Inflación febrero: con la mira en el dólar y el petróleo, el dato llega en un contexto incierto para la economía
Más allá del porcentaje puntual que arroje el IPC del mrd, el dato del INDEC llegará cargado de significado político y económico.
El INDEC difundirá el próximo jueves 12 de marzo el Índice de Precios al Consumidor (IPC) de febrero, en un contexto atravesado por señales mixtas: el mercado espera una inflación de entre 2,5% y 3%, mientras el oficialismo apuesta a consolidar la desaceleración. Pero el salto del petróleo por la guerra reavivó el temor a un nuevo shock inflacionario global, con posibles coletazos sobre la Argentina.
Luego de que enero marcara un 2,9% y confirmara un sendero todavía elevado, el mercado espera ahora un índice algo menor, en una franja que va del 2,5% al 3%. En el Gobierno confían en que el dato muestre una nueva baja y ayude a reforzar la idea de una macroeconomía "ordenada", pero el escenario internacional comenzó a sumar una amenaza incómoda: la guerra en Medio Oriente ya disparó el precio del petróleo y volvió a encender las alertas por inflación a escala global.
La lectura del dato del INDEC, por eso, ya no se agota en la dinámica doméstica. El frente externo empieza a pesar más en las expectativas, sobre todo después del salto de la energía, la suba del crudo y la reacción de los mercados internacionales frente a un conflicto que amenaza con extenderse. En ese marco, la gran pregunta es si la desaceleración de precios que el oficialismo busca exhibir podrá sostenerse aun cuando el mundo vuelve a discutir cómo contener una nueva presión inflacionaria.
Qué espera el mercado para la inflación de febrero
El último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) que elabora el Banco Central corrigió al alza sus proyecciones para febrero. La mediana de los analistas ubicó la inflación esperada en 2,7%, es decir 0,6 punto porcentual por encima del informe previo. En el caso de la inflación núcleo, la previsión fue de 2,5%, con una suba de 0,4 punto.
Ese ajuste dejó una señal clara: el proceso de desinflación seguiría, pero a un ritmo más lento del que esperaba el mercado a comienzos del año. Aun así, el REM no proyecta un escenario de desborde. Para marzo se espera 2,5%; para abril, 2,2%; para mayo, 1,9%; para junio, 1,7%; y para julio, 1,5%. Para todo 2026, la inflación anual estimada pasó a 26,1%.
La expectativa oficial, sin embargo, sigue siendo más ambiciosa. Luis Caputo insiste con la posibilidad de que la inflación "empiece con 1" e incluso perfore ese umbral hacia agosto. En el mercado, esa proyección es mirada con mayor cautela. El economista Martín Kalos consideró que "no es posible lo que plantea Caputo" y sostuvo que el Gobierno mantiene "un discurso exitista respecto de la inflación que no es realista". Según su visión, al oficialismo se le fueron agotando las dos anclas que usó para contener los precios durante 2024 y buena parte de 2025: el dólar y los salarios.
En una línea similar, Iván Cachanosky, de Libertad y Progreso, planteó que una inflación del 20% anual para diciembre implicaría que recién entre agosto y septiembre los registros mensuales podrían "empezar con 1", pero no con cero. El matiz no es menor: el mercado no ve un rebrote inflacionario inmediato, aunque tampoco cree en una desinflación tan veloz como la que sugiere el discurso oficial.
El REM dejó, además, otra señal relevante: el mercado recalculó a la baja su expectativa de dólar oficial para marzo. La mediana de las proyecciones se ubicó en $1.429, unos $73 menos que en el relevamiento anterior. Para diciembre de 2026, en tanto, la expectativa es de $1.707, con un sendero de ajuste gradual y sin saltos bruscos.
Esa dinámica vuelve a poner sobre la mesa una tensión clásica de la macro argentina: inflación todavía relativamente alta con un tipo de cambio oficial que se mueve más lento. Mientras el Gobierno defiende ese esquema como parte de su estrategia de estabilización, economistas y operadores siguen observando de cerca qué impacto puede tener sobre competitividad, reservas y atraso cambiario.
