El día que entendí Malvinas
Por: Neri Cazasola
Las tardes de mi pueblo transcurrían con la calma de la infancia hasta que un día, a mi mamá se le ocurrió mandarme a una academia de danzas "para que tuviera algo que hacer y no estar de vago en mi casa". Los primeros meses fueron duros: sufría bullying, me atravesaban inseguridades y afloraban algunas rebeldías y temores. Fueron pasando los años y seguía practicando el malambo y la chacarera con mucha desilusión y sin ganas.
Todo cambió con la llegada de Erasmo Gutiérrez. Con él empecé a resolver muchos de esos conflictos que atraviesan a cualquier chico de 11 años. Era disciplinado, correcto, sincero, honorable. Con mis compañeros de la Peña Sacha Hua le teníamos un respeto profundo. Y admiración. Sobre todo, admiración.
Un 2 de abril de fines de los 90, Erasmo cayó con boina y uniforme verde al ensayo. Tenía los ojos húmedos y la templanza desbordada. Ese día nos abrió los ojos por primera vez. Aunque, en realidad, mucho tiempo después terminé de entenderlo y comprender la dimensión de su dolor.
"Mis camaradas cayeron en combate y a muchos, sus padres no pudieron despedirlos. Lucharon por cada uno de nosotros; pónganse de pie y hagamos un minuto de silencio por quienes dejaron su vida por la Patria", dijo con la voz entrecortada, en una charla en la Escuela Andrés Bello 188. Después habló del Fusil Automático Liviano, del orgullo de integrar la Artillería de Marina, de la esperanza que nacía al encontrar con vida a un compañero herido, cargarlo en la noche helada y devolverlo al refugio. El tiempo que Erasmo estuvo en mi pueblo sembró valores que hoy parecen escasos. Estoy seguro de que todavía los sigue sembrando, allá en su Chaco natal.
En las vacaciones de 2022 lleve conmigo un librito de tapa roja, escrito por Leila Guerriero. Se titulaba La otra guerra. A los largo de sus 98 páginas, un nudo en la garganta empezó a ordenar años de preguntas, respuestas y confusiones. La historia entrelaza a un excombatiente argentino, Julio Aro, con el oficial británico Geoffrey Cardozo, en la tarea de identificar a los soldados caídos y devolverles nombre e identidad. También aparece Gabriela Cociffi y hasta un inesperado puente con Roger Waters. No es solo la historia de los cuerpos, sino la de una herida abierta que atraviesa familias, países y memorias que Leila reconstruye con una maestría única.
"A pesar de que mucha gente puso palos en la rueda para que no se lograra la identificación, algo que a muchos familiares les hubiera resultado muy reparador poder ir a rezar adelante de la cruz correcta, pese a eso y por más que haya habido manipulación o una conveniencia o un egoísmo o lo que fuere, a mí nunca se me pierde de vista que a esa persona le aniquilaron un hermano, un hijo en una guerra", dijo Guerriero en la presentación de aquel librito.
Desde entonces, cada vez que llega el 2 de abril, vuelvo a pensar en Erasmo. En sus ojos húmedos. En su voz quebrada. Y en aquellos compañeros de los que hablaba, los que quedaron en el terreno. Sus amigos. Sus camaradas. Los que dieron la vida por la Patria.