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Vida y trabajo de un periodista de la AFP en Gaza
Bajo las bombas israelíes
Por Adel Zaanoun

El periodista de la AFP en Gaza Adel Zaanoun debe salvar una carrera de obstáculos para “cubrir” la ofensiva israelí: su casa se ha quedado sin ventanas y electricidad, toma apuntes en libretas escolares y trata ante todo de proteger a sus hijos sin dejarse intimidar por las bombas.
“Cuando salgo no sé si volveré vivo”.
“¿Desplazarse en Gaza? Se ha convertido en algo suicida. Pero eso no me impide trabajar. No son las bombas israelíes las que me impedirán trabajar”, asegura.
Tampoco le disuaden las súplicas de su mujer Oula, de 28 años.
Esta diplomada en periodismo como él y madre de tres niños de corta edad se deshace en ruegos para que actúe con suma prudencia.
“Me llama a cada rato para decirme que no vaya aquí o allá. Llora, me presiona. Mi madre también lo hace por primera vez. Reza por mí. Pero sigo trabajando. Este trabajo es mi vida”.
Lo más difícil es transmitir la información. Las líneas telefónicas están a menudo cortadas o funcionan mal debido a los bombardeos.
“En cuanto vuelve la electricidad, aprovecho para dar informaciones, citas, datos que recrean el ambiente. Y me las arreglo sobre todo para recargar la batería de mi ordenador portátil y de mi teléfono móvil”.

Una carrera diaria
Cruzar la Franja de Gaza de norte a sur es una auténtica carrera de obstáculos, ya que los israelíes han dividido en tres el exiguo territorio de 362 km2.
“Bajé a Rafah, en el sur, con los cristales del coche abiertos de par en par pese al frío para evitar las esquirlas de vidrio en caso de explosión. Además con todas las luces encendidas para ser visto y que no me dispararan”.
“Cerca del cementerio, entrevisté a un tal Abu Ali, era terrorífico. Los aviones israelíes habían destruido su túnel de contrabando y estaba asustado ante la idea de que los israelíes vinieran a buscarlo y lo liquidaran”.
“Un F-16 pasó por encima de nuestras cabezas. Abu Ali escapó corriendo. Estaba convencido de que él era el blanco. Me metí a todo correr en el coche y volví a Gaza. Pero allí también bombardeaban los aviones”.

Vivir en la clandestinidad
Entrar en contacto con los responsables de Hamas se ha convertido en otro problema porque desde los primeros minutos de la ofensiva, desatada el 27 de diciembre, pasaron a la clandestinidad.
“Sus teléfonos están cortados. A veces, sin embargo, contestan. Pero de forma muy breve. Dan frases cortas, entrecortadas, no pierden el tiempo con fórmulas de cortesía y cuelgan brutalmente. O bien envían mensajes escritos, a su vez muy breves”.


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