ESPECIAL PARA EL LIBERAL

EL CRUCE DE LOS ANDES La gran epopeya de nuestra historia (Segunda Parte)

Por Eduardo Lazzari.

La gesta de los Andes ubica al capitán general José de San Martín entre los grandes jefes militares de la historia. En las academias y colegios castrenses del mundo se la estudia, tanto por la audacia de llevar un ejército en orden de combate a través de montañas a casi 5.000 metros de altura, como por la precisión de los movimientos estratégicos y tácticos, lo que hace posible encontrar retratos del Libertador en instituciones como la Academia de West Point en los Estados Unidos de América, o presenciar homenajes en las fechas de su nacimiento o su muerte en lugares tan distantes como Londres o Tokio.

La mente de San Martín actuó como un extraordinario mecanismo de relojería en el que nada quedó librado al azar. Desde la estrategia continental hasta la táctica postal para que todos los pueblos supieran como iban desarrollándose los hechos, todo estaba presente en el pensamiento de San Martín. Cuando todo estaba hecho en lo que no dependía de sí mismo, como lo era la consolidación del Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón en Buenos Aires, hasta la Declaración de la Independencia en San Miguel del Tucumán, fue entonces que se puso en marcha el tiempo de la historia y comenzaba la campaña militar más gloriosa del nuevo mundo.

Transitaremos hoy imaginariamente por los senderos que vieron pasar al Ejército de los Andes y que poco tiempo después iban a liberar a Chile y al Perú, poniendo sobre sus hombros la carga de la independencia del sur del continente.

El Ejército de los Andes

El Ejército de los Andes estaba comandado por un Estado Mayor que reunió a los mejores militares de ese tiempo bajo la autoridad de San Martín. Lo acompañaron los brigadieres Bernardo O`Higgins, Miguel Estanislao Soler, Juan Gregorio de las Heras, los coroneles José Zenteno, Hilarión de la Quintana, Antonio Beruti y centenares de nombres de oficiales que engalanan la galería de los personajes históricos argentinos, muchas veces en calles y plazas que los homenajean frente a nuestra ignorancia.

San Martín, que era al mismo tiempo gobernador de Cuyo y comandante del Ejército, se instaló en el campamento de El Plumerillo con su Estado Mayor después del 9 de julio de 1816 y diseñó el plan maestro. Gracias a la tarea de José Álvarez de Condarco y sus colaboradores, que dibujaron mapas exactos de las montañas, se decidió una expedición con dos columnas principales y cuatro secundarias, con el fin de desconcertar al enemigo español que esperaba allende los Andes. Dirá don José a su amigo Tomás Guido en una carta de mediados de 1816: “Lo que no me deja dormir es, no la oposición que puedan hacerme los enemigos, sino atravesar estos inmensos montes”.

San Martín, con su astucia práctica, reunió en San Carlos, al sur de Mendoza, a todos los caciques cuyanos para “solicitar permiso” para cruzar las montañas por allí. Estaba claro que algunos de los jefes indios iban a informar a los españoles de los planes revolucionarios. Así San Martín logró la distracción de las tropas españolas a lo largo de un frente de cientos de kilómetros bajo el mando del gobernador de Chile, Casimiro Marcó del Pont, y de los generales Mariano Osorio y Rafael Maroto.

Ya listo todo para la campaña, en enero de 1817 se pusieron en marcha las distintas formaciones militares. El relato será cronológico respetando la fecha de partida de cada columna.

Columnas Secundarias

El 5 de enero efectivos del Ejército del Norte enviados por el general Manuel Belgrano y acampados en Guandacol, La Rioja, comenzaron su marcha hacia el oeste en procura del paso de Come-Caballos, para caer sobre Huasco y Copiapó, ciudad ésta que pasó a manos revolucionarias el 13 de febrero sin lucha, ya que el apoyo de los lugareños definió la situación. Este contingente pionero de 130 hombres estaba al mando del teniente coronel Francisco Zelada.

El 12 de enero desde la ciudad de San Juan partió al mando del teniente coronel Juan Manuel Cabot una columna de 140 hombres, la mayoría sanjuaninos, con el objetivo de conquistar La Serena y el puerto de Coquimbo. Enfrentaron los Andes por el paso de Guana y al cabo de dos semanas llegaron a Chile, donde resultaron victoriosos en los combates de Barraza y Salala, tomando La Serena el 15 de febrero.

El 14 de enero, rumbo al paso del Planchón desde San Rafael, partió la columna de 100 soldados al mando del teniente coronel Ramón Freire, quien llegaría a ser presidente de Chile, para tomar Talca y Curicó. Los militares españoles pensaron que éste era la formación principal del ejército por lo que pusieron frente a Freire unos 2000 hombres, que debieron retirarse rumbo a Chacabuco una vez conscientes del error y no pudieron con la adhesión popular que tuvieron las tropas llegadas desde Mendoza.

