerdo que el día de mi cumpleaños número dieciocho, Rolando llegó con los libros envueltos en una campera azul que tenía doble torso. “¡Qué prenda tan extraña!”, me dije sentado en el placar con las piernas que sobresalían, al fin, hacia el piso del cuarto. “¡Qué prenda rara!” Eso tampoco me resultó casual. Desarrollé el hábito de treparme a los tejados. Allí podía desplegar mi propio yo y leer y leer. Leer, leer y leer, imbuido por el canto de los grillos y el sombrío y distante murmullo de una ciudad que podía ser todas las ciudades. Leía hasta que la luna, esa mujer que se muestra distinta por las noches, llena de pudor, apagaba las páginas. Cuando el secreto se agolpaba entre mis oídos musitando: “ahora”, “ahora”, “ahora”, y comenzaba a salpicarme frases inescrutables, corría a mi pieza en busca de unos ritmos que ahogaran semejante atropello. Los sones que escupía la cinta en la grabadora aplacaban estos arrebatos, y las prominencias de la espalda (que crecían y crecían a diario) se calmaban con la música que les servía de arrullo. “Esto es una venganza de la naturaleza o el castigo de un dios profano”, me repetía, una y otra vez, cuando en casa no se hablaba de mis padres y yo no tenía con quien compartir este destino. Estas frases concitaban sentimientos contradictorios: yo los amaba sin conocerlos. Aunque mi madre se haya ido, después de parir, a ese cielo prometido que se abre para todos. Aunque las fauces del abismo hayan devorado a mi padre, condenándolo a habitar en los confines de la entelequia. Una noche de lluvia intensa, busqué refugio en la casa de Clarita, mi ... (no sé cómo bautizar, con exactas palabras, el idiota estado de andar por la vida enamoriscado). Mi campera de doble torso estaba demasiado hinchada debido a la humedad, y un escalofrío helado recorría mi espalda provocándome una posición tan empinada, tan rígida, que la mismísima Clarita se echó a reír cuando me vio indefenso en el umbral. Casi se lo cuento a esa muchacha…Me desorienté, porque ella parecía hablar el mismo idioma. Ese sutil encanto que tiene el lenguaje de las miradas…Pero no. Cuando el capricho del cielo se dio a la fuga, subimos a la terraza de la casa, impregnada del olor a tierra mojada. Mientras yo balbuceaba a tientas (mi lengua se empecinaba por enredar el secreto entre los dientes), ella se distrajo con el retintín de un teléfono que restó importancia a mi confesión. Volví al solemne rito del ocultamiento, tragándome el dolor más inofensivo y más dulce. Un día dije: “¡Basta!”. Me quise despojar de ese misterio heredado (esto último lo voy a dejar para más tarde). Dispuesto a ser el salvador de un yo capaz de extasiarse con el itinerario de una hormiga, trepé hasta la albardilla de la casona de los abuelos. Me decidí, por fin, a mostrar esa luz-cruz lastimera que me provocaba un placer incomprensible. Ese día, en una posición bien empinada, muy rígida, sobre el borde del techo, entendí la exquisita confesión de José Ingenieros: “Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala…” Me lancé sin mirar, y conteniendo la respiración fui atravesando el aire como un pájaro libre y rebelde, llenando la cabeza con los restos de un verso enamorado de Carlos Artayer: “no te lleves tu voz que todo nombra, que del hueco donde iban las palabras llueven labios y cenizas sin memoria.” Y no pude volar. No pude. Por llevar adheridos los miedos y la ceguera. Mis ínfulas adolescentes fueron contenidas por los cables y las ramas de los árboles, que me tendieron la trampa. Alguien me tomó en brazos. Acomodó mi torso abultado y me acarició. Observé con temor al hombre detenido a mi lado. Un hombre con un torso monumental: era mi padre. “¡Levántate!”, murmuró. “No temas. Todos los hombres de la familia compartimos este regalo arcano y misterioso. Pero para disfrutarlo, antes debes aprender a mirar hacia el cielo, para evitar las magulladuras”. Ese fue el día en que conocí a mi padre. Y también fue el día de nuestra despedida. “Arcano y misterioso regalo familiar”, me repetía. Ese dolor que cabe en el universo de una rosa y en la sed del mar. Al final comprendí la sonrisa del abuelo. La complicidad de Rolando. Y la locura de mi abuela Hortensia, la primera mujer de la familia que había sobrevivido a los partos de estos seres alados. De la enramada al césped, del césped a la contemplación de mi padre, de la despedida a la revelación del misterio, del silencio familiar, a la casa de los abuelos. Repleto de magulladuras que no pude ocultar. Desde entonces, aprendí a recordar cómo volver a mirar hacia arriba (los adultos nos privamos de las estrellas que salen cuando los niños las ven). Aprendí a no ocultarme más. A cantar para quienes quieran escuchar por fuera. Fermín apenas tiene cuatro años. Desparrama los crayones y los muros de la casa cambian de color. Francisca ha resistido el parto y recuerda nuestros nombres. De tanto en tanto, el niño restriega su espalda con la gorrita. La picazón, que oculta el misterio. Me mira, sonríe y me alcanza un libro de cuentos. Sentados sobre el césped, miramos el cielo, las formas inconstantes de las nubes, una mariposa. Abrimos el cuento. Las páginas se agitan como si fueran alas. Alas sujetas al lomo del libro, como las nuestras a la imaginación.

 
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