Policiales

Los "clientes", en la mira: al caer los sujetos que "compraban" por vino a los 9 hermanos abusados

La División Trata de Personas, bajo las órdenes de la Unidad de Delitos Contra la Integridad Sexual, busca identificar a quienes entraban y salían del "hogar del horror". En los próximos días los tres detenidos serán indagados HORROR EN FIGUEROA Con las víctimas rescatadas y asistidas, ahora la Justicia busca dar con los autores de los atroces vejámenes a los que eran sometidos 

La investigación por la "casa del horror" en el Dpto. Figueroa develó ayer detalles estremecedores. Los padres de las víctimas, sumidos en el alcoholismo, habrían entregado a sus hijas a cambio de cajas y botellas de vino. Pero  lo más importante es que hoy, la División Trata de Personas encabeza nuevos procedimientos para identificar a los lugareños que accedían a la "oferta".

El drama que rodea a los nueve hermanos rescatados en una precaria vivienda del Bº Las Lomas, en el paraje El Cruce parece no tener techo. El foco de las autoridades se ha desplazado ahora hacia los "clientes": aquellos hombres de la zona que, aprovechándose de la vulnerabilidad y la desidia absoluta, pagaban por someter sexualmente a menores y jóvenes discapacitados.

La hipótesis que manejan las fiscales Yésica Lucas y Vanina Aguilera —de la Unidad de Delitos Contra la Integridad Sexual a cargo de la investigación— es impactante. Los padres de las víctimas, quienes presentan severos problemas de adicciones, habrían convertido la integridad de sus propios hijos en una moneda de cambio. Los testimonios sugieren que el padre actuaba como el principal "negociador", recibiendo cajas y botellas de vino como pago por el acceso carnal a las niñas y jóvenes de la casa. El rol del yerno era "controlar" que todo "estuviera en orden".

En el marco de estas nuevas revelaciones, el Departamento de Trata de Personas y Delitos Conexos de la Policía realizará hoy un nuevo procedimiento en el lugar de los hechos. Lo paradójico del caso no deja de sorprender e indignar a los investigadores: la casa del horror se encuentra a escasa distancia de una dependencia policial de la zona, y a pesar de ello, el flujo de "visitas" de lugareños era constante y a la vista de todos.

"Los clientes están en la mira", confió una fuente cercana a la causa. Los investigadores buscan romper el silencio absoluto que impera en la zona para dar con los pobladores que accedían sistemáticamente a la "oferta" del progenitor. La información que se recabe en las próximas horas será determinante para dictar nuevas medidas judiciales y posibles detenciones de quienes financiaron este calvario.

El procedimiento de hoy en la vivienda buscará recolectar evidencias que vinculen a los asiduos visitantes con los delitos de abuso sexual y corrupción de menores. La Justicia santiagueña intenta desarticular no solo el núcleo familiar perverso, sino también la red de complicidad de aquellos vecinos que, con botellas de vino en mano, participaban de la tortura de estos niños.

En paralelo, EL LIBERAL pudo saber que la situación de salud de los menores rescatados es crítica. Un reciente informe médico tras el traslado de cinco de los niños que estaban en La Banda —dos mayores con discapacidad de entre 21 y 26 años, y tres niñas de 12, 7 y 4 años— confirmó lo peor.

El examen forense reveló que "casi todos han sido abusados sexualmente vía anal y vaginal, y presentan cuadros severos de desnutrición". Presentaban "hongos y parásitos" por las condiciones de hacinamiento en el que se encontraban. Actualmente algunos de ellos se encuentran alojados en el CIS Banda y otros en Hospital Neumonológico.

Ante la magnitud del daño, la Justicia ha tomado una medida excepcional: los nueve hermanos han quedado internados bajo estricta vigilancia y no tendrán contacto con ningún miembro de su familia, ni siquiera entre hermanos por el momento. La prioridad absoluta es estabilizar su estado de salud, ya que los médicos indicaron que se encuentran en condiciones físicas y psíquicas "muy malas".

En las próximas horas habría nuevos allanamientos en domicilios cercanos. La causa, que ya cuenta con tres detenidos (los padres y un yerno), podría ampliarse rápidamente si los investigadores logran identificar a los "compradores" de esta aberrante transacción humana que funcionaba a plena luz del día y a la vista de muchos.

El peso de la mirada que no quiso ver: la complicidad silenciosa de un pueblo

En el paraje El Cruce, el silencio no es ausencia de ruido, es una decisión. Durante años, sabían lo que ocurría tras las paredes de esa vivienda cercana a la Ruta 5 donde 9 hermanos eran abusados. Todos veían a los "clientes" que llegaban con cajas de vino para salir con la dignidad de las niñas.

