Santiago

Crónicas del seco (En tiempos de río crecido) 

Foto: Instagram/@belencianferoni

Por: Belén Cianferoni 

Buen día, cronistas.

Llegó don otoño, puntual como cobrador insistente, y se agradece. Bajó un poco la fiebre eléctrica: menos aire acondicionado, más aire de verdad. La ciudad se volvió caminable, casi amable. Hasta mi bastoncito se entusiasmó y me sacó a pasear por el parque.

No estaba ahí no. Crecido. Siempre un poco amenazante, como esas personas que uno no sabe si saludar o esquivar.

Se me acercó una señora. De esas que vienen con charla incluida. Hablamos de inundaciones, de humedad en las paredes, de esa sensación de que todo está un poco pasado de agua. Miraba el río con miedo y respeto, como quien reza o recuerda:

"Era tan bueno seco, y tan bravo crecido".

Es parte de una canción de Lázaro Moreno "Tiempos dos".

Y ahí entra todo.

Porque no hablaba solo del río.

Hay gente que, cuando está seca, pero seca "de adentro", dirían mis padres, crece como grieta en la vereda. Esa gente es un enigma. Te saluda, te pregunta cómo estás, te presta atención como si fueras la última notificación importante de su vida.

El seco es humilde, es simpático, es casi filosófico. Tiene tiempo, tiene oído, tiene humanidad.

Ahora… cuando se les llena el cauce.

Cuando la vida desordena unos pesos, dos contactos, tres éxitos seguidos… se desbordan. No te ven. No te leen. No te contestan. Se vuelven río turbio, pasan por al lado tuyo y ni una ola.

El mismo que te convidaba mate, ahora te clava el visto.

Pero ojo, que el seco no es una categoría fija. No es una identidad. Es un estado del alma… y del bolsillo. Todos venimos y venimos entre la seca y lo húmedo. Hay días en que somos ese personaje y otros en que nos creemos normales.

Y me acordé de Ernest Hemingway, que decía eso de que el hambre era una buena disciplina.

En "París era una fiesta" contaba cómo esquivaba panaderías para no tentarse y se refugiaba en museos mirando cuadros con el estómago vacío y la cabeza llena. El hambre le afinaba la mirada.

Pero no confundamos una cosa es el artista haciéndose el seco en París, y otra muy distinta es no tener para comer.

Ahí entra Mayra Arena, que viene a recordarnos que la pobreza no es un recurso literario ni una experiencia estética. Es otra cosa. Es necesidad. Es urgencia. Es injusticia.

El seco del que hablamos hoy es más bien ese personaje intermedio: el que está momentáneamente en la lona, debiendo favores, pateando pagos, haciendo equilibrio con dignidad prestada. El que afila el ingenio porque no le queda otra.

El seco desarrolla habilidades increíbles como estirar un billete como si fuera masa de empanada. A veces finge saber de memoria quién le debe y a quién le debe, aunque a veces mezcle. Tiene un radar emocional finísimo para detectar quién invita y rara vez se atreve a decir "después te transfiero" con una convicción que conmueve.

Pero también, esto es lo emotivo del asunto, el seco se vuelve, por momentos, mejor persona. Más atento. Más presente. Más humano. Como si la falta de recursos destapara un excedente de sensibilidad.

Hasta que deja de estar seco.

Y ahí… bueno, ya sabemos.

Porque, tal vez, no se trata de juzgar al seco ni al mojado. Sino de observar ese vaivén como quien mira el río con respeto, con humor y con un poquito de miedo.

Porque todos, en algún momento, fuimos ese río.

Bajamos cuando somos secos. Bravos cuando crecidos. Y llevamos siempre, un poco desbordados.

Gracias a dios, gracias a Lázaro Moreno, a Ernest Hemingway, a Mayra Arena.

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