ESPECIAL SIXTO PALAVECINO

Sixto Palavecino desde la óptica de Felipe Corpos

Por Eduardo Manzur

Los que hemos convivido con don Sixto y emprendido el rumbo coplero de nuestra vida, no podemos menos, que abrir nuestros archivos del corazón y la memoria, para homenajear a este hermano querido y admirado, es por eso que desde nuestros recuerdos traemos a la memoria este escrito de otro hermano que como nadie conoció a este espíritu elegido. Nos referimos a Felipe Corpos, quien para referirse a don Sixto escribió: Salavina… corazón musical de Santiago del Estero, en el paraje de Barrancas, lo acogió en su luna estival, en marzo de 1915, para lanzarlo a su paisaje de montes, salitres y bañados, cuando la música y el canto eran la razón espiritual del hombre santiagueño. Todavía no se ha hablado ni se ha escrito de Sixto Palavecino, en la verdadera medida de sus merecimientos. Tampoco se ha estudiado su obra y la proyección de su espíritu silvestre. Aunque resulta imposible hacerlo desde esta carátula, pretendemos poner un repique de atención, como un llamado, a los que buscan los rumbos auténticos y las raíces puras de las manifestaciones nati-vas. Si el poema quichua nos dice que... "el hombre es tierra que anda", podemos parafrasearlo diciendo que Sixto Palavecino es un pedazo de Santiago que camina. Él ha sabido plasmar en la síntesis de una chacarera, un gato o una vidala, el clima de su terruño amado. Allí están las tristezas del salitral aflorando en el agosto largo; el misterio de los bañados sobre la noche rumorosa y temida; los ecos del monte incubando Salamancas ignoradas; el paisaje de chicharras apurando la maduración al grito farriento del hombre acuchillando la noche bajo la enramada fiestera; y el amor y los sueños de changos y pastorcitas con su amanecer de esperanzas. De José Martín Palavecino, abuelo-maestro, y de sus mayores, propios y extraños, recogió para su sed de cantos, la herencia añeja de coplas y canciones lugareñas. Un violín elaborado por sus manos de 12 años, en madera de algarrobo, lo arrimó a su particular mundo musical. Madera y hombre se unieron para aprisionar los rumores de su tierra arisca, que en los racimos de su alma habrían de cobrar formas musicales, para derramarse sin mezquindades, a viento abierto, en los patios de rezabailes, carnavales, bailes de angelitos, telesiadas y ruedas del encuentro criollo, allá por Barrancas, Mishtol Pozo, Malota, Los Telares, Sabagasta, Santa Lucía, Chilca Juliana, Villa Salavina, Atamishqui, Sumampa, Los Cerrillos y muchos otros lugares. En torno a su violín se congregaron los músicos del pago, con arpa, violines y guitarras, para formar aquel Corazón de Madera, que pusiera la nota más vibrante en las Ferias de Atamishqui allá por los años 1941 a 1942. Después, el bandoneón alargó sus fronteras y nuevos caminos se abrieron su inquietud de intérprete y creador. En mayo de 1959, al frente de su conjunto "Ckari Súmaj" (Varón lindo) visita la ciudad de Santiago del Estero en adhesión a la celebración del 1 de mayo. Su gato "El bañao", pintando el drama salavinero de entonces, castigado por las inundaciones, gana la sensibilidad del pueblo capitalina... Al impulso de su amor nativo, Sixto Palavecino rompe el cerco terruneo para andar con su canto y su sed musical por todo el suelo provinciano y mirar el Buenos Aires de su sueño mayor. Y la urbe porteña habría de recibirlo, para incorporarlo definitivamente entre las figuras nacionales del tradicionalismo. Así lo ven transitar Rosario y la Capital Federal, con su sentir criollo tras un bandoneón; una guitarra como propia astilla en Rubén Palavecino; y la síntesis del canto salavine-ro en la canora presencia de Haydeé y Carmencita. A. Salomón le abrió la perspectiva del disco, en el sello RCA Víctor, cuando sus directivos en su visita a la capital santiagueña, pudieron mesurar el valor de nuestro artista y la raíz nativa perfi-lándose en sus interpretaciones. Al realizar la reedición de la labor discográfica de Sixto Palavecino y sus hijos, R.C.A. Víctor y A. Salomón -que auspicia esta inquietud- consideran que reintegran al patrimonio del pueblo san-tiagueño, muestras valiosas de su música y su canto nativo, por la obra y el espíritu de uno de sus mayores cultores.

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