Santiago

Crónica de cómo rodar por las Cataratas 

Por Belén Cianferoni

Buenos días, mis estimados croniqueros!!!

Siento que no hablamos hace mucho tiempo. Espero que este silencio no haya hecho que mis pequeñas crónicas caigan en su olvido, como esas plantas que una riega con entusiasmo una semana y después mira de lejos, esperando que sobrevivan con fe y rocío.

Escribir estas pequeñas postales de mis días todos los domingos ha transformado enormemente mi vida. Si tienen la oportunidad de enfrentarse a una hoja de papel y escribir sobre sus días, háganlo. No importa si es bueno, malo o si no cambia en nada el rumbo de la literatura universal. Es suyo, y eso ya es bastante en estos tiempos de cosas prestadas, filtros ajenos y opiniones en combo.

Es difícil encontrar algo genuino en estos días artificiales. Todo viene con plástico, con plástico y con instrucciones. En cambio, la escritura no: se mete como puede, despeinada, con faltas de ortografía emocionales y verdades que no pidieron permiso.

Escribir me hizo valiente. Conocí facetas mías que no pensaba que existían. Me volví constante, milagro digno de promesa a la Virgen de Itatí, y creo que hasta me quiero un poquitito más. Puedo planificar mejor y hasta tengo confianza en mí, porque siento que construí una muralla de hojas de diario para protegerme. No será de piedra, pero resiste.

Tengo mucho miedo y amor a las alturas y a recorrer largos trayectos. Mis piernas ya no son tan fuertes como antes: ya no negocian, directamente protestan. Cuando mis amigos me ofrecieron el viaje, no pensé en decir que no. O sí lo pensé, pero la boca dijo que sí antes de que el miedo alcanzara a subirse al auto.

¿Y yo qué iba a hacer en las Cataratas? ¿Yo? Que no puedo caminar más de una cuadra sin calcular mentalmente dónde hay un banco, una sombra o un kiosco salvador. Yo, que mido las distancias en "cuadras posibles" y no en kilómetros. ¿Yo, justamente con las cataratas?

Las Cataratas, ese lugar donde el agua cae con una convicción que yo no tengo ni un lunes por la mañana. El agua no duda, no pregunta, no se disculpa. Cae. Y cae fuerte. Y hace ruido. Un ruido que parece decirte: acá estamos, mirá. Entre a la Garganta del Diablo como arrastrando el vía crucis de mi cuerpo, pero no estaba sola, el amor y el cariño de mis acompañantes estaba ahí para sostenerme cada vez que pensaba en huir. Gracias, miles de gracias.

Y ya que estamos, permítanme este pequeño paréntesis croniquero, porque si algo aprendí es que viajar con una discapacidad o con problemas de motricidad no es imposible, pero sí necesita información, paciencia y un poco de picardía santiagueña.

Las Cataratas tienen circuitos accesibles: pasarelas amplias, bastante planas y con barandas. No hace falta hacerlo todo. Elegir también es cuidarse, aunque el cartel diga "mirador imperdible". El tren ecológico no es trampa ni comodidad burguesa: es una bendición. Acorta distancias y te guarda energía para lo importante, que no siempre es llegar primero, sino llegar.

Ir acompañado hace la diferencia. No solo por la ayuda física, sino por el ánimo, las risas y ese "ya falta poco" que a veces sostiene más que un bastón. Tienen disponibles sillas de ruedas adaptadas para ir por las pasarelas. Pídanlas, no tengan vergüenza. Es posible que las personas que están en sillas de ruedas no puedan usar las suyas, debido al terreno, por eso tienen unas especialmente diseñadas para el confort del que visita esta maravilla. 

Hidratarse, usar gorra, protector solar y ropa liviana no son sugerencias simpáticas: son aliados estratégicos. Escuchar al cuerpo no es rendirse. Sentarse, frenar, volver o decir "hasta acá llego" también es parte del viaje. Y, sobre todo, no compararse. Cada cuerpo hace su propio recorrido y todos valen. Es hermoso quedarse a contemplar el follaje, los cuatíes y los monitos titis. 

Rodé por las plataformas del Iguazú, como quien no quiere molestar al paisaje. Éramos un tren que no le temía a nada porque estábamos entre amigos. Con humor norteño, claro, porque una no se queja: se burla. Si no puedes correr, haces chistes. Si no llegas rápido, llegas contando algo… y si es un chiste o un apodo mejor. 

Entre vapor, calor y piernas cansadas, entendí que el viaje no era solo geográfico. Era interno, lento y desprolijo. Como escribir. Como vivir con miedo, con amor, con hojas encima y cataratas enfrente, tratando de no olvidarme que ser valiente no siempre es avanzar rápido, sino animarse a salir igual.

Así que escriban, mis amigos. Me despido hasta el domingo que viene con más chismes y un momento de mate compartido, no sin antes saludar a la amadísima escritora Ana Olivera y felicitar, con gerundios santiagueños innecesarios, al ingeniero, lector de este delirio, Francisco Bocassi en su cumpleaños.

Ir a la nota original

MáS NOTICIAS