El Evangelio EL EVANGELIO DEL DOMINGO - Pbro. Mario Ramón Tenti

Sálvame, Señor

Mateo 14,22-33

13/08/2017 -

Domingo 19º del tiempo ordinario

Jesús manda a los discípulos a partir sin él, despide a la gente y sube al monte para orar a solas. La intimidad con Dios, en la montaña, sostienen su misión de hacer presente el Reino.

La barca con los discípulos se encontraba distante de la orilla y era zarandeada por las olas. Entre las tres y las seis de la madrugada Jesús fue hacia ellos caminando sobre el mar; confundiéndolo con un fantasma y de miedo se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: “ánimo, que soy yo, no teman”.

Pedro solicita caminar hacia él. Jesús concede este pedido, El discípulo, al verse envuelto en la violencia de las aguas sacudidas por el viento, grita: “Señor, Sálvame”. Jesús lo toma de la mano y le dice: “hombre de poca fe, por qué dudaste”? Al subir a la barca, lo adoraron, reconociéndolo como el Hijo de Dios.

El temor de los discípulos frente al viento y las olas embravecidas es el que experimentan las comunidades cristianas ante las situaciones que ponen en crisis su fe. Persecuciones, indiferencia religiosa, relativismo humano, ofensas a la dignidad humana, descreimiento institucional. ¿Qué creer en estos tiempos? ¿Cómo sostenernos en la fe? La tentación está en pretender mantenerse en el camino de seguimiento de Jesús desde el poder y la autosuficiencia. Pretender caminar sobre las aguas, cuando esto es atributo de Dios, no de los hombres. Una fe humilde, consciente de la limitación humana y el pecado que anida en el corazón de cada uno; una fe que se alimenta de la presencia siempre actual de Jesús que sana y salva. Esa fe y no otra, es la que sostiene a los discípulos.

Conclusión:

Sin duda que el centro del relato es Jesús y su acción salvadora que auxilia a los discípulos en situaciones que les producen miedo. También hoy, la Iglesia, tiene miedo: al desprestigio, la pérdida de poder y el rechazo de la sociedad. Miedo de perder sus seguridades, doctrinales y sociales. Y eso, durante mucho tiempo, la encerró en si misma. Prefirió, aunque con temor, vivir contemplando “el fantasma”, que abrirse y seguir a Jesús, arriesgándolo todo, en la certeza que solamente desde una fe humana, obediente y limitada, podría visualizar su presencia, siempre misericordiosa y salvadora. Sus falsas seguridades la pusieron en crisis. A llegado la hora, de fortalecer la fe, de volver a escuchar decir a Jesús: “no tengan miedo, soy yo”. Descubrir su presencia en las dificultades de la vida, con la certeza de que está presente entre nosotros, caminando a nuestro lado, sosteniéndonos en el testimonio de la fe.

 
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