Santiago

La Revolución de Mayo en la era del algoritmo. Desarmar el bronce para entender la libertad

Por Lic. Marcela de Jesús González.

El 25 de mayo de 1810 no hubo bombazos, ni ejércitos cruzando montañas, ni grandes batallas épicas que filmar con drones para una serie de plataformas digitales. Hubo algo mucho más potente, invisible y peligroso para el poder de la época: una idea. La idea de que un grupo de personas comunes, en un rincón del mundo que la corona española consideraba secundario, decidió que ya no necesitaba pedir permiso para decidir su propio destino.

Hoy, más de dos siglos después, las plazas se llenan de banderas, los colegios huelen a pastelitos de membrillo y los discursos oficiales repiten palabras como "patria", "soberanía" y "libertad". Pero, ¿qué significan realmente esos conceptos cuando los bajamos del bronce y los miramos a través de la pantalla de un smartphone en pleno siglo XXI? ¿Tiene algo que decirle la Revolución de Mayo a una generación que se debate entre la inteligencia artificial, la incertidumbre económica y la búsqueda constante de un propósito?

Para entender hacia dónde vamos, primero hay que anazar el revuelo de lo que pasó en esa semana de mayo, cuando Buenos Aires era un caos de barro, paraguas y conspiraciones a contrarreloj.

El statu quo de 1810 era un imperio en ruinas, y ello constituía una oportunidad única para romper con los lazos coloniales. En ese sentido, es importante resetear la mente y olvidar la Argentina actual. En ese entonces éramos el Virreinato del Río de la Plata, una sucursal administrativa de España que se encontraba en una situación crítica. Napoleón Bonaparte, el emperador francés, había invadido la península ibérica, tomado prisionero al rey Fernando VII y colocado en el trono a su hermano, José Bonaparte (a quien los españoles, con humor negro, apodaban "Pepe Botella"). En América, la pregunta del millón cayó por su propio peso: si el rey está preso y el poder central español ya no existe, ¿a quién estamos obedeciendo aquí?

El virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, quien gobernaba estas tierras, intentó ocultar las noticias que llegaban en los barcos ingleses, pero en una era sin redes sociales, el boca en boca funcionaba a una velocidad enorme. Los criollos-hijos de españoles nacidos en América- entendieron que el sistema operativo colonial había dejado de responder y era hora (como expresan las nuevas generaciones) de un reboot.

Los "hackers" de la época

Los revolucionarios no eran señores mayores de barba blanca que posaban para los cuadros. Eran jóvenes profesionales, intelectuales y militares con un fuego interno impresionante.

Mariano Moreno tenía 31 años; era un abogado brillante, intenso, con ideas radicalizadas que hoy consideraríamos de vanguardia. Juan José Castelli, el orador de la Revolución, rondaba los 45 pero hablaba con la pasión de un universitario rebelde. Manuel Belgrano, con 39 años, era un economista y abogado que ya insistía en que la educación pública y la industria local eran las únicas formas de salir de la miseria.

Este grupo de jóvenes no se quedó esperando que las cosas se solucionaran solas en Europa. Se juntaban a escondidas en la jabonería de Hipólito Vieytes o en la casa de Rodríguez Peña. Eran los hackers del orden colonial. Estaban diseñando un nuevo código social mientras el mundo que conocían se desmoronaba.

La semana de Mayo

La Revolución no fue un evento de un solo día, sino una serie de decisiones tomadas bajo una presión extrema entre el 18 y el 25 de mayo de 1810. Cada jornada fue un capítulo de un thriller político.

-18 de mayo: el virrey Cisneros pide calma y confirma oficialmente que España cayó ante Napoleón. Ante esa situación, los criollos exigen un Cabildo Abierto para decidir qué hacer.

-22 de mayo: se celebra el Cabildo Abierto con la asistencia de unos 250 vecinos (la élite de la ciudad) y se produce un debate feroz. Entre los oradores es fundamental destacar a Juan José Castelli, primo de Belgrano, figura clave para neutralizar a los españoles. Este argumentó que, sin rey, el poder vuelve al pueblo. 

-23 de mayo: el cabildo tradicional hace trampa y crea una junta presidida... ¡por el propio virrey! Esto genera una indignación total en las calles; los criollos sienten que los están estafando.

-24 de mayo: ante la presión popular por los hechos mencionados, renuncian los criollos que habían aceptado esa junta "trucha".

-25 de mayo: finalmente, se arman las listas de la verdadera junta. El pueblo y las milicias se concentran en la plaza, renuncia el virrey Cisneros y se forma la Primera Junta, el primer gobierno patrio de nuestra historia.

Algunos mitos: paraguas y escarapelas

La iconografía escolar nos vendió una postal pacífica: damas antiguas, caballeros con galeras, paraguas (que eran importados, poco accesibles para la mayoría de la población, y quienes los poseían generalmente se los hacían llevar por sus esclavos o sirvientes), además de un reparto amigable de escarapelas por parte de French y Beruti. La realidad histórica tiene mucho más para contar.

Domingo French y Antonio Luis Beruti no eran dos jóvenes simpáticos repartiendo souvenirs. Eran los líderes de "La Legión Infernal", el brazo armado y de choque de los criollos. Controlaban el acceso a la plaza con piquetes y listas de quién podía entrar y quién no al Cabildo. Las "escarapelas" originales eran, según los historiadores, cintas blancas (que simbolizaban la unión entre americanos y españoles que apoyaban la causa) o ramas de olivo. El clima no era de fiesta; era de una tensa calma armada. Si Cisneros no renunciaba, las milicias criollas estaban listas para asaltar el fuerte. La libertad no se negoció con una sonrisa: se exigió con el peso de los cuerpos en la calle.

