Crónica de mis bloopers del 2025
Por Belén Cianferoni
No hay que olvidar respirar. Es fundamental.
Así que, antes de seguir leyendo, inspiramos
detenemos el aire
y soltamos pufff.
Relajamos la mandíbula, la frente, el ceño heredado de la abuela. Seguimos.
Este año fue muy intenso. No voy a decir malo. No voy a decir bueno. Voy a decir que fue de esos años que te ponen en situaciones que jamás pensaste afrontar, ni siquiera en borrador. Fuimos victoriosos en algunas batallas y fracasamos sin pena ni gloria en otras. Pero como dice uno de mis poetas favoritos el señor Kipling, que algo de esto sabía: "si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre y tratar a esos dos impostores de la misma manera".
Difícil, pero ahí vamos.
Cada desastre, cada derrota de este 2025 vino con aprendizaje incluido, marcado a fuego lento, como empanada olvidada en el horno. También vino a recordarnos algo incómodo: el límite existe. El cuerpo avisa. La cabeza se cansa. El universo te dice "hasta aquí, changa", y no queda otra que escuchar.
Intenté mucho este año. Muchísimo. Y tropecé de manera espectacular. Los trámites no salían, las notas no eran las necesarias, se me pasaba el arroz literal y metafóricamente. Me quedaba quieta pensando cómo mejorarlo todo: qué decir, qué hacer, cómo acomodar las fichas para que a la fortuna se le ocurra acompañarme a tomar un mate un día de estos, qué agregarle al arroz para que no parezca puré mal hecho.
Pero la fortuna es esquiva y yo soy caprichosa. Mala combinación.
También aprendí que no todo depende del esfuerzo. Que hay días en los que una hace todo bien y aun así sale mal. Como cuando cebás el mate con amor, agua a punto justo, y igual queda lavado. No es culpa tuya. No es culpa del mate. A veces es simplemente así. Y aceptar eso aunque duela es una forma silenciosa de madurez.
Este 2025 me enseñó a desconfiar un poco de la épica. De esa idea romántica de que "si quieres, puedes". No siempre se puede. A veces se quiere y no alcanza. Y lejos de ser una derrota, eso también es humano. Humano y necesario. Porque entender el propio límite no te achica: te ordena.
Hubo días en los que forcé el corazón, los nervios y los músculos para seguir, aun cuando ya no quedaba mucho más que la voluntad diciendo "dale, una más". Y otros días en los que no pude. Y también eso fue aprendizaje, aunque no venga con diploma ni aplausos.
Y sin embargo, aquí estamos. Con calor, con siesta interrumpida, con papeles a medio hacer y proyectos que todavía piden pista. Aquí estamos, respirando de nuevo, como al principio de esta crónica. Inspiramos, detenemos, soltamos. Y seguimos.
Porque si algo entendí este año es que perder no siempre es fracasar, y ganar no siempre es triunfar. A veces el verdadero logro es no endurecerse, no volverse amarga, no perder el humor ni la capacidad de reírse de una misma cuando todo sale torcido.
Y cerrar el año así: un poco despeinada, con bloopers acumulados, pero todavía de pie. Tratando al Triunfo y al Desastre como lo que son: dos impostores de paso, que no pagan alquiler y no se quedan a dormir