El 19 de enero el capitán José León Lemos se puso en marcha desde San Rafael con sus 155 soldados rumbo a San Gabriel, al sur de Santiago de Chile. Tomó un atajo por el boquete de Puiquenes y sorprendió a los españoles, que creyeron que por allí podía llegar el grueso de las tropas. Finalmente, no combatió y se sumó a la columna principal del Ejército de los Andes.

El objetivo de estos pocos hombres, algo más de quinientos efectivos, era dislocar el sistema defensivo de los españoles, cosa que lograron con creces y que los ubica en el carácter de héroes de la independencia en grado sumo.

La partida desde el campamento de El Plumerillo

Pocos días antes del inicio de la expedición, el 5 de enero San Martín presentó al pueblo la bandera del ejército que aún hoy es la de la provincia de Mendoza y la flameó diciendo: “Soldados: Esta es la primera bandera independiente que se ha levantado en América”. Así se puso en marcha el Ejército de los Andes, una creación desde la nada misma convertida en la maquinaria militar más exquisita que alguna vez haya tenido el continente.

Las tropas restantes fueron divididas en dos columnas principales cuyo objetivo era el mismo: caer sobre Santiago de Chile, para terminar definitivamente con el dominio español en el cono sur. Estuvieron compuestas por cuatro divisiones, una de las cuales quedó al mando del brigadier Juan Gregorio de Las Heras (vale aclarar que el apellido de esta gloria argentina es Gregorio y Las Heras el de su abuela materna) con destino al paso de Uspallata y las otras tres, cada una bajo el mando del general San Martín y los brigadieres Soler y O`Higgins, que vencerían a los colosos de los Andes a través del paso de los Patos. Hay que señalar que se decidió que las columnas más numerosas lo hicieran por el más escarpado y difícil de los senderos cordilleranos: el sanjuanino.

El paso de Uspallata

El 18 de enero la columna de Gregorio de Las Heras partió rumbo a Uspallata desde donde se tomó el valle del río Mendoza para llegar al valle del Aconcagua. Estos 800 soldados condujeron la totalidad del parque de artillería junto a cientos de milicianos que apoyaban a las tropas. El valle por el que esta columna cruzó los Andes era el camino más transitado entre Chile y Cuyo, por lo que ambos bandos enemigos tenían un gran conocimiento territorial. Se produjeron varios combates: Picheuta, Potrerillos y Guardia Vieja, para caer sobre Santa Rosa de los Andes el 8 de febrero, incorporándose estos hombres a las tropas llegadas por Los Patos para enfrentar la jornada de la cuesta de Chacabuco cuatro días después.

El paso de Los Patos

El 19 de enero partieron las tres divisiones de la columna principal desde el campamento de El Plumerillo, rumbo a Uspallata para luego subir hacia el norte hacia el valle de Calingasta, en San Juan. Al mando de la vanguardia iba el brigadier Soler, el centro de la formación estaba a cargo del brigadier O`Higgins y la retaguardia, responsable también de la maestranza del ejército, a cargo del teniente coronel Pedro Regalado de la Plaza. La escolta de granaderos era comandada por el teniente coronel Mariano Necochea. El río de los Patos se convirtió en la referencia geográfica con su cumbre en la cuesta del Espinacito, a más de 4.500 metros de altura sobre el nivel del mar, algo nunca soportado por un ejército moderno. Vale comparar con los 2.500 metros del cruce alpino del ejército francés de Napoléon Bonaparte y los 3.000 del cruce andino de Simón Bolívar.

La dificultad de este periplo está marcada por las cuatro cordilleras atravesadas y la bajada a Chile, una pendiente mucho más pronunciada que del lado oriental y de piedra viva, a tal punto que de noche los jinetes seguían las chispas de las herraduras de los equinos que los precedían. La vanguardia combatió en Achupallas y en Las Coimas, tomando San Felipe el 8 de febrero, para acampar y prepararse para una de las batallas más importantes de la historia: Chacabuco.

Testimonio y gloria

La vida ha regalado a quien esto escribe la participación en el Cruce de los Andes, junto al querido amigo y periodista Mario Markic, en esa recreación que ya hace varios años organiza el gobierno de la provincia de San Juan por el Paso de los Patos. Es imposible contemplar esta hazaña sin comprender el carácter sagrado que San Martín logró imprimir a esta empresa heroica. Sólo así se entiende que miles de hombres hayan cumplido su deber como una sola pieza y hayan parido la libertad y la independencia definitiva de la Argentina, de Chile y del Perú.

Está en marcha el proceso para declarar las rutas sanmartinianas del Cruce de los Andes como Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad por parte de la Unesco. Esperemos que sirva para dar el valor adecuado que merecen esos pasos por los que fluyó el grito libertario de nuestro país en campaña para independizar naciones hermanas. Sería el gran homenaje universal a la gloria de los soldados, oficiales y jefes del Ejército de los Andes.


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