La papeleta de conchabo llega al Congreso
Por Alberto Tasso, especial para EL LIBERAL.
Es para celebrar que el gobierno nacional haya puesto su atención en el trabajo, como lo muestra el proyecto de ley que tratará el congreso a partir del miércoles 11. Es una noticia excelente, repito, que ahora lo ocupe este proyecto que se supone contribuirá a la 'modernización' del mercado de trabajo.
El énfasis de mi elogio se justifica porque en los dos años de su gestión el gobierno se dedicó a destruir trabajo, tanto en el Estado como en el sector privado. Me ahorro las cifras por demasiado conocidas, pero no puedo dejar de mencionar la crisis de las pequeñas y medianas empresas que forman parte del sector industrial, comercial y de servicios que deben cerrar sus puertas ante la competencia de productos importados.
Pero ¿significa este proyecto de ley que hay un cambio en el rumbo de su plan económico? De ninguna manera, al contrario, lo refuerza. Ese plan está expuesto en los hechos, antes que en la remanida retórica oficial. El tratado comercial firmado con (por) Estados Unidos la semana pasada es una muestra ominosa. Dependencia y neocolonialismo en concurso ideal, como en tiempos de Roca (h) y Runciman.
El término 'modernización', derivado de modernidad y ésta de moderno, tiene cuño occidental. Supone que un individuo, una sociedad, un país, se consideran 'modernos' en relación con otros que no han alcanzado ese nivel, y en comparación serían antiguos o atrasados.
La modernización fue el caballito de batalla (un troyano más) de la política económica de Estados Unidos en América Latina, impulsando la revolución verde y otros proyectos que los gobiernos militares de Onganía y Videla aceptaron fielmente.
Pero no deja de resultar curioso es que en este caso la modernización sea una vuelta al pasado, como noté al ver el paralelo entre el proyecto actual y la Ley de Conchabo promulgada en Santiago del Estero durante el gobierno de Absalón Rojas en 1887, al año siguiente replicada en Tucumán.
Su objetivo consistía en proveer de mano de obra a las industrias de la época (ingenio azucarero, obraje forestal, estancia ganadera, algodonal) y para eso era necesario la leva campesina, llevar población rural que producía en sus cercos de forma independiente y alinearla en las filas del ejército industrial activo, ya no de reserva.
En su libro El Capital (1867) Carlos Marx llamó acumulación originaria al proceso histórico de separación de los trabajadores y los medios de producción que requirió el capitalismo industrial en Inglaterra y otros países.
Desde luego no es posible asimilar a los trabajadores del noroeste a fines del siglo XIX, en su mayoría analfabetos de origen indígena y africano, con los de hoy, ya urbanos, muchos provenientes de la inmigración. Poseen educación básica, acceso a las redes de comunicación y algo no menos importante que llamo cultura del trabajo (cultura laboris).
En su historia familiar habrá redes de oficios, profesiones y aficiones que representan las relaciones entre el capital y el trabajo en distintas épocas. Son parte de su curriculum oculto y también de su saber en acto.
Son muchos los interesados en conseguir empleo. A más del 7% de desempleados hay que considerar que el empleo informal llega al 42%. A los interesados se les ofrece una papeleta de conchabo (válgame el exceso) que exige el acuerdo con el patrón.
Gremio y sindicato son malas palabras. A cambio, es bueno que haya doce horas de descanso después de cada jornada. El proyecto de ley es nuevo, la circunstancia es distinta pero el objetivo semejante. Trabajo, valor, plusvalía, título para un posible ensayo. Ahora lo importante es el debate, y esperamos las palabras que se dirán en la calle y en el recinto, donde están nuestros representantes.