Opinión

Recesión silenciosa: cuando la pyme deja de vender, el país deja de crecer

Por Camilo Alberto Kahale

La economía no siempre avisa cuando ingresa en zona de riesgo. A veces no hay estruendo ni crisis declarada; pero sí hay persianas que abren más tarde, menos clientes que cruzan la puerta y empresarios que hacen cuentas una y otra vez para sostener la actividad. Esa es la recesión silenciosa que hoy atraviesan miles de pequeñas y medianas empresas.

Las pymes no son un actor más del entramado productivo, son su base. Representan el principal generador de empleo, dinamizan las economías locales y sostienen el mercado interno. Sin embargo, en el último tiempo, la actividad pyme no ha logrado recuperar los niveles de 2023. Aun cuando algunos indicadores muestran mejoras puntuales, la recuperación es parcial, heterogénea y, sobre todo, muy frágil.

El dato más preocupante no es solo la caída de la producción o de las ventas, sino la persistente retracción del consumo. Cuando el poder adquisitivo se deteriora, el primer impacto se siente en los comercios de cercanía, en la industria que abastece al mercado interno y en los servicios vinculados a la vida cotidiana. Es decir, en el corazón mismo de la economía real.

Hoy vemos una demanda fragmentada, algunos sectores sociales logran sostener ciertos niveles de consumo, mientras que amplias franjas de la población han reducido gastos a lo esencial. Esta desigualdad en la recuperación genera un escenario en el que las pymes operan sin previsibilidad, sin escala y, muchas veces, sin margen de rentabilidad.

Una pyme no puede "esperar" a que la economía se reactive por sí sola. A diferencia de las grandes compañías no cuenta con espaldas financieras ni acceso fluido al crédito. Depende de la rotación diaria, del cliente que entra al comercio, de la cadena de pagos que funciona, entre otros tantos aspectos que hacen al negocio pyme. Cuando ese circuito se interrumpe, el impacto es inmediato.

Por eso, cuando una pyme deja de vender el país deja de crecer. No se trata de una metáfora: se trata de una relación directa entre producción, empleo y desarrollo. Cada mostrador vacío es menos trabajo, menos inversión y menos oportunidades para la comunidad en la que esa empresa está inserta.

Es importante comprender que la recuperación económica no puede medirse únicamente en variables macroeconómicas. La estabilidad es necesaria, pero no suficiente. Sin un mercado interno activo, el entramado productivo pierde densidad, se debilitan las cadenas de valor y se compromete el crecimiento sostenido.

Las pymes necesitan condiciones para producir, invertir y proyectar. Eso implica avanzar en políticas que reactiven la demanda, pero también en herramientas concretas de financiamiento productivo. El crédito debe volver a ser un instrumento de desarrollo y no una barrera inaccesible. Financiar capital de trabajo, modernización tecnológica y expansión productiva es apostar al crecimiento genuino.

Asimismo, resulta clave generar incentivos que promuevan la formalización, la innovación y la competitividad. Y muchos más en un país donde hoy las fronteras están abiertas para el ingreso de miles de productos que compiten de manera desigual con la producción nacional. La presión de costos impositivos, logísticos y financieros se vuelve especialmente insostenible en contextos de baja actividad y de apertura de importaciones. Sin alivio ni estímulo muchas empresas quedan atrapadas en una lógica defensiva, destinada solo a sobrevivir.

La Argentina necesita que sus pymes pasen de la resistencia al crecimiento. Y para eso es fundamental reconstruir un entorno que combine estabilidad macroeconómica con desarrollo productivo. No hay país viable si su tejido empresarial se achica. La solución no viene solo de la mano de una reforma laboral. La problemática es estructural y la realidad se percibe al caminar por las calles del conurbano bonaerense.

Desde el interior de la provincia de Buenos Aires vemos todos los días el esfuerzo del empresario pyme que apuesta, que sostiene el empleo y que sigue creyendo en la producción como motor del progreso. Pero también vemos la incertidumbre, la caída de ventas y la dificultad para planificar más allá del corto plazo.

Salir de esta recesión silenciosa requiere comprender que el mercado interno no es un dato secundario, es el principal sostén de nuestra economía. Fortalecerlo no es una consigna, es una estrategia de desarrollo.

Porque cuando una pyme se apaga, no solo se pierde una empresa. Se pierde trabajo, identidad local, innovación y futuro. Pero cuando una pyme crece, crece toda la Argentina.

Fuente: Ámbito

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