Muchos escucharon los gritos y vieron los cuerpos famélicos de nueve hermanos que apenas sobrevivían, y sin embargo, nadie gritó "basta".

Esa "complicidad silenciosa" es hoy la marca indeleble de un vecindario que prefirió la indiferencia al compromiso. En un lugar donde todos se conocen, el hambre y el abuso de estos niños eran parte del paisaje cotidiano, una normalidad aceptada con una frialdad que asusta.

Los pobladores —que incluso según la investigación judicial, no podían desconocer la situación de las víctimas— no solo miraron hacia otro lado; convivieron con el horror, y en definitiva permitieron que el calvario se extendiera en el tiempo.

Hoy, cuando la policía irrumpe y la Justicia actúa, el silencio se vuelve más pesado. Es el silencio del remordimiento o, quizás, del miedo a ser señalados. La negligencia social fue el caldo de cultivo para que un padre alcoholizado entregara a sus hijas por una "botella de tinto".

Sin el "no te metas" de los vecinos —incluso de los hijos mayores de la pareja imputada— la casa del horror nunca hubiera podido funcionar de manera tan impune y sistemática, a metros de una comisaría. "Hoy (por ayer) hasta una agente sanitaria se presentó en la casa", confió una fuente irónicamente. Hoy todos quieren "ayuda".

Es doloroso entender que la desnutrición y las marcas en la piel de esos niños no fueron suficientes para conmover a una comunidad que eligió ser testigo mudo.

El accionar de los pobladores es el reflejo de una sociedad herida, donde la desprotección de los más vulnerables se vuelve invisible cuando hay un pacto no escrito de no intervención. En El Cruce, la verdad siempre estuvo ahí, pero nadie quiso darle voz.

No había allí ni un solo pedazo de pan

El informe de las autoridades judiciales y policiales que ingresaron al domicilio es lapidario: en la vivienda no existía absolutamente nada de mercadería para alimentar a los menores. En un espacio donde la desnutrición de los niños era evidente a simple vista, la inspección de la cocina y las alacenas reveló una realidad criminal. "No había leche, no había harina, ni un solo gramo de sustento básico que permitiera la supervivencia digna de los hijos", sostuvo una fuente cercana a la investigación ante EL LIBERAL.

En lugar de alimentos, los investigadores hallaron únicamente botellas de vino, confirmando que el único motor de esa casa era la adicción de los progenitores. Esta evidencia física respalda la hipótesis de que cualquier recurso obtenido —o cualquier intercambio pactado mediante la entrega de las menores— no se destinaba a paliar el hambre de los niños, sino a garantizar el suministro constante de alcohol para los adultos.

"Los niños extrañan a la madre y nos sorprendió mucho el procedimiento"

Mientras la investigación judicial por las graves denuncias de abuso sexuales avanza, familiares directos de la pareja detenida, rompieron el silencio y dieron su versión sobre el contexto familiar en el que vivían los menores.

En diálogo con Noticiero 7, Leonardo —hijo de la pareja, hermano de las víctimas— y su pareja describieron "aquí todas las familias somos parientes. Compartimos la mercadería y la comida entre nosotros. Si a uno no le alcanzaba, tratábamos de ayudarle, más por los chicos", expresó la mujer.

También señalaron que asistentes sociales solían visitar a la familia tiempo atrás, aunque aseguraron que esas recorridas dejaron de realizarse hace aproximadamente dos años. "Venían a preguntar cómo estaban, pero después dejaron de venir. Nos sorprendió cómo se dio el operativo, todo el procedimiento. Mis hermanos extrañan a mi madre", acotó Leonardo.

La pareja contó mientras estuvo en contacto con las niñas —ya que las tuvieron a su cargo algunas horas tras la detención de sus padres— estás les preguntaban "cuándo va a volver la mamá. Nosotros tratamos de tranquilizarlos para que no tengan miedo y puedan seguir jugando como chicos", sostuvo la mujer.

Consultados sobre las graves acusaciones que investiga la Justicia, ambos aseguraron no haber advertido situaciones irregulares dentro del entorno familiar. "Jamás vimos una cosa semejante a lo que están diciendo", sostuvo Leonardo. Sin embargo, reconocieron que el escenario cambió por completo tras el operativo judicial y admitieron que atraviesan horas de incertidumbre. "Ahora vivimos día a día. Hay que pensar cómo seguir, cómo alimentarlos y cómo resolver las cosas paso a paso", concluyó la mujer.

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