LA ANÉCDOTA DE ALBERTO BRAVO DE ZAMORA

La barra de amigos santiagueños que conoció Don Ata en 1982

Embelesado por ese sabor particular que le transmitió la chacarera rasgueada y entonada por los hermanos oriundos de Villa Salavina, “Soco” y “Cachilo” Díaz, don Atahualpa Yupanqui supo entablar un entrañable lazo de amistad con varios amantes de la música criolla en estas tierras, a quienes denominaba como “la barra de los santiagueños”.

El investigador santiagueño Alberto “el gringo” Bravo de Zamora, recordó cuando hacia mediados de la década del 60´ fue nombrado delegado ad honorem de las embajadas culturales de Santiago del Estero, oportunidad en que le tocó viajar a Arequito, provincia de Santa Fe.

“En esa localidad -contó Bravo de Zamora- se desarrolló un festival folclórico, y por una cuestión eventual, tuvimos la oportunidad junto al cantor Víctor Achával de acercarnos para dialogar con Atahualpa Yupanqui”, comentó a Viceversa.

El respeto y la admiración que el trovador despertaba, colmaron a los dos santiagueños que habían tenido la oportunidad de cruzar unas palabras con el afamado cantautor. “Cuando nos escucha la tonada, rápido se percata y nos comenta que conocía a varios santiagueños y nos pregunta por nuestros apellidos. Cuando le digo el mío (Bravo de Zamora), me preguntó qué parentesco tenía con Teodomiro Bravo de Zamora, y le comento que era mi abuelo”, recordó, a lo que inmediatamente don Ata señaló: “….él era el grande de la barra de los santiagueños”, dijo, en relación a que don Teodomiro era una generación mayor a la suya.

Eran los tiempos en que don Ata frecuentaba Santiago casi de ignoto, para reunirse en la finca de los Arzuaga, entre otros amigos que supo tener en el norte del país, como el caso del joven militar tucumano Juan Carlos Franco Páez, quien se convertiría en figura de leyenda tras ser designado de oficio como abogado defensor en el Consejo de Guerra contra el tipógrafo y militante anarquista Severino Di Giovanni, fusilado el 1 de febrero de 1931 en Buenos Aires, una historia inmortalizada por Osvaldo Bayer en el libro de investigación “Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia”.

Además de esta historia, según comentó Bravo de Zamora, “Juan Carlos Franco era un gran cantor y le dedicó la “Vidala del imposible” a mi abuelo”.

De aquel primer contacto, surgieron otros ocasionales encuentros, especialmente en Cosquín, cuando Bravo de Zamora se acercaba a los camarines para saludar a don Ata. “Me acerqué, y muy cordialmente, se acordó de mi apellido y la charla anterior que, y así cada vez que iba a Cosquin nos saludábamos”, evocó.

Con el correr de los años y “en la distancia de las edades y el respeto que a mí me inspiraba” -como señala “el gringo”- “nos tratábamos con mucho afecto”.

Pero el encuentro entre ambos y que el investigador más recuerda por la especialidad del momento, sucedió en 1982, en su propia casa del barrio Centro de Santiago del Estero.

“Había venido a actuar a Santiago, junto con el poeta tucumano José Augusto Moreno, que a su vez oficiaba de secretario de Atahualpa”, comenta, de aquella histórica actuación que dio en el teatro 25 de Mayo.

Después de aquella velada, Yupanqui aceptó gustoso la invitación de Bravo de Zamora para una reunión de amigos, con la condición de que estuvieran invitados “los sobrevieintes de aquella barra de santiagueños que tanto admiraba”.

En la casa del anfitrión Bravo de Zamora, compartieron aquella velada el doctor Armando Archetti, Navor Barrionuevo, Cirilo de Arzuaga junto a varios miembros de su familia, don Sixto Palavecino, “Tusca” Díaz (hijo del Cachilo Díaz), Santiago Carrillo”, entre otros.

Entre risa y anécdotas, los amigos santiagueños de don Ata compartieron una amena charla, y cuando este se aprestaba a despedirse, una chacarera en honor a su visita, fue el corolario del ágape nocturno.

“….Yo quisiera tocar, pero no tengo guitarra, además soy zurdo…” alcanzó a decir don Atahualpa”.

Precavido de esa situación, Bravo de Zamora le había pedido con anterioridad a Santiago Carrillo que llevara la guitarra de su madre, que era zurda. Así fue como antes de retirarse de la reunión, don Ata aceptó gustoso tomar la guitarra de Carrillo para despedirse diciendo: “chacarera trunca santiagueña…”… que con el correr del tiempo se la conoció como “La Mocha”, música de los Hermanos Díaz y letra de José Antonio Faro.

“Yo tengo la sensación que quiso decir que la debió conocer como chacarera popular, pero en ese momento, al parecer, la chacarera no tenía nombre aún”, apuntó el investigador santiagueño, sobre aquella anécdota con don Ata.

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