Macri, del glamour a la realidad; Cristina, de derrape en derrape y arrancó Randazzo con el pie izquierdo

Por Hugo E. Grimaldi - Especial para EL LIBERAL

02/05/2017 -

Qué lindo debe ser dormir en la Blair House y mientras te palmean la espalda de todos lados, dejar por un rato de lado las preocupaciones de fondo sobre la Argentina.

Entre ellas está allí, en primera fila, la madre de todas las batallas, como es para el gobierno de Cambiemos ganar la elección de octubre (Martín Lousteau y Florencio Randazzo incluidos), hito necesario según los gurúes del PRO para modificarle la cabeza populista a los argentinos.

Pero también debe ser un alivio dejar de pensar por un rato en temas críticos como son el déficit fiscal, la tasa de interés, el nivel de actividad, la pobreza, el desempleo o la inseguridad o aun en las no tan pequeñeces del día a día, como la disolución de los piquetes, el desmanejo de Santa Cruz, las peleas con los gremios, las internas de la UIA, las mentiras del kirchnerismo con los zócalos truchos o la hiperactividad de los Tribunales y cambiar todo eso y muchas otras inquietudes por la diplomacia de los limones. A Mauricio Macri le acaba de suceder y por eso, no debería extrañar que cuando llegó de vuelta a la Argentina le haya costado por algún rato volver a poner los pies sobre la tierra hasta que el reloj dio las doce y un grito lo acomodó: "¡Macri, trabajo!". Está comprobado que los presidentes argentinos suelen arroparse mucho mejor en los mimos del exterior que en las desgracias locales.

Carlos Menem, quien era un campeón de la picaresca para las relaciones públicas personales, se metía a todos en el bolsillo y Cristina Fernández miraba todo lo de afuera con un dejo de admiración, casi como una típica turista argentina. Muy cholulos ambos, ninguno nació en cuna de oro y eran (son) típicos animales políticos cargados de peronismo, por lo que a su regreso de esas giras, tras la bocanada de aire fresco del paréntesis, la realidad los metía enseguida de nuevo en el barro y seguían con la rutina. Por historia personal y por formación, Macri visiblemente está en otra categoría, quizás con menor anclaje en la política y seguramente menos condicionado porque no pertenece a la facción de un partido que se siente hegemónico. Además, Menem y Cristina tuvieron muchas cosas en común: venían de provincias periféricas, se esmeraron en distribuir en tiempos de vacas gordas, sobre todo porque tuvieron la suerte o la lucidez de levantar el muerto que les venía de atrás y ganaron las elecciones de reválida al trotecito, aunque a la hora del tobogán, ellos igual siguieron repartiendo y metieron a la sociedad en un nuevo berenjenal.

El actual Presidente, quien no tiene encima (todavía) ninguno de estos tics y aún le falta mucho para desarmar el presente griego que le dejó el kirchnerismo, quizás probablemente haya sentido en los Estados Unidos la misma fascinación que experimentaron sus antecesores, pero se lo notó mucho más en su salsa a la hora de pasar la gorra en Houston o de discutir algunos temas mano a mano con su viejo conocido, el presidente Donald Trump. Al fin y al cabo es su mundo, esa naturalidad se notó y es probable que, al regresar al país, el choque de tareas pendientes y reclamos lo haya golpeado un poco más que a los otros dos.

Acicateados por funcionarios, empresarios, lobbistas y legisladores de los dos grandes partidos en Washington DC, a la cúpula del Gobierno le pudo haber costado un poco más de la cuenta el aterrizaje y el "cómo puede ser" se escuchó bastante en la Casa Rosada el viernes de parte de algunos que gozaron de aquellas mieles y ahora comprueban que el otro platillo de la balanza vuelve a llenarse de los problemas que nunca se fueron. Otra cosa más de fondo emparentó a aquellos dos ex presidentes en materia internacional: el pragmático riojano se colgó de la cola de un barrilete que llevaba al mundo a la globalización y a la apertura y puso a la Argentina a competir de modo salvaje, casi sin ningún parachoques; la dama santacruceña cerró la economía de tal forma que el aislamiento le dejó al país pocos y muy malos socios.

Blanco o negro, casi la historia nacional. Hoy, en materia de inserción internacional, quizás como en ningún otro tema en estos casi 17 meses de gestión, el gobierno de Cambiemos se ha destacado por tener una política muy clara, buscando simultáneamente apertura de mercados comerciales e inversiones de capital. Al decir de Sergio Massa y frente al péndulo que representaron Menem y Cristina, la Cancillería se ha colocado de modo muy pragmático en la "ancha avenida del medio" para salir al mundo a negociar con todos, sin alineamientos ostensibles. A la visita a los EE.UU. del controvertido Trump le seguirán pronto otras dos más que relevantes a la China de Xi Jinping y al Japón de Shinzo Abe. Luego, en junio, llegará la canciller alemana Ángela Merkel quien, con el probable respaldo de quien puede ser el nuevo presidente de Francia, Emmanuel Macron, estará más que feliz de haber salvado a la Unión Europea, con la que la Argentina quiere cerrar, junto a Brasil, un Tratado de Libre Comercio.

