Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno
Evangelio según san Mateo (5,27-32)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”.
Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno.
Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio”. Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio”.
Comentario
Jesús aborda en el evangelio de hoy dos asuntos muy actuales: las pasiones afectivas y los conflictos matrimoniales. ¿Qué dice en concreto el Maestro acerca de todo esto? ¿Cómo debes conducir tus impulsos y agitaciones afectivas? ¿Desde qué criterios debes afrontar una presunta ruptura matrimonial?
Controla tu mirada. A través de ella entras en contacto con lo que te rodea. Lo que no ves, no existe (para ti). Y lo que ves, o te atrae o te repugna. Decían los antiguos: “Ubi amor, ibi oculos”.
En traducción libre podría significar que, si algo te atrae, en ello fijas tu atención. Lo visto se transforma en imagen y la imagen, cuando resulta atractiva, puede suscitar el deseo de posesión.
La mirada, así pues, pone en movimiento un proceso psicológico automático, en ocasiones difícil de detener. Y puede arrastrarte hacia un riesgo real de pecar.
El 2 libro de Samuel lo evidencia cuando describe el inicio del pecado de David: Su mirada curiosa hacia una mujer hermosa desencadenó una serie de consecuencias fatales, incluido el homicidio, además del adulterio y la mentira (cf. 2 Sam 11, 2 y ss).
Es ese el sentido que Jesús, en este evangelio, da aquí a ese tipo de miradas que hacen caer.
A nadie se le ocurre tomar al pie de la letra llevar a cabo la mutilación que indica Jesús. Esa exageración semita solo pretende subrayar la radicalidad y la contundencia con que debes actuar, cuando tus sentidos te arrastren hacia un placer desordenado que puede destruirte: ¡Corta!
Protege el amor en el matrimonio. Jesús contradice frontalmente a los fariseos. Frente a quienes interpretaban el tema del divorcio desde Deuteronomio 24, 1, que permitía al varón expulsar a la mujer (divorciarse de ella) con la condición de darle un documento de libertad, Jesús es claro y contundente: lanza una llamarada profética en favor de la indisolubilidad matrimonial.
Con ello, reinterpreta y mejora la ley mosaica de manera sorprendente: apoya la dignidad de la mujer y defiende el vínculo matrimonial, no como un derecho del uno sobre la otra, sino como unidad original y responsable entre hombre y mujer. ¿No es ese precisamente el sello del auténtico amor? Con esta exigencia, Jesús “salva el amor” de todo lo que, tan fácilmente, lo puede adulterar y destruir. Pero hay que leer este pasaje con su complemento: la actitud respetuosa, comprensiva y justa de Jesús para con la mujer adúltera (Juan 8, 1-11). Sin regañarle, la perdona. Sin banalizar, le manda que no vuelva por malos caminos.