Santiago

Malvinas, la herida del alma

Por: Neri Cazasola

Lorenzo Palavecino integraba la Compañía de Ingenieros de Combate 601. Cuando llegó a Malvinas, el grupo fue fraccionado y quedó con apenas nueve soldados. En medio del caos, las máquinas eran herramientas y el refugio de muchos soldados. Con ellas cavaron pozos, levantaron defensas improvisadas y recibieron a los que llegaban aturdidos, heridos, quebrados por el combate. En ese terreno hostil, cada metro ganado al frío y al fuego era una forma de seguir vivos.

"Enfrentamos fuego desde los barcos, desde los aviones. Cuando una noche nos tocó el traqueteo y el cañoneo del enemigo fue muy fuerte. Lo recuerdo hasta hoy, fue el día 13. Esa noche nos alentamos, nos buscamos entre nosotros. En la guerra no existen los Rambos, pero no conozco ni un solo soldado argentino que haya dado un paso atrás", lo dice con la voz ronca recordando aquella jornada interminable".

En medio de ese infierno, había pequeños gestos que sostenían todo. Los correntinos, cuenta Lorenzo, lanzaban unos sapucay que rompían el silencio helado de la guerra: "Eran gritos de valentía que te llevaban a no bajar los brazos. Eso nos daba fuerza en medio de tanto terror. Era sentir que no estabas solo, que si te pasaba algo alguien iba a estar para ayudarte, para rescatarte. El que estuvo en el pozo comió, durmió y sintió miedo como cualquiera. Pero también aprendimos que el compañero es todo".

-¿Y qué significa hoy a 44 años de la guerra, la gesta de Malvinas?

"Malvinas no es pasado para mí y para ningún soldado. Cuando hablamos de la guerra es como un flash, retrotraernos a esos recuerdos que quedaron en el corazón y en la mente y que van a ir conmigo hasta el final. Es una mochila que tengo puesta, algo que no puedo cerrar. Hace poco estuve en Catamarca, vi la neblina y el frío, y mi cabeza me llevó directo a ese terreno. Todo vuelve".

Pero su mirada también se posa en lo que significó, y que aún significa esa guerra: "No dimensionamos la importancia geopolítica que tiene Malvinas, más en este contexto mundial. Enfrentamos a lo mejor de Inglaterra y la OTAN: submarinos nucleares, satélites, tropas entrenadas. Y aun así se combatió a cara de perro. Nuestros propios enemigos hoy reconocen el coraje argentino. La Fuerza Aérea hizo hazañas contra una flota de última generación. Eso no puede quedar en vano, como tampoco el sacrificio de los que dieron la vida".

Pero para el soldado argentino el regreso de la guerra, sin embargo, fue otra batalla. Más silenciosa. Más cruel. "Hubiera preferido quedarme allá. Porque volver no fue nada grato. Muchos regresamos con heridas del alma que no se curan. La sociedad nos dio la espalda, hubo indiferencia. Costaba conseguir trabajo, había avisos en los diarios que decían 'excombatientes abstenerse'. Eso llevó a que muchos compañeros tomaran la peor decisión. Fueron años muy duros, recién mucho tiempo después empezó a cambiar algo".

En esta profunda charla con El Liberal, "Pala" no pide lástima. Pide memoria y conciencia. "No nos tengan lástima. Peleamos con gallardía ante Gran Bretaña y toda la OTAN. Los jóvenes tienen que entender que viene un mundo competitivo por los recursos y que Malvinas va a tener cada vez más valor por su proyección estratégica. Tendrán que sostener el país, defenderlo si es necesario. Pero siempre el mejor camino es la paz. Y que nunca quede en vano lo que hicimos".

Caminar sobre la escarcha

Mauricio Teodoro Serrano respira hondo. Suspira con un temblor que no se va del todo, pero también con alivio. Tiene 18 años otra vez y camina por la estancia María Behety, en medio de un frío que no da tregua. La nieve le corta la cara, la lluvia se mete en los huesos. Las manos llagadas, los pies endurecidos, el cuerpo que ya no responde igual. Avanza como puede junto a sus compañeros de la clase 63, muchachos del norte que no conocían ese invierno austral. Caminan sobre la escarcha buscando refugio, aferrados a lo único que tenían: estar juntos.

