Santiago

RADIOGRAFÍA PSICOSOCIAL DE LA VIOLENCIA ESCOLAR EN SANTA FE

Por Juan Barraza - Sociólogo.

La criminología contemporánea ha tratado en diferentes estudios el tema de los asesinos múltiples y subcategorías, como los asesinos en masa, asesinos itinerantes o relámpagos y los asesinos en serie. Según Matus (2021), y de acuerdo al tema que nos atañe, afirma que un asesino en masa es una persona que asesina a tres o más personas durante un solo evento, generalmente en un mismo lugar y sin un "período de enfriamiento" o pausa emocional entre los homicidios. A diferencia de los asesinos en serie, sus crímenes ocurren en un lapso corto y a menudo terminan con el suicidio del perpetrador o abatidos por la policía.

Como antecedentes de asesinos en masa se destacan los hechos perpetrados por, Erik Harris y Dylan Klebold "La masacre de Columbine", perpetrado en una escuela secundaria de Colorado, Estados Unidos; "La masacre de Virginia Tech" provocada por Cho Seung-Hui, en la Universidad de Virginia, Estados Unidos. En ambos eventos los autores de las acciones ilícitas se quitaron la vida. O como la infame e inolvidable masacre escolar de Carmen de Patagones fue un ataque armado ocurrido el 28 de septiembre de 2004 en el Instituto Nº 202 «Islas Malvinas» Carmen de Patagones, en la provincia de Buenos Aires, Argentina, donde un alumno de 15 años, identificado como Rafael Solich, disparó con un arma perteneciente a su padre contra sus compañeros de aula, provocando la muerte de tres de ellos e hiriendo a otros cinco.

En las últimas horas un nuevo evento con iguales características salió a la palestra, frustrando el verdadero objetivo del perpetrado pero con consecuencias atroces y lamentables, en la que un alumno de 15 años, cuya identidad se mantiene en reserva, entró armado a un colegio del Municipio de San Cristóbal, en la provincia de Santa Fe, y asesinó a un compañero de 13 años. Además, hirió a otros ocho chicos. De acuerdo con los primeros testimonios, el atacante sacó una escopeta de un estuche de guitarra cuando los chicos esperaban el izamiento de la bandera en un patio interno de la Escuela N° 40 "Mariano Moreno" de San Cristóbal.

Por lo general las características principales de este tipo de criminales son: la temporalidad, el ataque ocurre en una sola secuencia temporal, aunque puede durar desde unos minutos hasta varias horas. En cuanto al lugar, generalmente ocurre en un solo sitio, como una escuela, un lugar de trabajo o un espacio público concurrido. Su perfil psicológico, suelen ser personas aisladas, resentidas o con sentimientos de injusticia que buscan "venganza" contra la sociedad o un grupo específico. Desenlace, con frecuencia, el evento termina con el suicidio del atacante o su muerte a manos de las fuerzas de seguridad. 

Analizar este tipo de comportamientos a pesar de ser un tema sumamente denso y doloroso, es fundamental tratarlo con la seriedad que merece. A esa edad, entre los 10 y los 15 años, el cerebro humano está en una fase de reconfiguración masiva. No es solo un niño grande ni un adulto pequeño; es alguien con un sistema emocional a flor de piel y una capacidad de razonamiento lógico que todavía no termina de conectar con las consecuencias a largo plazo.

Este análisis centrado en la psicología, sociología y la criminología juvenil suele bullir en la cabeza de un menor en una situación tan extrema. Por un lado, la desconexión con la realidad "El efecto pantalla", la exposición en medios digitales y videojuegos puede influir, pero no siempre de la forma en que pensamos. Para algunos chicos, la muerte se vuelve reversible o abstracta.

Para Ressler (2019), esta clase de individuos comienzan experimentado ciertas fantasías de poder, al empuñar un arma, un niño que quizás se siente insignificante o maltratado experimenta una sensación de control absoluto que su mente no sabe procesar. En ese momento, no ve un cadáver; ve el fin de su problema. Por otro lado, es una "olla a presión" emocional, a esa edad la regulación de los impulsos depende de la corteza prefrontal, que es la última parte del cerebro en madurar. Como tercer factor la bronca acumulada, si hay bullying, rechazo o un ambiente familiar violento, el niño puede estar en un estado de "hipervigilancia". Un cuarto factor es la visión del túnel, su mente se cierra y ve el dolor que siente creyendo que la única forma de detenerlo es eliminando la fuente de ese dolor (el compañero). No piensa en la cárcel, ni en el dolor de la otra familia, ni en su propio futuro. Solo quiere que el sentimiento actual pare.

Afirma Pincus (2016), un chico de 11 o 12 años a veces no termina de procesar que la muerte es para siempre. Pueden actuar bajo un impulso de ira momentánea un "arrebato" y, segundos después de disparar, esperar que la persona se levante. El shock posterior suele ser una ruptura total de la psique porque la realidad choca frente a su incapacidad de haber previsto el resultado final.

