ESPECIAL PARA EL LIBERAL

El ocaso de los bebés

Por Jaime Septién. Periodista. Licenciado en Comunicación por la Universidad Iberoamericana (México).

Para nadie es un secreto que The New York Times (NYT) es un periódico liberal. Por ello no deja de sorprender que en su reciente edición dominical dedicó su Sunday Review (Revista Dominical) al pánico en el que están entrando los hacedores de políticas por la caída de las tasas de fertilidad en el mundo, especialmente en Occidente.

Bajo el título de “El fin de los bebés”, el extenso reportaje de Anne Louie Sussman se pregunta si la vida moderna se ha convertido en una vida hostil a la reproducción humana y qué consecuencias puede tener el hecho que muchos países –pone el primer ejemplo en Dinamarca—estén por abajo, muy por debajo de las tasas de reemplazo poblacional.

Lo primero que queda en claro en los países nórdicos –según el doctor Soren Ziebe, ex presidente de la Sociedad Danesa de Fertilidad—es que la disminución de bebés no es solo el resultado de que más personas elijan deliberadamente no tener hijos: muchos de sus pacientes son parejas mayores y mujeres solteras que quieren una familia, “pero pueden haber esperado hasta demasiado tarde” para formar una familia.

Te recomendamos: A 30 años de la Convención de los Derechos del Niño

Dinamarca es un caso célebre, apunta Sussman en su reportaje para NYT, pues si algún país puede “abastecerse” de bebés es éste. Es uno de los más ricos del mundo, los nuevos padres disfrutan de doce meses de licencia familiar remunerada y otros “servicios” del Estado. Pero la tasa de fertilidad de Dinamarca, de 1.7 nacimientos por mujer, está aproximadamente a la par de la de los Estados Unidos. “Un malestar reproductivo se ha asentado sobre esta tierra feliz”, dice la periodista de NYT.

Los ricos no quieren hijos

El mundo en general ha visto bajar su tasa de fertilidad a niveles alarmantes. En prácticamente todos los países han disminuido los bebés y mueren más personas de las que nacen. Pero el hecho es mucho más marcado en los países ricos, lo cual representa un profundo fracaso: “de los empleadores y los gobiernos para hacer compatibles la paternidad y el trabajo; de nuestra capacidad colectiva para resolver la crisis climática para que los niños parezcan una perspectiva racional; de nuestra economía global cada vez más desigual”, escribe Sussman.

Más adelante señala que hay una diferencia enorme entre cuántos hijos quieren y cuántos hijos en realidad tienen los habitantes de 28 países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. En este sentido, las mujeres informaron un tamaño de familia promedio deseado de 2.3 niños en 2016, y los hombres deseaban 2.2. Sin embargo, el promedio no llega a 2 hijos por familia. “Algo nos impide crear las familias que pretendemos querer, pero ¿qué es?”

“Hay tantas respuestas a esta pregunta como personas que eligen reproducirse”, dice la periodista de NYT. Agrega que, a nivel nacional, lo que los demógrafos llaman “fertilidad de bajo rendimiento” encuentra explicaciones que van desde la evidente ausencia de políticas favorables para la familia en los Estados Unidos hasta la desigualdad de género en Corea del Sur y el alto desempleo juvenil en el sur de Europa. Todo esto, “ha provocado preocupaciones sobre las finanzas públicas y la estabilidad de la fuerza laboral y, en algunos casos, ha contribuido al aumento de la xenofobia”.

Te recomendamos: La epopeya contra el hambre y la razón de Estado

Es casi una “norma” pensar que existe el egoísmo de las mujeres. “Pero el instinto de explorar la vida sin hijos –escribe Sussman– no se limita a las mujeres. En Dinamarca, uno de cada cinco hombres nunca se convertirá en padre, una cifra similar en los Estados Unidos”, añade. Y luego señala que el tema tiene que ver, casi directamente, con la “opciones” de éxito que nos dio el capitalismo; opciones entre las que tener hijos muestra un estilo de vida más bien “quijotesco”.

Religión e hijos

Algunos estudiosos han encontrado dos características de la vida moderna que se correlacionan con la baja fertilidad: el tema de estar enrollados en el trabajo y la disminución de la religiosidad. Lo uno va unido a los otro, pues lo que da ahora trascendencia y sentido de la vida es el trabajo y no la relación con Dios.

Si el trabajo se convierte en dios entonces el deseo de tener hijos, de formar una familia, de “atarse” a formas concretas de compromisos para toda la vida, le resta a la gente “libertad” de movimiento y capacidad de “triunfar” tomando opciones laborales extremas, que exigen la entrega 24/7 de la persona.

“La crisis en la reproducción acecha en las sombras, pero es visible si la buscas. Aparece cada año que las tasas de natalidad alcanzan un nuevo mínimo. Está en el flujo persistente de estudios que vinculan la infertilidad y los malos resultados de nacimiento con casi todas las características de la vida moderna: envoltorios de comida rápida, contaminación del aire, pesticidas”, escribe Sussman.

Pero, en el fondo, la crisis de fertilidad tienen que ver sobre la falta de reflexión sobre los “dones inmateriales” que heredamos de nuestros padres y de la falta de sentido que encuentra hoy el ser humano en la “continuidad genética”. El impulso de preservar “un pedacito de nosotros” en el nuevo ser, ya no está dentro de los parámetros de la modernidad. Tampoco el sentido de preservar “un pedacito” de los que nos dieron el ser (mucho menos de quien nos donó la vida) en tener hijos.

Publicado originalmente en Aleteia.


TAGS Jaime Septién
Ir a la nota original

MÁS NOTICIAS