Evangelio según San Juan 15,1-8.

17/05/2017 -

Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador.

Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.

Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.

Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.

La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos”.

Comentario

Iniciamos nuestra meditación con las palabras del Evangelio: “Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pedirán lo que quieran y lo obtendrán”, en referencia a la vid y los sarmientos. Podríamos pensar que esta fue la convicción del apóstol Pablo a la hora abrir las puertas del cristianismo a la gentilidad (así se reconocía a los pueblos o individuos de origen no judío), favoreciendo el encuentro con el Dios de Jesús, evitándoles tener que seguir con una práctica meramente judía (la circuncisión) para pertenecer a la comunidad creyente.

En el anuncio del Reino de Dios, proclamado por Jesús, no prevalecía sino la conversión del corazón, posibilitando el amor a Dios y al prójimo. San Pablo llegó a tener la claridad que lo verdaderamente importante era “la circuncisión” del corazón (Rm 2, 29), entendido como un proceso de conversión interior, más allá de los signos externos. Algo necesario hoy en día para todos en la Iglesia (clero, vida consagrada y fieles), será caminar hacia una profunda conversión pastoral que nos humanice.

Alcanzar la suficiente madurez humana y cristiana que nos comprometa con las causas justas; las que tienen que ver con la defensa de la vida y la integridad de la creación. Para San Pablo no fue fácil llegar a esta convicción ni tampoco lo es para nuestras comunidades cristianas. Se ha de pasar por un proceso de escucha atenta de la voz de Dios y un discernimiento comunitario profundo.

Si realmente los creyentes somos “sarmientos”, estamos llamados a ser reflejo de esa vid que busca en nosotros frutos de compasión y misericordia. Aunque la poda es necesaria para el crecimiento y desarrollo de toda planta, no olvidemos que en el caso de nuestra vida cristiana, se ha de ir podando, sobre todo, aquello que impide la cercanía y la proximidad del Reino de Dios entre nosotros.

No es posible comprometerse en el apostolado directo si no se es un alma de oración. Seamos conscientes de ser uno con Cristo, tal como él era consciente de ser uno con su Padre; nuestra actividad no es verdaderamente apostólica si no en la medida en que le dejamos a él trabajar en nosotros y a través nuestro con su propio poder, su deseo y su amor. Hemos de llegar a la santidad pero no para sentirnos en estado de santidad, sino para que Cristo pueda plenamente vivir en nosotros. El don total de nosotros mismos en el amor, en la fe, en la pureza, está ligado al servicio de los pobres.

 
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