ANÉCDOTAS DE TAXI | Gajes del oficio

Por Víctor David Bukret.

Cuando estas cosas suceden, es difícil y hasta irrelevante hacer hincapié en los circunstanciales de tiempo.

Recuerdo que me desplazaba por una arteria importante de Santiago, cuando esta señora, de aspecto atrayente, me hizo detener el taxi. Su rostro denotaba felicidad. La fragancia de su perfume invadió el interior del coche... y el mío.

Me pidió que la trasladara a la zona del Parque Aguirre pero sin especificar un lugar en concreto.

La decisión de bajar por la costanera la tomé yo.

Lógico, que uno imagina a un buen caballero esperándola, en otro auto, moto o por qué no, caminando. Pero no. Nadie la esperaba.

Ante su silencio continué a marcha lenta, zigzagueando las curvas ribereñas, hasta que por fin habló:

-Aquí puede ser - me dijo.

Yo miré la tarifa, pero ella advirtió:

-Necesito que aguardes. Tranquilo, que te pagaré la espera.

-Cómo no, señora.

El lugar donde nos detuvimos estaba totalmente en penumbras, agudizado por los eucaliptos de la zona. Sólo unos finos rayos de luna se filtraban entre las hojas,

Me sugirió que apagara el motor. Bajó del auto, encendió un cigarrillo, se apoyó en el capó del auto, de espaldas a mí y fumó sin dejar de mirar al cielo…

Curiosamente, en medio de tanta incertidumbre, descubrí que en el tiempo que le duró el cigarrillo, solo hizo dos pitadas. La primera para encenderlo y la última, que, al tiempo que despedía el humo, apagaba el “pucho” contra un árbol.

Lo atónito se mezcló con miedo.

“Ésta mina está esperando un chorro, me van a afanar”, pensé.

Cuando me dispuse a preguntarle cuánto se dilataría la espera, ella me interrumpió:

-¿Puedo viajar en el asiento delantero?.

Yo acepté.

A mucha gente le sobra la plata, pero, ¿gastar ochenta mangos, sólo para venir a fumar en el parque?... ¡Me pareció extraño!.

Todavía intrigado, me apresté a girar la llave de arranque, maniobra que su mano impidió.

-¿Qué pasa? - le pregunté, con esa voz apenas disfónica que te sale en este tipo de situaciones.

-¿Tienes prisa?” - agregó.

- Lo que pasa es que no entiendo la movida. -le dije.

Bajó el vidrio, sacó parcialmente la cabeza por la ventanilla y continuó contemplando el cielo.

Cuando iba a tomar la determinación de invitarla a bajar, y que vendría a buscarla cuando se desocupe, la tenía sobre mí, tapándome la boca con un beso…

No pude cerrar los ojos, como lo harían todos, porque me parecía que con la otra mano me daría la puñalada, o aparecería el chorro.

¿Por qué miraba al cielo?... ¿Sería viuda? ¡QUÉ ME IMPORTA!

No sé con qué maniobra aparecimos en el asiento trasero. O tal vez recliné los de adelante, sudados, enceguecidos, y justamente cuando me disponía a quitar su última prenda interior, me despertó el codazo que me dio mi mujer, porque mis ronquidos no la dejaban dormir…

 


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