El Evangelio EL EVANGELIO DEL DOMINGO - Pbro. Mario Ramón Tenti

El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí

Mt 10, 37-42

02/07/2017 -

Jesús pasó su vida haciendo el bien, acompañando a las víctimas de un sistema violento que excluía a los más pobres, que los imposibilitaba de acceder a los bienes de la vida, sumergiéndolos en la marginalidad y el olvido.

La Cruz no es sólo el signo de la entrega de Jesús, de su anhelo de amar hasta dar la vida, de entregarse todo sin guardar nada, para que la humanidad sea feliz, sino también es signo del odio del ser humano, de la incapacidad de cambiar, de querer perpetuar en el tiempo un sistema que no produce igualdad, que no ayuda a vivir la fraternidad, que provoca injusticias y muerte. Seguir a Jesús, aceptar ser parte de sus discípulos, es imitar al maestro, ser como él, vivir la vida dándola para que otros sean felices, curando las heridas que la exclusión ocasiona, dando de comer al hambriento, de beber al sediento, vistiendo al desnudo, visitando al preso, recibiendo al forastero, ayudando a sostener la cruz a los crucificados de la sociedad. Lo que para algunos es escándalo, para los discípulos es cauda de vida, expresión del amor con el que Dios nos ama, y nosotros amamos a los demás.

Muchos cristianos vivimos una religión light, edulcorada, sin cruz, acomodada a las prerrogativas de una cultura que promueve personas y comunidades cada vez más individualistas, aisladas, insensibles. Por eso, siempre es bueno, volver a escuchar estas palabras de Jesús: “el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mi”. No hay seguimiento sin cruz, no se puede ser discípulo de Jesús sino estamos dispuestos a cargar la cruz, a aceptar el rechazo, la persecución y el sufrimiento a causa de ser sus discípulos.

La cruz no nos debe escandalizar, provocar el alejamiento de la fe, o lo que sería peor aún, vivir la fe sin cruz, el seguimiento de Jesús sin amor, sin pasión, sin luchar para que los últimos sean incluidos, respetados en sus derechos, restaurada su dignidad.

¡No saben lo que se pierden¡ No saben la inmensa felicidad que produce el servir a los hermanos, sobre todo a los que el mundo desprecia, como lo hicieron San Francisco, la Madre Teresa, la Beata Mama Antula. No hay felicidad más grande que solidarizarse con los pobres, porque no hay “felicidad más grande que dar la vida por los amigos”.

Tomar la cruz y seguir a Jesús, es irremediablemente el único modo de ser su discípulo.

Conclusión

Jesús es un signo de contradicción, amado por unos, rechazados por otros. De igual manera, sus discípulos, cuando cargamos la cruz y lo seguimos, nos convertimos también en signos de contradicción. Algunos nos amarán y querrán ser parte de la comunidad del Cristo resucitado, otros, los que no quieren que el mundo cambie por temor a perder sus intereses, nos rechazarán. Tenemos que animarnos a seguirlo, no temer al rechazo, la difamación y la persecución por ser amigos de Jesús. Es la aventura más extraordinaria, la única que nos permite ser felices, vivir la vida en plenitud, con gozo, dándolo todo, dándonos todo.

 
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