Y allí afuera están también el ahora golpeado México y vía Chile, todo el conglomerado del Pacífico. Para concretar esos planes, definitivamente la economía deberá encarrilarse y el tipo de cambio deberá recuperar algo su actual atraso, pero no ser el único sino un incentivo más entre las múltiples asignaturas pendientes que aún tiene el Gobierno en materia de competitividad. Parece mentira que, recién durante esta última semana, el BCRA haya autorizado a los bancos locales a otorgar, en forma directa o a través de corresponsalías en el exterior, créditos en dólares para importadores de productos o de servicios argentinos, ayuda que el BNDES brasileño dio casi desde siempre a sus exportadores. Más allá del glamour, el viaje a los Estados Unidos le dejó al Presidente la chapa del líder regional, algo que él mismo se había ganado solo en relación a Venezuela. Nadie podría decir al respecto que Macri hizo seguidismo con la Casa Blanca, salvo quienes creyeron ver en el viaje un nuevo apego a las "relaciones carnales" o al "alineamiento" noventista. Desde la vereda del consejo y la experiencia, el ex canciller Dante Caputo decía hace unos días que a Macri no le convenía hablar con Trump de Venezuela para que Nicolás Maduro no lo definiera como "lacayo del imperio".

Sin embargo, el Presidente argentino ya había tomado una postura personal claramente crítica hacia ese país aun antes de la asunción del nuevo presidente estadounidense, posición que inclusive no se condice con el desenvolvimiento diplomático de la Argentina, más tibio al respecto, preocupado por generar consenso regional, sobre todo con Brasil. El caso Venezuela generó en el Congreso durante la semana un hito más que importante, que debería haber sido saludado con mayor énfasis por la política toda, aunque no son pocos quienes creen que todo va a terminar como un vistoso "jueguito para la tribuna" debido a las grandes diferencias que existen en cuanto a justipreciar la situación de aquel país y sobre todo a reconocer quienes son los responsables del sufrimiento de los venezolanos. Lo positivo está en que Cambiemos y el Frente para la Victoria aceptaron suscribir una Declaración en común sobre el dramático caso del país caribeño, que ya lleva cuatro decenas de muertos en poco más de una semana. La situación pasó de haber solicitado el oficialismo en Diputados una sesión especial para que cada uno defina sus posturas, que fracasó porque el FpV se negó a tratar el tema ya que consideró que era una trampa oficialista, a esta posibilidad de síntesis común que gestaron los responsables uno y dos de la Comisión de Relaciones Exteriores, Elisa Carrió y el kirchnerista Guillermo Carmona. Además de este hecho de carácter institucional verdaderamente relevante si se concreta, el kirchnerismo ha sido noticia en la semana por otras cuestiones más cercanas a la desesperación que a la verdad. O dicho de otra manera, la figura de la ex presidenta ha entrado en una espiral de exageraciones y mentiras de la que el propio agobio de Cristina le impide salir. Debido a la notoria grosería de sus movidas políticas, hasta sus más fieles difusores o se han callado la boca o la han comenzado a negar.

En primer término, la opinión pública ha comprobado que el feudo de origen era una cáscara vacía a la que jamás se trató de darle contenido. Más bien, lo que parece es que a Santa Cruz se la hizo hibernar sin agregarle durante años nada que permitiera su despegue. No vale siquiera que la senadora Virginia García, cuñada de Máximo Kirchner, haya dicho sin ponerse colorada que el kirchnerismo gobernó la provincia "sólo hasta 2003". Ese relato trataba de sacarle las papas del fuego a la ex presidenta, quien tras aquella noche de las "cinco mujeres solas y una beba de 18 meses", de la residencia sitiada con las puertas trabadas con muebles y del acting de su video testimonial, dejó muchas dudas no sólo sobre su equilibrio emocional (probablemente alterado por la situación) sino sobre el grado de apreciación política que aún conservaba. Pretender que todos compren ese mundo de fantasiosa victimización fue un notorio golpe al hígado de sus propios seguidores, que no desconocen que ella misma tiene custodia en su carácter de ex presidenta y que vieron cómo la policía brava santacruceña, a cargo de velar por su cuñada, la gobernadora Alicia Kirchner, cargó contra la gente y le rompió la cabeza a un fotógrafo. Pretender que un periodista fue quien organizó la pueblada le puso la frutilla del postre a tantos desvaríos políticos. Pero, eso no fue todo, porque ya sin los miedos que pudieron haberla desestabilizado aquella noche, fue ella quien se encargó de difundir como un pecado de los medios las famosas pantallas truchas que comparaban a Santa Cruz con Venezuela.

En esos casos, Cristina no sólo se ligó las desmentidas de todos los involucrados, que probaron con lujo de detalles que los graphs no habían existido, sino que en el imaginario quedó como que esas maldades habían salido de sus propias usinas. Por último, bien vale especular que con tal grado de deterioro será más que difícil que ella integre las listas bonaerenses y, en ese caso, la presencia de Randazzo se va a convertir en la carta que jugará el peronismo. Sólo si se piensa en que, como estrategia para cambiar los términos de la polarización, el ex ministro kirchnerista llamó "enemigo" a Macri podría avalarse tan riesgosa jugada, aunque un término tan poco político no parece un buen comienzo de campaña.

Están muy lejos los tiempos aquellos en que "un viejo adversario" despedía "a un amigo", pero desde entonces sólo en dos instancias la sociedad se dividió entre réprobos y elegidos: en la dictadura militar y durante el kirchnerismo. Mal comienzo para Randazzo.

 
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