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Seguro de cambio
Por Marcelo Bátiz
Un argentino con algo de años y memoria a cuestas no precisa de ningún asesor financiero para elegir la forma de resguardar sus ahorros a mediano o largo plazo. Plan Bonex, corralito, corralón y financieras fantasma que no le fueron en zaga, todo eso con la inflación como telón de fondo durante más de medio siglo, fueron suficientes para forjar una conducta proclive a lanzarse a la compra de dólares ante el menor problema de índole económica o política, o simplemente por las dudas.
Las posibles pérdidas en el corto plazo invariablemente se compensaron con el tiempo y pueden dar cuenta de ello los que en 1981 y 2002 demostraron que el que apostó al dólar, ganó.
El escenario actual muestra una diferencia respecto de etapas anteriores, con un nivel de reservas inédito -más allá de algunos “detalles” en su composición- apoyado en liquidaciones de exportaciones igualmente sin antecedentes. Baste decir que solamente por el complejo agroindustrial de cereales y oleaginosas se liquidaron desde enero de 2003 al presente la friolera de 113 mil millones de dólares.
Sin embargo -y sin entrar en referencias a operaciones del mercado mayorista-, los movimientos en la city porteña son inocultables y no se trata precisamente de gente que vaya a desprenderse de sus dólares sino todo lo contrario. Es que los más de 50 mil millones de dólares de reservas coexisten con una inflación que, a pesar de los infructuosos esfuerzos oficiales, la población se empeña en no ignorar. Y que de persistir, va a poner en jaque al “tipo de cambio competitivo”. No hay más que prestar atención a la diferencia entre las dos cifras (reservas y liquidación de sólo un sector de las exportaciones) para admitir que la desconfianza del argentino en su moneda persiste entre sus más acendradas costumbres.
Desde el abandono de la convertibilidad a la fecha, la cotización del dólar tuvo un crecimiento del 295 por ciento, superior al de los precios al consumidor que, para la más extrema de las consultoras, alcanzaría en el mismo período a no más del 255 por ciento. De la comparación de los dos porcentajes surgiría como conclusión que no existen riesgos de sobrevaluación del peso, toda vez que el dólar lleva la delantera en la carrera con los precios.
Pero el derrotero de las dos variables no fue para nada parejo: luego de una acelerada suba del dólar en los primeros seis meses de 2002, los ocho años siguientes muestran una inocultable inflación en dólares, incluso tomando como parámetro a los poco confiables números del Indec. Si bien los recuerdos de la tablita de Martínez de Hoz y la convertibilidad de Cavallo permanecen frescos, nunca en la historia argentina se registró un período tan prolongado en el que la inflación le ganara al dólar en forma ininterrumpida.
En el primer semestre de la presidencia de Eduardo Duhalde, la cotización de la moneda estadounidense creció casi diez veces más que los precios al consumidor. Es en ese lapso, y sólo en él, que se concentra toda la mejora de la competitividad basada en el tipo de cambio. Todo lo posterior, invariablemente, pone de manifiesto que la inflación superó al dólar con creces: si la comparación se hace desde fines de 2002, el dólar subió un 16,1 por ciento contra un crecimiento de precios al consumidor del 140 al 170 por ciento. Una evolución para asustar a más de un partidario ya no de un “dólar recontra-alto” sino de apenas un “tipo de cambio competitivo”.
La tranquilidad que aporta el ingreso permanente de divisas por liquidación de exportaciones no oculta la preocupación del incremento en los costos en dólares en las diferentes ramas manufactureras. Históricamente, esos costos fueron la presión inflacionaria por excelencia y, por lo general, el tipo de cambio tarde o temprano terminó acompañando esa variación.
Además de las reservas récord, por primera vez en décadas la Argentina no se ve sacudida por una devaluación brasileña sino por todo lo contrario, ya que el real está hoy más apreciado frente al dólar que hace diez años. El contrapeso de ese factor vino de la mano de la crisis europea, con una moneda que hasta hace pocas semanas venía depreciándose a una velocidad que traía recuerdos de la Argentina de otros tiempos.
La liquidación de exportaciones neutraliza los esfuerzos del Banco Central por evitar una apreciación del peso vía compra de dólares, al punto que hoy la relación entre base monetaria y reservas es 2,66.
Coincidentemente, el Gobierno se niega a implementar una política antiinflacionaria, con lo que se profundiza la mencionada apreciación. No parece ser un problema para los recaudadores, que basan su estrategia en el impuesto inflacionario y los derechos de exportación. Pero sí lo es para la mayor parte de la dirigencia industrial, que va mudando su enfervorizado apoyo inicial por las diplomáticas declaraciones, cuidando un equilibrio cada vez más costoso entre sus representados y los funcionarios oficiales.
La solución que encontró el Gobierno a esa encrucijada pasa por el momento por diferentes clases de restricciones -explícitas o no- a las importaciones. Si la metodología pudo haber prosperado en otras épocas, su alcance no puede ser más que efímero en tiempos de Mercosur y OMC. Las consecuencias no serán inmediatas, pero llegarán si no se pone freno al permanente deterioro del superávit comercial.
Todo parece ser cuestión de tiempo, aunque de un tiempo que nadie puede precisar con exactitud. Mientras tanto, la combinación de reservas fuertes e inflación en dólares termina volviéndose en contra de los propios intereses del Gobierno: por un lado genera una apreciación del peso que, de no corregirse, en poco tiempo lo dejará en niveles similares a los de 2001.
Pero también actúa como una suerte de “seguro de cambio” para grandes, medianos y hasta pequeños ahorristas que visitan las casas del microcentro con cada vez mayor frecuencia, con la tranquilidad de que en el corto plazo podrán seguir abasteciéndose de billetes verdes. Para el largo, están convencidos de que no hay tablita, convertibilidad ni modelo que sean eternos.


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