Marina Mammoliti: "Tenemos un sistema nervioso ancestral viviendo con un smartphone en la mano"
Psicóloga, autora del libro Frená tu cabeza y creadora del podcast Psicología al Desnudo, Marina Mammoliti analiza en una entrevista con EL LIBERAL por qué cada vez más personas viven con ansiedad, advierte sobre los efectos de las redes sociales en la salud mental y asegura que es posible recuperar la calma: "No estamos rotos, estamos intentando adaptarnos a un mundo que exige demasiado".
Marina Mammoliti habla de ansiedad, estrés, ataques de pánico y salud mental con una claridad que desarma prejuicios. Sus respuestas son directas, profundas y están atravesadas por imágenes y conceptos que invitan a detenerse a pensar. En diálogo con EL LIBERAL, abordó algunos de los temas que más inquietan a la sociedad actual: la hiperconectividad, el agotamiento emocional, las redes sociales y la creciente dificultad para encontrar calma en un mundo que parece no detenerse nunca.
Pero su acercamiento a estos temas no nació únicamente de la formación profesional. En su libro Frená tu cabeza, relata una experiencia que la marcó para siempre. Siendo joven, mientras viajaba en automóvil junto a sus padres, atravesó un episodio que años más tarde identificaría como un ataque de pánico. En aquel momento no supo qué le ocurría. Encontrar respuestas, comprender lo que estaba viviendo y acceder a la ayuda adecuada fue un camino largo y complejo.
Hoy, aquella búsqueda personal se transformó en una misión. Marina es la creadora de Psicología al Desnudo, el podcast sobre salud mental más escuchado en español. Además, construyó una enorme comunidad en redes sociales y lidera Psi Mammoliti, un equipo interdisciplinario que brinda acompañamiento profesional a miles de personas en distintos países.
En esta entrevista exclusiva con EL LIBERAL, reflexiona sobre las razones por las que cada vez más personas sienten que viven con la cabeza acelerada, explica cómo reconocer la ansiedad y ofrece un mensaje esperanzador para quienes atraviesan momentos difíciles: la calma no es un privilegio reservado para unos pocos, sino una habilidad que puede aprenderse y construirse.
Pregunta: Vivimos tiempos marcados por la incertidumbre económica, los cambios tecnológicos y la sobreinformación. ¿Cómo podemos construir bienestar emocional en medio de contextos tan complejos?
Respuesta: Lo primero es dejar de exigirnos algo que no es posible. No se trata de estar bien todo el tiempo, eso no es real ni saludable, ni de blindarte frente a un contexto que objetivamente es difícil. Vivimos en un mundo que nuestro cerebro no evolucionó para procesar: amenazas que no cierran, decisiones que no terminan, comparación permanente. Tenemos un sistema nervioso ancestral viviendo con un smartphone en la mano. Construir bienestar en este contexto no es producir más calma, es bajar el voltaje. Y eso pasa por cosas que parecen chicas y son enormes: dormir bien, mover el cuerpo, bajar estímulos, sostener vínculos donde puedas no estar performando, decir que no a algunas cosas para poder decir que sí a otras. No es un programa de superación. Es una pregunta más humilde y más útil: ¿qué vida está intentando sostener mi sistema nervioso hoy, y qué le estoy pidiendo de más? El bienestar emocional no se construye contra el contexto. Se construye eligiendo, dentro de ese contexto, dónde sí poner el cuerpo y dónde no.
P: A través de tu podcast y de las redes llegás a millones de personas. ¿Qué aprendizajes te dejaron las historias que te comparten quienes atraviesan problemas de salud mental?
R: Lo primero que aprendí es que la soledad con la que la gente atraviesa esto es brutal. Mensaje tras mensaje aparece la misma frase: "pensé que me pasaba solo a mí". Y eso es lo que más me sorprendió. Tenemos muchísima información sobre cómo ser felices y sentirnos mejor, pero está claro que la información sola no alcanza. Necesitamos de la información Y también de los vínculos con quienes compartir esa información y con quienes materializarla. Hay un sufrimiento enorme que se vive en silencio porque las personas están convencidas de que son defectuosa, no de que están atravesando algo común que vive todo el mundo. Lo segundo es que la gente no necesita que le digas que va a estar todo bien. Eso no nos hace sentir mejor. Necesita que le pongan nombre a lo que le pasa. Cuando una persona escucha "eso que sentís se llama así, pasa por esta razón, le pasa a mucha gente, hay un camino", algo se afloja inmediatamente. La psicoeducación no es el adorno previo al tratamiento. Es el primer paso terapéutico.
Y lo tercero, que me cambió la forma de comunicar: el alivio más grande no aparece cuando le das una técnica nueva a alguien. Aparece cuando dejás de pelearte con lo que sentís. La mayoría de las personas que me escriben no están sufriendo solo ansiedad. Están sufriendo la pelea con la ansiedad. Eso es lo primero que busco quitar del medio. La lucha contra el malestar es el mayor obstáculo para alcanzar el bienestar.