El protagonismo de Mariano Moreno y la batalla de las ideas

Si la Revolución de Mayo tuvo un motor ideológico, ese fue Mariano Moreno. Nombrado secretario de la Primera Junta, Moreno entendió que para cambiar la realidad no alcanzaba con cambiar de gobernantes; había que cambiar la cabeza de la gente.

Fundó La Gazeta de Buenos Aires, el primer periódico oficial de la revolución, porque sabía que un pueblo que no lee, que no se informa y que no debate, es un pueblo fácil de manipular. En el primer número escribió una frase que hoy debería ser el estado de WhatsApp de cualquiera que aspire a pensar por sí mismo:

"Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía." 

Moreno introdujo el pensamiento crítico en el Río de la Plata. Tradujo el Contrato Social de Rousseau para que se usara en las escuelas, argumentando que la autoridad sólo es legítima si nace del consentimiento de los ciudadanos. Su figura nos enseña que las revoluciones más duraderas no se hacen con pólvora, sino con libros, debates y argumentos sólidos. 

De Santiago del Estero al resto del continente

Es fundamental entender que mayo de 1810 no fue un evento exclusivo del puerto de Buenos Aires, aunque allí haya comenzado la chispa. La Primera Junta sabía que si el resto de las provincias no se sumaban, el movimiento estaba destinado al fracaso. Por eso, el 27 de mayo se envió una circular al interior exigiendo el reconocimiento del nuevo gobierno y el envío de diputados.

Nuestra madre de ciudades, Santiago del Estero, jugó un rol clave en este ajedrez político. La noticia de la Revolución llegó a suelo santiagueño en junio de 1810. La respuesta no fue unánime ni sencilla ya que el cabildo local estaba dividido entre los sectores conservadores, leales a la corona, y los jóvenes patriotas que veían en mayo la oportunidad de sacudir el yugo colonial.

Finalmente, figuras como Juan Francisco Borges (el gran líder revolucionario santiagueño) empujaron la causa emancipadora con una fuerza tremenda. Borges, un hombre de acción e ideas claras, no dudó en armar milicias y defender la autonomía de Santiago dentro del proceso revolucionario. El interior no fue un mero espectador; puso el cuerpo, los recursos, los caballos y la sangre para que la idea nacida en Buenos Aires se convirtiera en una realidad continental. Mayo nos pertenece a todos, y Santiago del Estero firmó esa herencia con el coraje de sus hombres y mujeres.

El desafío de las nuevas generaciones: ¿cuál es nuestra revolución hoy?

Mirar el pasado solo para memorizar fechas es el camino más rápido para aburrirse y perder el sentido de la historia. El verdadero valor del 25 de Mayo consiste en usarlo como un espejo retrovisor para entender nuestro presente.

Los jóvenes de 1810 rompieron con el statu quo porque el sistema en el que vivían ya no les daba respuestas. Hoy, las nuevas generaciones se enfrentan a desafíos igual de gigantescos, aunque con dinámicas diferentes.

Una de ellas es la soberanía digital y tecnológica. En 1810 la discusión era el monopolio comercial español. Hoy, la discusión pasa por quién domina nuestros datos, nuestros algoritmos y nuestra atención. ¿Somos libres si pasamos seis horas al día scrolleando contenido diseñado para manipular nuestra dopamina?

Otra es la construcción de ciudadanía. Ser ciudadano en el siglo XXI no es solo votar cada cuatro años. Es cuidar el espacio común, cuestionar las fake news, defender los derechos humanos y tener la empatía suficiente para entender que nadie se salva solo.

Finalmente, la soberanía del pensamiento. Mariano Moreno nos alertaba sobre "mudar de tiranos sin destruir la tiranía". Hoy en día, los "tiranos" pueden ser las cámaras de eco de las redes sociales, donde solo escuchamos a los que piensan igual que nosotros y cancelamos al que piensa distinto. La verdadera libertad es la capacidad de dudar, de investigar y de dialogar con el diferente.

A modo de conclusión, la Revolución de Mayo es un texto abierto; no fue el final de nada, sino el prólogo de una historia que todavía se está escribiendo. Los hombres y mujeres de la semana de mayo no eran santos perfectos tallados en mármol; eran personas con contradicciones, con miedos, que discutían y que muchas veces no sabían si al día siguiente terminarían presos o fusilados. Sin embargo, tuvieron el coraje de dar el primer paso.

La patria no es un concepto viejo que pertenece a los museos o a los actos oficiales. La patria es el contrato social que renovamos todos los días cuando decidimos apostar por el estudio, por el trabajo honesto, por el respeto al otro y por la construcción de un país donde el futuro no sea un privilegio de pocos, sino un derecho de todos.

Aquellos jóvenes de 1810 hicieron su parte. Como expresan las nuevas generaciones, "hackearon un imperio y nos regalaron la posibilidad de elegir". Hoy el teclado y la pantalla están de nuestro lado. La pregunta sigue siendo la misma que resonaba en la plaza lluviosa hace más de doscientos años ¿qué vamos a hacer con nuestra libertad?

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