-Cada tarde, antes de comer, José Luis Soto no nos dejaba sentarnos sin rezar. Si faltaba uno, nos agarrábamos de las manos en ronda. Rezábamos por el que no llegó, por su familia, y por la esperanza de volver. En ese gesto mínimo, repetido entre el miedo y el hambre, se sostenía algo más grande que la guerra: el compañerismo, la fe, la necesidad de no soltarse en medio de la oscuridad, de la noche fría a la que los de norte no estábamos acostumbrados. La mayoría de mis camaradas eran de Tucumán, de Salta. Era crudo el frío.

El que habla es Serrano, soldado santiagueño, infante de marina, uno de los que estuvo en la primera línea. Tenía apenas cuarenta días de instrucción cuando lo enviaron al frente. Doce días de combate le alcanzaron para ver morir compañeros, para conocer el miedo sin descanso. "Todas las noches pensábamos que no nos iban a atacar. Pero pasaba lo contrario. Nos atacaban toda la noche. Y nosotros rezábamos, pidiendo volver con vida", recuerda.

No había tiempo para pensar demasiado: eran chicos, con 18 años recién cumplidos.

Pero la guerra no terminó cuando cesaron los disparos. Serrano estuvo un mes como prisionero tras la rendición. Y al regresar, lo que encontró fue otro tipo de herida. "Creíamos que el recibimiento iba a ser distinto. Pero hubo indiferencia. Nos ocultaron durante años, como si fuéramos algo que había que esconder. Eso nos dolió más que una bala. Muchos compañeros no lo soportaron: cayeron en depresión, en adicciones. Algunos se quitaron la vida", dice.

Aun así, no hay rencor en su voz cuando mira hacia atrás: "Si pudiera hablar con ese Mauricio de 18 años, le diría que no dude. Que vaya y defienda su Patria. Por que no tengo dudas que volvería a Malvinas. Lo haría ahora y siempre que mi país me necesite".

Hoy, 44 años después, Malvinas sigue latiendo en su memoria como si fuera ayer. "No es solo el 2 de abril, es todo el año. El mensaje es que se respeten los símbolos, que se entienda lo que representan, que se valoren nuestras canciones patrias, el Himno Nacional Argentino"

-¿Y un deseo?

-Antes de que el tiempo haga lo suyo, antes que Dios los disponga, hay un deseo que me queda pendiente: volver a esas islas donde dejé gran parte de mi vida. Sería hermoso volver. Recorrer el terreno, ver dónde estuvimos. Las Malvinas son y serán argentinas para siempre.

El reconocimiento de la sociedad

David Ruiz estuvo en la Unidad Base Aérea Militar Cóndor, en uno de los puntos más castigados del conflicto. Desde allí ayudó a recoger lo que dejaban los combates. "Cada uno de nosotros es dueño de su propia historia. A mí me tocó rescatar compañeros, heridos y muertos, evacuarlos. Vimos cosas muy duras. Tengo mi camarada, Agustín René Loaisa, que defendió con uñas y dientes el batallón, apretó el gatillo para que muchos salgamos con vida; tomó la decisión con entereza y patriotismo", dice.

A 44 años de la gesta, David también pone el foco en lo que vino después: "Costó mucho llegar a esto. Veníamos de una situación en la que nos hicieron entrar por detrás de la casa, nos negaron. Esa indiferencia fue lo más difícil que nos tocó vivir como soldados".

-¿Esa situación cuándo y cómo cambió?

-Fue con el tiempo, como una forma de encontrar reparación. Quizá habrá empezado por el 2004. Hoy sentimos el reconocimiento de la sociedad, el respeto. Eso se logró porque la gente empezó a conocer realmente lo que fue la guerra. Hoy somos mirados, escuchados, nombrados. Muchos quedaron en el camino, no pudieron verlo, pero siempre estarán presentes. Hasta una foto que nos piden sacarnos es un mimo al alma.

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