P: Si tuvieras que dejar un mensaje para quienes hoy se sienten agotados, ansiosos o sin esperanza, ¿qué les dirías para que puedan mirar el futuro con más confianza?
R: Que lo que sentís no es un defecto tuyo individual. Que es estructural. El agotamiento no aparece porque seas débil. Aparece porque muchas veces venimos sosteniendo demasiado, sin permiso para parar. La ansiedad no aparece porque algo esté roto adentro. Sino, porque una alarma muy vieja se está activando en un mundo para el que no fue diseñada. Y la falta de esperanza, casi siempre, es lo que pasa cuando un cuerpo agotado intenta imaginar el futuro. No estás viendo la realidad con claridad, estás viendo la realidad con el filtro del cansancio.
No te pido que confíes en el futuro. Te pido algo más chico y más posible: confiá en que esto que estás sintiendo hoy no es la versión final de cómo vas a sentirte siempre. Pero eso no tiene por qué ser así. Podemos vivir más tranquilos y salir de la ansiedad crónica. Pero el estado de calma no viene de fábrica. Se aprende, se construye, se entrena. Y siempre se puede, no importa que tan intensa sea tu ansiedad hoy. Incluso las ansiedad más extremas se trabajan y ceden al 100% con un buen tratamiento.
P: En una cultura donde todavía muchas personas sienten vergüenza de hablar de sus emociones o de consultar a un psicólogo, ¿qué prejuicios siguen siendo los más difíciles de derribar?
R: El más difícil es el que está más disfrazado: "yo puedo solo". Suena a fortaleza y muchas veces es agotamiento. Pedir ayuda sigue leyéndose en mucha gente como una falla de carácter, cuando es lo contrario: es la decisión más adulta que podés tomar cuando los recursos propios no alcanzan.
Después está el prejuicio de "esto no es para tanto". Gente que minimiza lo que le pasa porque "hay otros peor". La salud mental no funciona por comparación. Que alguien la esté pasando peor no anula tu sufrimiento. Si interfiere con tu sueño, con tus vínculos, con tu trabajo, con tu disfrute, ya es algo que merece ser mirado.
Y el tercero, el más sutil: la idea de que ir a terapia es para "gente que está mal". Como si fuera una sala de emergencias. La terapia no es para cuando ya no podés más. Idealmente, es antes. Lo mismo con la medicación, cuando un psiquiatra la indica: no es una derrota, es una herramienta.
Yo soy una convencida de que tenemos que poder derribar la idea de que sufrir en silencio es más digno que pedir ayuda. ¡No lo es!
P: En los últimos años la ansiedad pasó de ser un tema poco hablado a convertirse en una preocupación cotidiana. ¿Qué está pasando como sociedad para que cada vez más personas sientan que viven con la cabeza acelerada?
R: Varias cosas. Por un lado, hay más información circulando. Tenemos acceso a redes ocial y eso hace que abunde la información, de hecho, en exceso, sobre la ansiedad y sobre todos los temas en general. Entonces, primero, se nombra más porque hay más información y por ende la gente empieza a reconocerlo en sus vidas. Lo que no se nombra no existe, dice la filosofía.
Segundo, sí es cierto que en el mundo de hoy hay muchísimas más micro-amenazas que las que había antes. No vivimos en el mundo para el que evolucionó nuestro cerebro. Tenemos un sistema nervioso ancestral viviendo en un entorno hiperconectado. Las microamenazas constantes no tienen cierre. Antes la amenaza venía, respondías y terminaba. Hoy hay mails pendientes, notificaciones, comparaciones permanentes, decisiones que se acumulan. El sistema nunca encuentra el punto donde apagarse.
Encima, la sociedad nos vendió un modelo de vida que es ansiógeno por diseño: ser siempre más productivos, más optimizados, más visibles, más rápidos. Descansar empezó a sentirse como traición. Aburrirse, como pérdida de tiempo. Y el cuerpo paga la factura. La ansiedad excesiva muchas veces no es una falla individual, es la traducción biológica de un estilo de vida que pide más de lo que un sistema nervioso puede sostener.
Igualmente, para sumar algo de tranquilidad y equilibrar la balanza del "todo está mal", yo encuentro muy positivo que hayamos empezado a nombrarla. Antes lo que hoy llamamos ansiedad se vivía como "soy nervioso", "soy intenso", "no me la banco". Hoy le ponemos nombre. Y nombrar es el primer paso para hacer algo con eso.
P: En tu libro Frená tu cabeza proponés ejercicios y herramientas prácticas. Hacés hincapié en registrar a través de la escritura o de compartir y no cerrarse. ¿Cuál es el primer paso que puede dar una persona que siente que la ansiedad le está ganando terreno?
