El río Dulce y la Madre de Ciudades desde las crónicas coloniales al dique de Río Hondo
Por Alejandro Yocca.
La furia del agua deslizándose por las pendientes de las llanuras santiagueñas lleva ya millones de años. Es lo que nos indican los restos de animales prehistóricos de la mega fauna cuaternaria que se han descubierto en el territorio provincial y que podemos constatar en las muestras de fósiles del Museo de Antropología y Ciencias Naturales Emilio y Duncan Wagner del Centro Cultural del Bicentenario de Santiago del Estero. Los hallazgos de huesos fosilizados de Mastodontes, Diente de Sables, Megaterios y Gliptodontes entre otros, en las áreas costeras de los ríos, son frecuentes y han provisto de información de referencia sobre la antigüedad de la presencia de estas especies en el territorio.
Ese escenario de desbordes, lagunas y bañados es el que seguramente sorprendió al expedicionario conquistador que describió en los documentos cual era la relación de las comunidades de la nación Tonocoté con los ciclos del agua, intensa en los veranos expulsándolos a las tierras altas, y de escases hídrica en los inviernos obligándolos a acercarse al cauce de los ríos y orillas de represas y lagunas por su incapacidad de transportar o almacenar el líquido elemento en las formas que hoy conocemos.
Esas aldeas migrantes con movilidad estacional fueron una manifestación de la adaptación que los pueblos prehispánicos desarrollaron para aprovechar los recursos que asociados al agua de lluvia y a los cursos de los ríos. Estos recursos eran alimentos o condiciones para producirlos con la agricultura o la incipiente ganadería de guanacos. La humedad de la tierra arcillosa para la actividad alfarera, las pasturas, las aguadas, la prodiga fauna para la caza, el desarrollo de los bosques para la recolección de miel y de leña entre otros tesoros ofrecidos a cambio de un mínimo esfuerzo eran consecuencia directa de ese ciclo de inundaciones y sequias.
Pero los intereses del conquistador no estaban en esa línea de sustentabilidad. Las estrategias de acumulación de metales preciosos, base del sistema económico mercantilista impuesto en Europa durante la era de las monarquías absolutas, regían la manera de relacionarse con los pueblos originarios y los territorios que ellos habitaban.
Así se fundó y sostuvo la Madre de Ciudades y las decenas de Pueblos de Indios que iniciaron una nueva forma de habitar, anclados a las riveras de los ríos, construyendo moles de barro y quebracho, Cabildos, Iglesias y casonas señoriales, disputando tozudamente el espacio con las crecidas de verano. Así comenzó la lucha de titanes entre la ciudad de Santiago del Estero y el Dulce. Las actas del cabildo describirán los golpes más duros de esta contienda. Las sucesivas reconstrucciones de la Catedral más antigua de la diócesis primada de Argentina lo confirman. También el Cabildo, las Postas del Camino Real, las instalaciones de los Jesuitas y demás órdenes religiosas, sufrieron derrumbes y reparaciones.
Las inundaciones sucesivas fueron la causa más significativa de haber perdido esos edificios coloniales. En el siglo XIX dejaron de ser el barro y la madera los principales insumos de la arquitectura y comenzaron a sustituirse por el cemento y el metal. El comercio de nuevos materiales de construcción trasportados a bajo costo en los trenes cambiaron la tendencia de la competencia entre el río y la ciudad. No solo la ciudad experimento la incorporación del progreso en sus edificios, sino también las obras de intervención del cauce y las defensas frente al río.
Así los diques de quebrachos y tierra, los canales de tierra, los bordos y otros dispositivos fueron sustituidos por obras magnificas, costaneras, dársenas y poco a poco fueron amansando al bravo rio Dulce. El siglo XX será testigo del despliegue más eficiente del hombre sobre esta manifestación de la naturaleza que aún nos hace sentir pequeños cuando la crecida ruge en verano.
Las costaneras que en el último decenio se prolongaron hacia el norte y el sur, el Azud nivelador de Los Quiroga, la Dársena y la extensa red de canales revestidos, el sifón del canal San Martin que atraviesa el rio por debajo entre la Boca Toma en La Banda y el barrio Lomas del Golf, la red de canales de drenaje, y en gran medida la construcción del dique de Termas de Rio Hondo, son algunas de las obras más importantes que hoy hemos naturalizado pero fueron pensadas y ejecutadas por miles de santiagueños, instituciones y dirigentes cooperando en la búsqueda de recuperar una relación amistosa con el río Dulce. No es magia, la histórica crecida de este año 2026 se está gestionando con el respaldo de una tradición centenaria de conocimiento y acción de los santiagueños organizados. Ahora la lucha sigue en los pueblos del sur provincial, hasta que las aguas bajen y la urgencia de la inundación pase nuevamente al estadio de condiciones favorables para la producción agrícola y ganadera.
La mirada del historiador
La propuesta de enfocar los problemas del rio Dulce desde el método historiográfico es diferente a las formas de la ingeniería, la biología, la economía o la política, entre otras disciplinas científicas que abordan el mismo objeto con sus metodologías específicas.
La historia conecta estructuras diferentes de la vida de las comunidades en tiempos más o menos largos, y relaciona esos fenómenos con otros similares en el resto de las comunidades del planeta tierra en un intento de comprensión global, sosteniendo que todos los acontecimientos se suceden en un juego de mutuas influencias inevitables. Por ejemplo, podemos sugerir que la irrupción de la revolución industrial y el sistema capitalista al mismo tiempo aportaron nuevos materiales y nuevas oportunidades de dar respuesta a los desafíos del rio Dulce tanto por los peligros que generaban sus ciclos estacionales, como la búsqueda de los emprendedores de la agro ganadería de racionalizar el recurso agua para optimizar sus actividades productivas.
En este sentido, la historia aporta información de contexto de gran utilidad para las demás ciencias, para los empresarios y para las instituciones políticas que gestionan intervenciones en el medio físico y en los sectores sociales que interactúan con él. Esa mirada reflexiva ayuda a valorar posibles impactos, a economizar recursos, a discutir respuestas alternativas y a consensuar las decisiones que los pueblos y sus dirigentes asumen como propias y soberanas.
Por Alejandro Yocca. Director de Patrimonio Cultural y Docente de la UNSE.