Crónicas ansiosas
Por Belén Cianferoni.
Estimados lectores, la ansiedad no llega: ya estaba. Vive ENTRE NOSOTROS, paga alquiler en el pecho y tiene la costumbre de reacomodar los muebles cada vez que una decide sentarse a escribir tranquila.
A veces me visita como una idea brillante.
"Hoy vas a escribir algo increíble", me susurra. Y yo le creo. Me siento, abro el documento, preparo el mate, pongo música y ahí se queda todo: en la previa. La ansiedad, que parecía una musa, se convierte en una directora de orquesta exigente que nunca levanta la batuta. Todo está listo, pero nadie empieza.
Entonces pienso en todo lo que debería hacer. Escribir. Leer. Contestar mensajes. Armar ese proyecto. Ser productiva. Ser mejor. Ser otra. Y en ese listado interminable, perfectamente ordenado en mi cabeza, no ocurre nada en la realidad. Soy una fábrica de posibilidades cerrada por mantenimiento.
Hay días en que la ansiedad cambia de estrategia: un día me paraliza, otros me acelera. Me anoto en todo. Digo que sí a todo. Quiero hacerlo todo. Soy una agenda con patas. Pero después, cuando llega el momento de cumplir, me quedo dura. Literal. Como si alguien hubiese apretado pausa en mi cuerpo pero no en mi cabeza, que sigue corriendo en círculos como un hámster con insomnio.
Y ahí aparece el miedo. Es una mezcla de miedo épico del miedo a lo desconocido. El que experimento hoy es un miedo más doméstico, más cotidiano: miedo a no estar a la altura, a hacerlo mal, a no hacerlo perfecto, a que no guste, a que guste demasiado, a sostener lo que venga después. Un miedo multitasking, como buena hija de esta época.
Ser escritora con ansiedad es tener mil palabras y ninguna salida de emergencia. Es querer decirlo todo y, al mismo tiempo, no poder empezar una oración sin negociar con una voz interna que te cuestiona cada coma. Es escribir mentalmente textos hermosos mientras te quedás mirando el cursor titilar como si fuera un electrocardiograma emocional.
Pero también, y esto cuesta admitirlo, la ansiedad a veces escribe. Se filtra. Se cuela en las frases, en los silencios, en las repeticiones. Es ese pulso irregular que hace que algo suene verdadero. Porque si una escribe desde la calma absoluta, tal vez escribe prolijo, pero no necesariamente vivo.
Así que acá estamos: conviviendo. Yo, la escritora. Ella, la ansiedad. Yo queriendo avanzar. Ella preguntando "¿y si no?".
Yo intentando. Ella dudando. Y en ese tire y afloje, a veces sale algo. A veces no.
Mi viejo siempre me repetía: "Amanece que no es poco" Hoy amanecí.
Pero hoy, por ejemplo, salió esto.
Y no es poco.