R: El primer paso es dejar de interpretar lo que te pasa como una señal de que algo está mal en vos. Esa interpretación, sola, ya agrega un montón de sufrimiento. No tenés una mente defectuosa. Tenés una alarma desregulada.
El segundo paso es volverte detective de tu propia ansiedad. No combatirla, observarla. ¿Cuándo aparece? ¿En qué parte del cuerpo la sentís primero? ¿Qué forma toma: pensamiento que no para, opresión en el pecho, irritabilidad, ganas de irte de la situación? Cuando algo deja de ser una nebulosa interna sin bordes y empieza a tener nombre y contorno, deja de sentirse tan amenazante. La observación y el registro no es un recurso pasivo, es una intervención en sí misma.
Y por eso insisto tanto con la escritura: poner en papel lo que tenés adentro le baja el voltaje. Sacás la rumia de la cabeza y la ponés afuera, donde podés mirarla con un poco más de distancia. Lo mismo con compartirlo: contarle a alguien lo que te está pasando hace que deje de crecer en silencio. La ansiedad necesita oscuridad para mantenerse intacta. Cuando la nombrás, se achica.
Después viene todo lo demás: dormir mejor, mover el cuerpo, bajar estímulos, eventualmente pedir ayuda profesional. Pero el primer paso, antes que cualquier técnica, es ese cambio de mirada: no soy yo el problema, es la relación que tengo con esto.
Cómo salir del bucle
P: Las redes sociales ocupan gran parte de nuestro tiempo. Has señalado que necesitamos aprender a apagarlas. ¿Qué impacto tienen en nuestra salud mental y qué hábitos recomendarías para relacionarnos mejor con ellas?
R: Las redes no son neutras. Están diseñadas, literalmente diseñadas, para mantenerte adentro. Y para hacerlo activan dos cosas que son veneno para un sistema nervioso ansioso: comparación social permanente y dopamina intermitente. Abrís el celular un sábado a la mañana, descansando, y ves a treinta personas levantadas, produciendo, viajando, en su mejor ángulo. Tu cerebro no está preparado para procesar ese volumen de comparación. No es que seas inseguro, es que tu sistema está respondiendo a algo para lo que no fue diseñado.
El otro impacto, menos visible, es la fragmentación de la atención. Cuando vivís saltando de estímulo en estímulo, perdés la capacidad de sostener una idea, una conversación, una emoción. Y sin esa capacidad, regular la ansiedad se vuelve casi imposible. No podés acompañar lo que te pasa si no podés quedarte ni dos minutos con lo que te pasa.
Los hábitos que sí ayudan son simples y muy poco glamorosos.
No mirar el celular apenas abrís los ojos: dale a tu cabeza al menos quince minutos antes de meterla en la corriente.
Sacar notificaciones que no necesitás.
Tener momentos del día sin pantalla, sobre todo a la noche.
Y revisar con quién te comparás: si seguís cuentas que te dejan peor cada vez que las ves, eso no es información, es daño autoinfligido.
No se trata de demonizar las redes. Se trata de entender que son una herramienta, no un ambiente para vivir. Y que aprender a apagarlas es, hoy, un acto de cuidado de la salud mental tan concreto como dormir bien o comer bien.
P: Muchas veces se confunde estrés con ansiedad. ¿Cómo podemos diferenciarlos y en qué momento deberíamos pedir ayuda profesional?
R: La diferencia más clara es esta: el estrés tiene una causa identificable y un final más o menos previsible. Tenés una entrega el viernes, un examen, una mudanza, una situación concreta que te está demandando más recursos de los habituales. Cuando esa situación termina, el estrés baja. La ansiedad, en cambio, no necesita una causa presente para activarse. Se enciende anticipando lo que podría pasar, o se queda activada mucho después de que el problema real ya pasó. El estrés responde al ahora; la ansiedad vive en el futuro.
Dicho de otra manera: el estrés es un sistema funcionando como debe ante una demanda. La ansiedad excesiva es ese mismo sistema funcionando de más, o cuando no hace falta. Un poco de ansiedad antes de una entrevista te prepara. Mucha ansiedad todos los días por todo te drena.
Ahora, el momento de pedir ayuda profesional no se define por una etiqueta. Se define por una pregunta muy concreta: ¿esto está organizando mi vida? Si empezás a evitar situaciones, a achicarte, a renunciar a planes porque la ansiedad te lo impide; si el sueño se deteriora de manera sostenida; si interfiere con el trabajo, con la pareja, con las decisiones, con el disfrute; si sentís que probaste de todo y los recursos propios no alcanzan: ese es el momento. Y no, no hace falta esperar a estar destruido. La psicoterapia funciona mejor cuanto antes llegás. El desborde se puede prevenir.