Sociológicamente, el entorno y la normalización de la violencia, en un niño que crece en un ambiente donde las armas son objetos cotidianos o donde los conflictos se resuelven con fuerza, el paso al acto apretar el gatillo, es una respuesta aprendida. Para él, no es una anomalía, es una herramienta. El hecho consumado, es una tragedia donde a menudo hay dos vidas que se terminan: la de la víctima y la del victimario, cuya estructura mental difícilmente vuelva a ser la misma. Es un recordatorio donde la edad, la contención emocional y el control del entorno son lo único que separa una pelea escolar de una noticia policial.

El entorno familiar es, prácticamente, el "manual de instrucciones" con el que un niño interpreta el mundo. Cuando un menor de entre 10 y 15 años comete un acto de violencia extrema, la familia no es solo el escenario, sino a menudo la fuente de los códigos de conducta que el chico termina ejecutando. La internalización es normalizar la violencia, si en la casa los conflictos se resuelven con gritos, golpes o humillaciones, el niño aprende que la fuerza es un lenguaje válido, por ejemplo: si el padre o la madre usan la violencia para imponerse, el niño entiende que "el que tiene el poder, o el arma tiene la razón". Para él, disparar no es una locura, es una versión escalada de lo que ve en su comedor.

Se debe tener en cuenta el siguiente análisis, la disponibilidad y el "misticismo" de las armas, que no es el hecho que el arma esté ahí, sino qué significa el arma en su casa. Teniendo la falsa idea de seguridad, como cuando la familia guarda una escopeta "por seguridad" y habla de ella como el objeto que los protege de los "malos", el niño la ve como una herramienta de justicia. A su vez produce una falla en la supervisión que transmite un mensaje implícito de que el arma es un juguete más o un objeto cotidiano, restándole el peso de su letalidad.

Sin embargo, existe una falta de empatía familiar propia de hogares silenciosos. Hay familias donde no existe el espacio para hablar de la frustración o la tristeza. Si un chico sufre bullying y en su casa le dicen "no seas flojo" o "arreglatelas solo", ese niño se siente aislado. Al no tener palabras para expresar su dolor, recurre a la acción. Muchas veces, el acto violento del niño es un "grito" desesperado en un sistema familiar donde nadie lo ve o lo escucha. Especialmente en varones de 10 a 15 años, el entorno familiar puede presionar con la idea de que "un hombre no se deja pisotear". Por lo tanto, si la familia premia la agresividad y castiga la vulnerabilidad, el niño siente que, si no responde de forma violenta a una ofensa de un compañero, está fallándole a su linaje o a su identidad como "hombre".

Algunos detalles de las señales de alerta divididas por áreas de comportamiento, comunicación directa e indirecta (Leakage), es el indicador más común. Antes de un ataque, el individuo suele "filtrar" sus intenciones a terceros. Amenazas específicas, comentarios sobre "hacer algo grande", "limpiar la escuela" o advertencias a amigos cercanos de que no vayan a clases cierto día. Contenido en redes sociales, publicaciones de fotos con armas, manifiestos de odio o una obsesión inusual con tiroteos masivos del pasado (como el caso de Columbine). Expresiones artísticas oscuras, dibujos, ensayos o poemas persistentes que glorifican la muerte, el armamento o la venganza extrema.

También experimentan cambios en el comportamiento social, como aislamiento extremo, no solo ser tímido, sino un retiro repentino y hostil de sus círculos sociales. La pérdida de empatía como comentarios despectivos o deshumanizantes hacia ciertos grupos de personas por ej: por raza, religión, género o simplemente hacia "los populares". La búsqueda de acceso a armas, un interés repentino y obsesivo por adquirir armas de fuego o aprender a usarlas, especialmente si esto no era parte de sus pasatiempos previos. También los acosa una desesperanza total en su estado emocional y mental, sintiéndose que no tienen futuro o de que "ya nada importa" (nihilismo). Una ira constante y desproporcionada, acompañada de reacciones violentas o de furia ante frustraciones pequeñas o rechazos sociales, como una ruptura amorosa o una mala nota. Fantasean con ansias de poder, el joven empieza a verse a sí mismo como un "vengador" o un "justiciero" que finalmente pondrá a todos en su lugar.

Podemos concluir que, en una sociedad que produce criminales en masa o con iguales características, puede deberse a un fracaso estructural del Estado y la cohesión social, donde la corrupción, la impunidad y la desigualdad extrema, con falta de oportunidades, rompen el tejido comunitario. Esto genera una normalización de la violencia, dependencia delictiva y la necesidad de una transformación radical, yendo más allá de la punición hacia la reconstrucción social. Es crucial entender que las señales que trasmiten estos individuos deben verse como un conjunto. Muchos adolescentes son solitarios o escuchan música oscura sin ser peligrosos. La alarma real suena cuando se combinan varios de estos factores. La prevención no se trata de "adivinar" quién es malo, sino de intervenir cuando alguien está sufriendo. La mayoría de estos jóvenes están en un estado de crisis suicida o de salud mental antes de volverse agresores. Dato clave, en casi el 80% de los tiroteos escolares en EE. UU, al menos una persona sabía que el atacante estaba planeando algo, pero no lo reportó por miedo o por no creer que fuera en serio.

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