Opinión Por Castor López - Fundación Pensar Santiago

“Por un futuro sin pobreza”

17/07/2017 -

Hace pocas semanas ingresaba al hall principal de una de las universidades de nuestra provincia, para interactuar con los alumnos de uno de los habituales cursos que relacionan a la ingeniería con la economía; entre las numerosas consignas estudiantiles que allí siempre se exhiben, una llamó especialmente mi atención: "por un futuro sin pobreza". Son habituales los mensajes de las agrupaciones universitarias con los que resulta imposible no estar de acuerdo; el debate y las diferencias siempre están en los métodos para lograrlos. Pero esta consigna tenía una relevante particularidad: colocaba al objetivo, que todos deseamos, en el porvenir; aceptando así la necesidad de un proceso que llevará un tiempo, el menor posible, pero que, a su vez, sea consensuado, equitativo, racional y constante en el largo plazo, para que este importante logro, gradualmente alcanzado, resulte irreversible. Inmediatamente, la reflexión se dirige a ¿cómo lograrlo en nuestro país? actualmente muy heterogéneo, en términos sociales, como pocos y, además, atravesado por múltiples y simultáneos desequilibrios, tanto del sistema político como macroeconómicos. La "punta del ovillo" es el desarrollo. Un concepto que excede al del mero crecimiento económico, al que ya lo experimentamos varias veces, basado solamente en las siempre cíclicas circunstancias externas favorables (ya sean los relativos "buenos" precios de nuestros productos exportables y/o las "bajas" tasas de interés del crédito internacional) que también siempre transformamos mayoritariamente solo en consumo interno. El resultado fue nuestra ya histórica volatilidad de sucesivos ciclos de euforias y crisis. El desarrollo, social y económico, ocurre como consecuencia de los cambios culturales internos de una sociedad, que surgen de su propia iniciativa y emprendimiento. Se trata de un proceso que adiciona al fenómeno, solo cuantitativo, del crecimiento económico, la condición del cambio cualitativo positivo. Concepto que, a su vez, cambia el paradigma de la escasez relativa de los recursos como un límite al crecimiento, para colocar a la escasez relativa de las conductas humanas correctas y de los conocimientos como las nuevas y las más amplias "fronteras" de la producción de los bienes y los servicios de un país. De otra manera, no se podrían comprender las actuales y muy visibles diferencias del desarrollo de las sociedades que parecen tener recursos aproximadamente iguales, e incluso aún del menor desarrollo relativo de muchos países con grandes recursos naturales frente a otros escasamente dotados. Podríamos resumir en tres a las grandes condiciones del desarrollo. La primera es la existencia de una generalizada y continua voluntad de una sociedad por la productividad. Como un genuino mandato nacional: ya sea reduciendo el costo de la producción de cualquier bien o servicio, sea público o privado, y/o aumentando el rendimiento de cualquier insumo o factor. Si este esfuerzo conjunto no se realiza, ya sea por la vigencia de antiguas y desviadas pautas culturales o por distorsionadas instituciones, tanto públicas como privadas, que desalientan la productividad, simplemente no tendrá lugar el desarrollo. La segunda gran condición es la necesidad de un continuo aumento de los conocimientos y de las innovaciones, mayoritariamente científicas y de tecnologías, y de su aplicación concreta al bienestar general. La tercera condición es la histórica: el desarrollo depende del también continuo incremento y de la acumulación del volumen de capital disponible por habitante. Es decir de las inversiones, crecientes y tendientes actualmente de hasta el 30% del PIB, en el capital físico y la infraestructura básica proveedora de los efectivos servicios de salud y educación, de energía, de transporte y de comunicaciones, etc. Resultan muy curiosas nuestras actitudes hacia el desarrollo, así entendido. Solicitamos la desaparición de la pobreza, de más y mejor salud y educación, etc., pero nos aferramos tozudamente a las pautas, las creencias y los hábitos que, a su vez, son las principales causas de lo que deploramos. Así, reclamamos mayoritariamente por un Estado "presente", que surge necesariamente "grande" y, simultáneamente, reclamamos por menos impuestos pero, a su vez, nos negamos a exigirle productividad a la provisión de los bienes y servicios públicos, que exigen los elevados gravámenes, que ahogan a la producción de los bienes y servicios privados. Ese proceso de inconsistencias estructurales nos condenan a la relativa baja tasa de crecimiento económico que experimentamos desde mediados del siglo pasado y nos sitúa en permanente nivel de país de ingresos solo medios. Nuestro actual desafío es muy difícil, pero ineludible, si el deseo genuino es realmente el de "por un futuro sin pobreza". Recordemos que todo país tiene dos grandes rigideces: la primera, su ubicación geográfica, notablemente flexibilizada por las actuales innovaciones tecnológicas de las comunicaciones y del transporte, la segunda, su pauta cultural histórica, esta ya sujeta a la complejidad humana de su dirigencia política, gremial y empresarial, emergentes de su propia sociedad. .

 
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