Por qué la era con más información es la que menos nos enseña
Por Débora Wolosky.
Vivimos en la era de la infoxicación. Nunca antes en la historia de la humanidad tuvimos tanto conocimiento disponible a un solo clic de distancia. Un estudiante universitario puede acceder gratis a las clases de los mejores profesores de Harvard desde su teléfono; un ejecutivo puede escuchar a los mayores expertos en inteligencia artificial en un podcast mientras esquiva el tránsito; una empresa puede contratar plataformas globales de capacitación sin mover a nadie de su escritorio.
Las herramientas están ahí, disponibles las 24 horas. Y sin embargo, la realidad devuelve un diagnóstico frustrante: el estudiante aprueba el examen y olvida todo a las dos semanas, el profesional acumula horas de reproducción de contenido que jamás aplica, y los equipos corporativos regresan de los talleres motivacionales para seguir haciendo exactamente lo mismo que hacían antes.
Existe una diferencia abismal entre acceder a la información e incorporar el conocimiento. El verdadero problema actual radica en que confundimos de manera sistémica la apariencia del aprendizaje con el aprendizaje real. Evaluamos el éxito formativo por el certificado obtenido, la cantidad de horas de contenido consumidas o la asistencia a un taller, pero no por la habilidad real adquirida.
Este fenómeno ya fue bautizado en el ámbito corporativo global por laboratorios de investigación de la Universidad de Stanford como workslop. El término describe a todo ese contenido, muchas veces generado de forma masiva por inteligencia artificial, que posee una estética impecable y un diseño perfecto, pero que carece absolutamente de sustancia, utilidad práctica o impacto real en quien lo recibe. Estudios recientes en el sector privado revelan que hasta un 40% de los empleados afirma haber padecido este tipo de capacitaciones vacías en el último mes, mientras que hasta un 70% de los talentos no recibe formación continua dentro de sus organizaciones. La formación para empresas corre el riesgo de convertirse en un commodity de cotillón; lo que escasea, y se perfila como prometedor, es el aprendizaje de fondo, profundo.
La ciencia que ignoramos frente a la pantalla
La paradoja es que la ciencia del aprendizaje sabe cómo resolver esto desde hace más de medio siglo, pero el mercado insiste en ignorarla. La andragogía la disciplina que estudia cómo aprenden los adultos determinó hace décadas que las personas no incorporan conocimientos de forma pasiva. Un adulto no aprende simplemente sentándose a escuchar a un experto que habla bien frente a una pantalla. El cerebro necesita hacer, vivenciar, debatir y construir con otros.
La neurociencia moderna lo ratifica a través de fenómenos cognitivos comprobados. El llamado production effect (efecto de producción) demuestra que cuando leemos en voz alta, exponemos un concepto ante pares o debatimos activamente, el cerebro activa en simultáneo áreas visuales, auditivas y motoras, fijando una huella de memoria mucho más profunda. A esto se suma el protégé effect (efecto protegido): la psicología cognitiva demostró que cuando una persona estudia un tema con la expectativa y el compromiso de tener que enseñarlo a otro, procesa y organiza la información de una manera mucho más lógica, conectada y aplicable.
Los médicos implementan esta dinámica con éxito desde hace generaciones a través de los ateneos interconsultas. En esos espacios no hay un gurú dictando cátedra ante un auditorio sumiso; hay un grupo de pares analizando un caso real, cuestionando en voz alta, debatiendo hipótesis y enseñándose mutuamente. Ese modelo colaborativo y práctico es el que verdaderamente ancla el conocimiento.
La habilidad del futuro no está en Google
En un mundo donde cualquier duda se responde en tres segundos a través de un buscador o un bot conversacional, acumular datos carece de valor competitivo. La pregunta relevante ya no es cómo acceder a la información, sino qué hacemos con ella y cómo la transformamos para aprender y desaprender de acuerdo a nuestro objetivo.
El aprendizaje real es un proceso que a veces resulta lento e incómodo. Requiere conectar los saberes previos con los descubrimientos nuevos, exponer las ideas ante la crítica de terceros y ensayar soluciones de forma activa. Además, el verdadero desarrollo no se agota cuando finaliza la clase o se cierra la sesión de Zoom; el impacto real comienza después, cuando la discusión se traslada al almuerzo, al pasillo o a la resolución de una crisis laboral.
No es una cuestión menor ni meramente académica. El Foro Económico Mundial ubica la capacidad de aprendizaje activo y la flexibilidad cognitiva como una de las competencias laborales más críticas y estratégicas a nivel global para los próximos años. En un entorno de incertidumbre tecnológica y económica constante, el activo más valioso de un profesional ya no es lo que aprendió en el pasado, sino su disposición y metodología para seguir aprendiendo todos los días.
La próxima vez que consumamos horas de contenido en redes, cursos o plataformas digitales, vale la pena hacernos una pregunta incómoda pero urgente: ¿esto que estoy mirando está activando una transformación real en mi rutina, o es simplemente workslop estético que desaparecerá de mi cabeza mañana por la mañana?. Esa resolución determinará si permanecemos en un ciclo de falsa productividad, de una dinámica puramente reactiva o si finalmente consolidamos una mentalidad de crecimiento con resultados tangibles.
Fuente: Infobae.