En paralelo, el Tesoro enfrentará esta semana la primera licitación de marzo, otro test importante para medir la capacidad oficial de absorber pesos y sostener el frente financiero. En la colocación anterior, el Gobierno no renovó todos los vencimientos y liberó liquidez al mercado, en una decisión orientada a descomprimir tasas y apuntalar la actividad. A la vez, la Secretaría de Finanzas informó que logró colocar US$150 millones del nuevo bono en dólares a una tasa de 5,89%, levemente por debajo del 6% previsto.
La guerra, el petróleo y el nuevo riesgo para la desinflación
El problema es que el dato de febrero llega en un momento en el que el frente externo vuelve a complicarse. La guerra en Medio Oriente ya impactó de lleno en los mercados internacionales: las bolsas cayeron con fuerza, el dólar se fortaleció como refugio y el petróleo llegó a rozar los US$120 por barril. Ese movimiento no solo alteró expectativas globales, sino que reinstaló un temor que parecía más contenido: que la energía vuelva a convertirse en un canal de presión inflacionaria para todo el mundo.
Argentina, entre los países más vulnerables a un shock
El debate empezó a trasladarse también a la Argentina. Aunque el país tiene una matriz distinta y el Gobierno insiste en que la macro está preparada para resistir shocks, varios analistas advierten que un conflicto prolongado puede dejar huellas locales. No necesariamente por un traslado inmediato y total al surtidor o a las tarifas, sino por su impacto indirecto sobre costos logísticos, precios energéticos, expectativas y clima financiero.
En ese contexto, la advertencia de Kristalina Georgieva, titular del FMI, volvió a ganar centralidad: si la guerra se prolonga, puede afectar los precios globales de la energía, la confianza de los mercados, el crecimiento y la inflación. Ese es el marco en el que el oficialismo deberá leer el dato del INDEC: un índice que puede mostrar alivio en el margen, pero que convivirá con un mundo mucho más inestable.
Qué anticipan los privados para la inflación de febrero 2026
En la previa del dato oficial, las consultoras privadas coincidieron en que febrero habría mostrado una inflación todavía elevada, con los alimentos otra vez como principal foco de presión. LCG advirtió que en las últimas cuatro semanas los precios de alimentos subieron más de 3%, impulsados sobre todo por carnes y verduras, y señaló que el rubro cerró el mes con una variación promedio de 4,2%, unos 0,8 puntos por encima de la medición previa. Aunque en la cuarta semana no registró cambios en alimentos y bebidas, el informe dejó en claro que la canasta básica siguió tensionando al índice general.
Otras mediciones también se movieron en una zona similar, aunque con matices. Eco Go estimó que la inflación de alimentos consumidos dentro del hogar rondó el 2,9% en febrero y que, al sumar comidas fuera del hogar, el rubro alimentos se ubicó en 2,7%, mientras proyectó una inflación general cercana al 3% mensual. Analytica, por su parte, relevó una suba de 0,8% semanal en alimentos y bebidas en el Gran Buenos Aires durante la tercera semana del mes, con un promedio de cuatro semanas de 2,6%, y calculó una inflación general en torno al 2,8%. En la misma línea, Econviews detectó un alza promedio de 1,3% en supermercados en la tercera semana de febrero y un acumulado de 2,1% en las últimas cuatro semanas.
Desde Fundación Libertad y Progreso también ubicaron la inflación mensual en 2,8% y consideraron que febrero podría marcar una desaceleración después de varios meses de subas consecutivas, aunque remarcaron que el nivel sigue siendo alto. A nivel más amplio, el REM del Banco Central mostró una previsión más moderada, con una inflación esperada de 2,1% para febrero y de 22,4% para todo 2026, mientras que la Encuesta de Expectativas de Inflación de la Universidad Torcuato Di Tella reflejó un deterioro en la mirada de mediano plazo: la inflación esperada para los próximos 12 meses saltó a 35,7%, 4,2 puntos por encima de enero. Así, más allá de las diferencias puntuales, el diagnóstico privado fue convergente: la desaceleración sigue siendo frágil y los alimentos continúan como el principal termómetro de la presión inflacionaria.