Anécdotas de la historia
Por Eduardo Lazzari
Varios años atrás caminaba por las calles porteñas con un viejo amigo que, como yo, ama los trenes. Hablábamos de viajes, de formaciones desaparecidas y de aquellos recorridos inolvidables, como el que compartimos en el Ferrocarril General Bartolomé Mitre a bordo del "Estrella del Norte". Recordábamos también el calor santiagueño que nos dio una tregua al llegar a La Banda y esa nostalgia particular de las orillas del río Dulce.
En medio de esa charla, mi amigo Luis Gutiérrez recordó a un personaje legendario de la aviación argentina, hoy poco mencionado, pero profundamente admirado por él desde sus años en Ciudad Jardín, en El Palomar. Esa localidad del conurbano bonaerense conserva calles con nombres de aviadores debido a su cercanía con la primera base aérea de la Argentina y de Sudamérica.
Luis evocó entonces una anécdota escrita por el aviador militar Luis Barreira: "Sí, lo vi muchas veces en el Círculo de la Fuerza Aérea con sus lentes muy oscuros y su caminar vacilante, sintiendo alrededor los murmullos y el silencio que genera la llegada de un famoso: 'Ahí viene Olivero'". Barreira, aún joven, no conocía entonces la dimensión de aquel hombre misterioso y tiempo después lamentaría no haberlo saludado.
A cien años de su mayor hazaña, vale la pena recordar a Eduardo Alfredo Olivero, uno de los grandes héroes de la aviación europea, pionero de la aviación argentina y primer hombre en unir Buenos Aires con Nueva York por vía aérea en 1926.
Sus orígenes
Eduardo Olivero nació en Tandil, provincia de Buenos Aires, el 2 de noviembre de 1896. Era hijo de inmigrantes italianos, Giovanni Olivero y Margarita Galfré, quienes habían llegado años antes al país junto a sus hijos.
Tras vivir un tiempo en el campo, en la zona de Tres Arroyos, viajó solo a Buenos Aires con apenas 17 años decidido a convertirse en aviador. Se instaló en Villa Lugano y logró ingresar al Aeroclub Argentino, donde realizó su primer vuelo en julio de 1914. Aunque aprobó los exámenes, no recibió el brevet por ser menor de edad.
De regreso en Tandil, realizó vuelos sobre la plaza Independencia y rápidamente se convirtió en una figura admirada por sus vecinos.
La Primera Guerra Mundial
El estallido de la Primera Guerra Mundial cambió su vida. Italia convocó a filas a su padre y a un tío, y Olivero decidió presentarse en la embajada italiana para ocupar su lugar. Gracias a su experiencia como piloto fue aceptado.
El 20 de julio de 1915 partió desde Tandil rumbo a Europa. Llegó a Génova y luego se presentó en Roma ante el Ministerio de Guerra, que lo envió directamente al frente de batalla. Le ofrecieron convertirse en oficial a cambio de renunciar a la ciudadanía argentina, pero Olivero rechazó la propuesta y prefirió combatir como soldado raso.
En Turín obtuvo el brevet militar italiano número 1452 y comenzó una carrera extraordinaria. Participó en numerosos combates luciendo siempre una cinta celeste y blanca en su uniforme. Su primera victoria aérea llegó el 13 de noviembre de 1916, cuando derribó un avión austríaco.
Ascendió rápidamente hasta alcanzar el grado de capitán en 1917. Formó parte de la legendaria escuadrilla de Francesco Baracca, máximo héroe aéreo italiano, cuyo símbolo el caballo rampante sería años después adoptado por Enzo Ferrari para su célebre marca de automóviles.
Al finalizar la guerra, Olivero acumulaba 553 misiones de combate en 850 días. Fue considerado un as de la aviación italiana y recibió numerosas condecoraciones italianas, francesas y serbias.
Cuando regresó a la Argentina fue recibido como un héroe. En Tandil, un enorme cartel lo esperaba en la estación ferroviaria: "Saludamos al bravo tandilero".
El accidente que marcó su vida
Luego de la guerra, Olivero continuó buscando récords y desafíos. Alcanzó los 8.000 metros de altura en un vuelo récord, donde perdió el conocimiento y logró recuperarse segundos antes de estrellarse.
Tiempo después sufrió un gravísimo accidente mientras volaba sobre Tandil junto a su amigo Guillermo Teruelo. El avión comenzó a incendiarse y Olivero protegió a su copiloto con su propio cuerpo mientras intentaba aterrizar.
Sobrevivió, pero quedó con secuelas permanentes: perdió el tabique nasal, los pabellones auditivos y sufrió severas quemaduras en rostro, brazos y manos. Para recuperar movilidad en sus dedos comenzó a tocar el bandoneón. Desde entonces, debía atarse las manos al mando del avión para seguir volando.
La hazaña aérea entre Nueva York y Buenos Aires
En la década de 1920, Olivero se propuso una nueva epopeya: unir Nueva York con Buenos Aires por aire.
En 1926 viajó a Estados Unidos junto a Bernardo Duggan y el mecánico italiano Emilio Campanelli. El 25 de mayo despegaron desde Miller Field, cerca de Manhattan, a bordo de un hidroavión Savoia Marchetti bautizado "Buenos Aires".
El viaje duró 81 días y se dividió en 37 etapas. Durante el recorrido atravesaron tormentas, selvas y enormes dificultades técnicas. Incluso se perdieron en el Amazonas, donde convivieron con comunidades indígenas hasta lograr reparar el avión y conseguir combustible.
Finalmente, el 13 de agosto de 1926 amerizaron en el Río de la Plata frente a Buenos Aires. La llegada fue multitudinaria y fueron recibidos por el presidente Marcelo Torcuato de Alvear. La hazaña ocupó las portadas de diarios de todo el mundo y motivó poemas, canciones y tangos.
Su vida personal y legado
A pesar de las graves secuelas físicas que arrastró toda su vida, Olivero se casó con Esther Aurelia Petrone en la iglesia de Santo Domingo y tuvo una hija llamada Margarita.
Mantuvo un fuerte vínculo con la Fuerza Aérea Argentina, que le reconoció el grado de mayor. Era habitual verlo recorrer bases aéreas y escuelas militares, donde era recibido con enorme respeto.
Además, impulsó obras solidarias en el barrio de La Boca, donde construyó una iglesia y un colegio destinados a inmigrantes. También soñó con crear un hogar para huérfanos de guerra y trabajó en investigaciones sobre combustibles vegetales.
Eduardo Olivero murió el 9 de marzo de 1966 en Buenos Aires. Fue sepultado con honores en el Cementerio de la Recoleta y hoy es recordado como uno de los grandes pioneros de la aviación argentina.
En Tandil, el Museo Fortín Independencia conserva objetos personales, fotografías y maquetas de los aviones que pilotó. Además, un instituto de investigaciones aeroespaciales lleva su nombre: "Mayor Eduardo Olivero".