Opinión

Si mi Dios es tu Dios…

Por Marcela Roxana Lazo.

Somos hijos de un mismo origen; reconocerlo y practicar la pertenencia transforma la vida individual y colectiva. 

En una reunión en la Universidad, mientras conversábamos sobre la tesis de una estudiante realizada en Colonia Jaime, una mujer hermosa me preguntó: —¿Ustedes son contrahegemónicos?

Le respondí con la convicción que nace de la experiencia: —Nosotros buscamos las cosas que nos unen. No peleamos con el capitalismo porque vivamos en un sistema común; no peleamos con las religiones porque nuestra naturaleza sea filosófica; no confrontamos verdades; no peleamos con quienes son diferentes. Vivimos concentrados en encontrar aquello que nos une.

Es un trabajo arduo, incansable, desafiante a veces, pero maravilloso. Mientras miles de seres se enfocan en lo que los separa —diferencias, conflictos, antagonismos, que son naturales y hay que aceptarlos— nosotros usamos ese tiempo para ver, analizar y encontrar lo que realmente vale: ¡qué tenemos en común; qué deja huella en esta vida y que nos llevaremos cuando tengamos que partir!

El origen común que olvidamos

La mayoría de los seres humanos intuimos o creemos que tenemos un mismo origen: una razón de ser compartida, una chispa de un Ser Superior, una esencia primera común. Si eso es así, entonces todos seríamos hermanos. Pero saberlo no ha sido suficiente para reconocer esa procedencia.

Y cada uno buscamos caminos que nos conecten con ese origen: algunos desde las filosofías, otros con las religiones, otros en sí mismos. Para muchos, Dios, Creador o Eloi como le llamamos, es Universal; para otros, pertenece a un grupo; para otros, es una experiencia íntima. La pregunta es: ¿por qué nos resistimos a aceptar ese origen común?

Desde chica escuché decir que Joaquín Trincado, fundador de Colonia Jaime, pasó años buscando el Asiento de Dios. Al leer su obra, me di cuenta que para llegar a una respuesta, estudió todas las religiones, las filosofías y la vida de grandes seres como Jesús de Nazareth, María, Abraham, Moisés, Adán, Eva y tantos otros. Y descubrió algo simple y profundo: Dios vive en cada ser humano. Por eso somos hermanos, hijos de un mismo Creador. 

Y no solo eso; se dio cuenta que esos grandes Maestros, habían transmitido la misma verdad de Hermandad Común en distintos siglos y culturas, vestida con lenguajes y símbolos propios de cada época.

¡Qué revelación! Bastaría saber esto para tener un propósito de vida.

Sin embargo, este descubrimiento —compartido por tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia y en el presente— no nos ha impedido desconocer nuestra naturaleza primogénita. Nos seguimos peleando como si fuéramos cualquier cosa menos hermanos unidos por un hilo invisible.

Creencias, diversidad y respeto

Las distintas creencias, culturas y etnicidades existen por una razón del Universo. Y sin dudas, están para ser respetadas, no para medir quién es mejor o más poderoso o para destruirnos los unos a los otros. 

Si nuestras creencias nos hacen amorosos, solidarios, fuertes, empáticos, trabajadores, irradiando amor sin tantas condiciones; estamos caminando hacia ese origen que nos creó.

Pero si no sucede así y vivimos como muchos lo sienten, en un caos existencial, una crisis humana, ambiental, económica y espiritual, quizás sea momento de detenernos y preguntarnos: ¿Qué vale la pena seguir sosteniendo y qué deberíamos dejar atrás? Y esto va más allá de cualquier creencia.

La memoria colectiva y la sanación

He comprendido lo que dicen los estudiosos de la naturaleza humana: que cuando uno sana un mal físico, mental, moral o espiritual, ayudamos a sanar al planeta y, conocernos —en nuestras limitaciones, debilidades, errores y también capacidades— nos ayuda a amarnos y amar a los demás.

También siento que lo vivido dolorosamente como humanidad sigue presente en la memoria colectiva. Y a esto se suma la actualidad, con tiempos tan complejos. 

Siento que hasta que no aceptemos, sanemos y transformemos el pasado, no podremos transmutar como humanidad. Seguiremos atrapados en la dualidad entre la luz y la oscuridad.

Sería tan altruista asumir con responsabilidad que en esta vida o en otras quizás, venimos dañándonos y dañando al planeta que es nuestro hogar. ¡Hacernos cargo nos haría bien a todos! 

Si mi Dios es tu Dios, la solución está en nuestras manos 

A mí me gusta buscar soluciones. No quedarme en la queja, la culpa, el victimismo o el juicio. Entonces me pregunto: ¿qué podemos hacer con esta realidad?

Algunos dirán: "Nada". Otros: "Ya vendrá un cataclismo y si quedamos vivos, nos uniremos". Otros dirán: "este mundo es incorregible"; "nadie lo cambia". 

Para los que no esperan un mundo mejor, sino que lo construyen, siempre hay algo que se puede hacer:

Ejercitar el sentido de pertenencia.

Estar aquí y ahora es un regalo. Comprender para qué vinimos al mundo, que misión traemos, que espera el mundo de nosotros, es el gran desafío, difícil pero no imposible, porque es la conexión directa entre nosotros y el Creador.

Y si nos permitimos sentir ¡QUE EL MUNDO NO SERIA LO MISMO SIN NUESTRA PRESENCIA! Al final, todos somos aprendices de vivir, por ende, tenemos derecho a pertenecer. 

Negar esa realidad, tachar al equivocado, al diferente o a quienes hacen mal, no nos ayuda a aceptar. Que no lo sepamos hacer, es una gran verdad. Pero seguir negando lo innegable es seguir agonizando. 

O será una utopía que podamos hacer un mundo con amor y sin dolor, donde todos tengamos pan en la mesa, donde nos sintamos cuidados, protegidos, abrazados, contenidos; donde sintamos el calor de ese Padre Común sin miedo a ser excluidos.

¿Te gustaría caminar por cualquier ciudad, mirar a los demás a la cara y saludarlos con una sonrisa, sin saber quiénes son, solo sabiendo que un hilo invisible nos une a ellos?

A veces, lo que parece malo está pidiendo a gritos amor y no sabe qué hacer con tanto dolor.

Soñar en grande

Y muchos me dirán que el mundo es cruel, violento, que es inútil ser bueno. Sin embargo, he nacido en una cuna que para muchos es una utopía, algo inalcanzable, una locura o la ilusión de un soñador…a veces pareciera que caminamos contra la corriente, cuando en realidad, solo practicamos valores alcanzables a todas las personas que, en la Vida Comunal, cobran sentido porque miras a los ojos y aprendes del diferente, trabajas en equipo, disfrutas en equipo, lloras y sufres junto a los demás; es decir, el ego se transforma en bien común y el amor de hermanos se hace presente.

Por ello, los invito a soñar en grande porque soñar en pequeño gasta las mismas neuronas. Y no solo soñar: hacer acciones concretas, como muchas personas en el mundo lo hacen, que digan GRACIAS a nuestro Creador por la vida, la misión y por confiar que cuidamos de nosotros y del mundo. 

Podemos ayudarnos. No estamos solos. Somos muchos. ¡Somos hermanos! ¡APRENDAMOS A REENCONTRARNOS!

¡¡EL MUNDO NO SERIA LO MISMO SIN TU PRESENCIA!! 

Ir a la nota original

MáS NOTICIAS