Crónica de mi patio en invierno
Por Belén Cianferoni
Buen día croniqueros!
¿Cómo amanecieron? Yo con las manos heladas y el corazón queriendo quedarse cinco minutos más abajo de las frazadas. Pero salí al patio igual. Porque en el otoño invierno santiagueño las plantas hacen algo mágico: cuando una cree que todo está apagado, ellas encuentran la manera de seguir vivas.
La Santa Rita estaba despatarrada sobre la tapia como siempre, llena de ramas rebeldes, con esa elegancia de vedette retirada que todavía sabe robarse las miradas. Hay Santa Ritas fucsias, lilas, blancas, anaranjadas. En Santiago crecen como si el calor fuera un aplauso. Y aunque el invierno las despeine un poco, siguen ahí, agarradas fuerte al muro como quien no piensa abandonar la pista.
El jazmín de leche trepa despacito entre los hierros y perfuma el aire frío. Ese perfume no grita. Apenas susurra. Es un olor que aparece cuando una pasa cerca y de golpe se acuerda de toda la infancia.
La madreselva también resiste. Qué planta sentimental la madreselva. Se enreda en todo, como pensamiento triste a las tres de la mañana. Pero cuando florece larga ese perfume dulzón que convierte cualquier patio humilde en una novela romántica de las cuatro de la tarde.
Las achiras descansan más calladas en esta época, aunque sus hojas siguen dando pelea. Parecen mujeres altas con polleras verdes mirando el barrio desde el fondo de la casa.
Los malvones continúan firmes en sus latas recicladas de pintura. El malvón no discrimina: crece en casa de ricos, de pobres, de tías acumuladoras y de señoras obsesionadas con el orden. Siempre aparece alguno floreciendo aunque esté medio torcido y sobreviviendo a pura voluntad y cáscara de huevo.
Y el aloe vera ah, el aloe vera santiagueño merece estatua. Planta noble si las hay. Aguanta sequía, helada, abandono emocional y hasta consejos de vecina. Siempre hay una tía diciendo: "ponete aloe que cura todo". Y capaz tiene razón.
Las lavandas se ponen preciosas con el fresco. Ahí están, chiquitas y perfumadas, atrayendo abejas valientes en medio del frío. Tienen una dignidad silenciosa. Parecen señoras francesas atrapadas en un patio santiagueño lleno de gallinas.
También están los cactus. Los eternos sobrevivientes. Pinchudos, callados, austeros. Santiago del Estero entiende perfectamente a los cactus. Vivir con poca agua y aun así seguir de pie es prácticamente una filosofía provincial.
Y mientras barro hojas secas pienso que nuestras plantas se parecen mucho a nuestra gente. Ninguna necesita demasiado lujo para salir adelante. Un poco de sol, algo de sombra, paciencia y seguir creciendo aunque venga helada la vida.