SERVICIO

Tras 56 años de servicio, las Hermanas Vicentinas dejan la Diócesis de Añatuya

“La entrega generosa de tantas hermanas no se puede expresar en palabras, sino más bien se admira día a día”, expresó la hermana Rosa Luján Belaber, al frente del grupo.

AÑATUYA, Taboada (C) En los primeros días de junio dejarán la diócesis de Añatuya las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, más conocidas como “las hermanas vicentinas”, tras 56 años de noble servicio en distintas instituciones.

Fueron muchas las religiosas que pasaron por esta ciudad. Muchas decidieron que sus días terminaran lejos de su terruño natal, lejos de sus familias, y descansar para siempre en suelo santiagueño.

En los últimos años, desempeñaron su servicio en el complejo Santa Rosa. Al cuidado de niños y ancianos, y a cargo de instituciones educativas.

Al frente del grupo, se encuentra la hermana Rosa Luján Belaber, quien le contó a EL LIBERAL sus impresiones, en los últimos días de servicio en la comunidad. “No es fácil, ya que el servicio en sí y la entrega generosa de tantas hermanas no se pueden expresar en palabras, sino más bien se vive y admira día a día y se agradece a Dios” sostuvo.

Añadió: “Cuando monseñor Jorge Gottau, tomó posesión de la Diócesis en el año 1961, ante la pobreza con que se encontró, pidió a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl su servicio para el hospital. Al no tener una respuesta inmediata, viajó a Buenos Aires junto a la hermana provincial y, poniéndose de rodillas, hizo tal pedido. En ese mismo año la Congregación había realizado dos fundaciones, con la que no iba ser posible la de Añatuya, pero frente a la insistencia y actitudes del pastor preocupado por su rebaño, Dios obró rápidamente y en 1964 llegaron las primeras hermanas para trabajar en el hospital, donde prestaron su servicio durante 42 años. Pasó un tiempo y se nos encomendó otros lugares para dar alivio a las necesidades urgentes”, rememora.

La hermana Rosa recordó a las personas que brindaron su acompañamiento a lo largo de los años, “Frente a esta obra de amor y servicio vicentino, queremos agradecer particularmente a monseñor Jorge Gottau por permitir a tantas Hijas de la Caridad pudiéramos servir a Jesucristo en la persona de los pobres en esta querida Diócesis, al padre Emilio (de Elejalde) su constante apoyo espiritual, acompañamiento y preocupación”.

Y prosiguió: “Al padre Hernán González Cazón, padre José Furlani, por el apoyo espiritual y a la obra a lo largo de muchos años. A monseñor Antonio Baseotto y a monseñor (Adolfo) Uriona por su amor, cercanía y preocupación, a todos los sacerdotes y religiosas de la Diócesis, por su cercanía y fraternidad. A los empleados de toda la obra del complejo ya jubilados y a los actuales, que día a día con su responsabilidad y trabajo van sosteniendo el servicio, con dedicación y espíritu generoso”.

“Agradecemos a todos los vecinos de Añatuya, a tanta gente querida que siempre fueron cercanos al complejo y a las diferentes generaciones de hermanas, y nuestro agradecimiento especial a monseñor José Luis Corral, por su cercanía, su escucha, su bondad, y su oración. A todos, en nombre de todas mis hermanas y el mío propio, un gracias a Dios por permitirnos realizar nuestro servicio en esta querida Diócesis, junto a nuestros hermanos santiagueños. Que el espíritu de San Vicente y de Santa Luisa, los siga animando siempre en la obra del complejo”, concluyó.

Obra Vicentina en Añatuya

En 1967, se crea la Escuela “Medalla Milagrosa” como respuesta a pedido de muchos padres. Hoy la institución sigue prestando su servicio en la educación y formación cristiana. En 1961 se da apertura a la capilla “Santa Rosa” para la vida espiritual de las hermanas, de los niños de la escuela y de las familias del barrio. Este servicio se continúa realizando.

En el año 1969 se funda el hogar geriátrico Santa Rosa, con el fin de recibir a ancianos abandonados o carentes de familia y/o enfermos, donde se trata de darles toda la atención y amor posible.

En 1970 se abre la residencia juvenil “Medalla Milagrosa”, para jóvenes del interior y de familias de escasos recursos, para que pudieran estudiar secundario y nivel terciario.

En 1971 se funda el hogar de niños Santa Catalina Labure, para pequeños en situación de riesgo social.

En 1976 se crea el hogar “San Vicente de Paul” para niños con capacidades diferentes.

En 1986, la escuela especial “Santa Margarita” comenzó a funcionar como anexo a la escuela Medalla Milagrosa.

En 1992 se funda la escuela “San Vicente de Paul”, cuyo objetivo era capacitar a los jóvenes que provenían de la Escuela Especial para que aprendieran un oficio. Actualmente, está abierto un abanico de posibilidades para jóvenes y adultos con deseos de superación.

Un trabajo descomunal

En estos 56 años de trabajo, han prestado su servicio 64 religiosas a miles de niños y jóvenes formados en las tres escuelas. Centenares de jóvenes de la residencia estudiantil son hoy profesionales y catequistas en diferentes lugares de la provincia y otras tantas que se han ido a otros lugares del país y al exterior. Un sinfín de niños del Hogar que tuvieron posibilidad de un cambio de vida. Aproximadamente 821 adultos mayores han vivido en el Hogar.


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