Estado, democracia, desarrollo y realidad

Por el Ing. Castor López - Fundación Pensar a Santiago

03/05/2017 -

El formato de la organización política de un país mediante una democracia republicana; esto es, en términos muy básicos, las periódicas y sucesivas administraciones del flujo anual de las economías públicas, a cargo de los gobiernos elegidos por las siempre circunstanciales mayorías, más con la exigencia constitucional del reconocimiento y de la participación cívica de las minorías; ello, junto a un sistema económico moderno y racionalmente integrado al mundo, ha probado resultar un genérico binomio que contribuye relevantemente al efectivo progreso socioeconómico, de largo plazo, de esa nación.

Repárese que este formato consensuado posibilita la diversidad ideológica de los sucesivos gobiernos que se alternan en el Poder Político, con la fundamental exigencia de la transparencia en la información pública y de la honestidad intelectual. La elevada correlación de los países que exhiben simultáneamente, tanto un suficiente standard de la calidad relativa de sus instituciones políticas como de un continuo progreso socioeconómico, supone una causalidad. Que no resultaría bi unívoca, pues si el crecimiento económico de un país está sustentado solamente en las cíclicas circunstancias exógenas, tales como los incrementos de los precios de los bienes y de los servicios exportables y/o en las disminuciones de la tasa internacional de interés del capital, no quedaría automáticamente asegurada una correspondiente y simultánea mejora de su calidad institucional, debido a las altas posibilidades de los gobiernos de ceder a la tentación oportunista del llamado "populismo": el ofrecer, aprovechando la cíclica circunstancia de la bonanza económica, soluciones muy simples, de corto plazo y consistentes con las convocatorias electorales, a problemas en realidad muy complejos.

Es la hipótesis institucional la que propone la generación de mejores instituciones públicas y privadas para consolidar, a partir de las oportunidades que otorgan los referidos ciclos de bonanzas, el desarrollo económico sustentable en el largo plazo. Reconociendo su característica de condición imprescindible, pero nunca suficiente. Nuestro país ha transitado ya más de 3 décadas en democracia, probablemente aún de una democracia solo electoral. Pero, es ya el período continuo más extenso de la historia institucional argentina. Por ello, se estima que resulta oportuno efectuar un balance, más aún en estos tiempos de vigencia del eufemismo de la llamada "post verdad", de los "relatos" que desprecian la realidad de las cifras, ignorando que al hacerlo también se desprecia la posibilidad de implementar las correctas políticas públicas que, efectivamente, conduzcan hacia los objetivos declamados en los propios discursos políticos: el crecimiento económico, la equidad social, el pleno empleo, una mejor salud y educación pública, más infraestructura pública, un mayor bienestar general, etc.

En 1983 la pobreza en nuestro país, medida con el actual criterio, era del 16% de la población. El promedio de Latinoamérica era, por entonces, apenas inferior al 40%. Actualmente, alrededor del 30% de nuestra población está en una penosa situación de pobreza, similar a la actual media de América latina, que ha descendido, al contrario de nuestra tendencia. Convergimos con la región, pero duplicando nuestra pobreza. Ingresamos a la democracia con poco más de 4,5 millones de personas pobres, hoy ya son 13 millones. En 1983 éramos alrededor de 29 millones de personas y ahora somos poco más de 43 millones, crecimos un +50%, a un ritmo apenas superior al +1% anual. En 1983 nuestro PIB, expresado a valores actuales, era de unos 300.000 millones de dólares anuales.

Ahora es de alrededor de 600.000 millones, crecimos un +100% en 33 años, a una tasa levemente mayor al +2% por año. En 1983 nuestro PIB por habitante era de unos 10.000 dólares actúales, hoy en día resulta de alrededor de 14.000 dólares por año. De tal manera que, en las más de 3 décadas de nuestra democracia continúa, el aumento promedio de nuestro PIB por habitante resultó de solo el +1% anual, un crecimiento económico muy magro si consideramos que, en ese mismo periodo, el mundo creció a una media del +3% anual, Asia lo hizo a más del +7% por año e incluso, nuestra propia región de Latinoamérica, creció al + 3% anual. Si bien en 20 de los 33 años registramos algún crecimiento económico, en otros 12 años los registros resultaron negativos, algunos con caídas muy abruptas y solo 1 año fue de estancamiento; un 40% de los tiempos de la actual democracia resultaron negativos en términos económicos. Nunca pudimos plantearnos seriamente y, menos aún alcanzar, una década de crecimiento económico continuo. Llevamos nuestra histórica volatilidad a valores extremos, tanto con la hiper inflación en 1989, como con la deflación en el 2001.

Nuestro promedio de inflación en democracia, pese a que le quitamos 7 ceros a nuestra moneda nacional, supera el +70% anual, mientras el mundo exhibe, incluyendo a muy exóticos y primitivos territorios, una media del +10% por año. El peronismo, y sus circunstanciales aliados, gobernaron el país más 24 años, 3/4 partes de los tiempos democráticos y los restantes alrededor de 8 años lo hicieron la UCR y sus coaliciones. A menudo solamente priorizando el consumir y, solo a veces, el declamado distribuir, ganando así los oficialistas las elecciones pero relegando siempre la crucial ocupación del producir. El tamaño del sector público, el que nos iba a conducir al desarrollo, creció desde alrededor de un 25% del PIB de 1983, unos 75.000 millones de dólares actuales, al presente 42% del PIB, más de 250.000 millones de dólares anuales. Ese gasto público anual por habitante creció, en términos reales y durante la democracia, desde poco más de 2.500 dólares a casi 6.000 dólares. Nunca nos faltaron los recursos, siempre nos faltó la productividad de una inversión pública a la que nunca quisimos mensurar, bajo la continua amenaza de pertenecer a una "fría tecnocracia".

Lo real es que transformamos al Estado, de una institución de progreso en una herramienta de un proceso de decadencia, de un continuo atraso económico relativo y de una creciente desigualdad social, disimulado en la visión de corto plazo solo por los esporádicos años de crecimiento que, en realidad, resultan solamente parciales recuperaciones de las anteriores bruscas caídas. El primer paso para torcer esta realidad, siempre será reconocerla.

 
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