Opinión

El día que nos atrevimos a gritar "libres"

(Foto:Infobae)

Por Diego Armesto.

Hay momentos en que un puñado de personas decide torcer el rumbo de la historia. El 9 de julio de 1816, en una modesta casa de San Miguel de Tucumán, ocurrió uno de esos momentos. Los diputados reunidos en el Congreso no firmaban un trámite: se jugaban la vida, la fama y el destino de un territorio entero al declarar que estas provincias dejaban de pertenecer a los reyes de España.

Conviene detenerse en lo que eso significaba. La independencia no fue una decisión cómoda ni obvia. España seguía siendo una potencia, la revolución en América llevaba años de guerra y todavía se discutía en serio qué forma de gobierno adoptar. En medio de esa incertidumbre, esos hombres eligieron el camino más difícil: romper del todo con la corona y asumir las consecuencias.

El acta lo dice con una fuerza que emociona todavía hoy. Los diputados declararon, por unanimidad, la voluntad de recuperar los derechos de que habían sido despojados y de constituirse en una nación libre e independiente. No lo hicieron a media voz. Según las crónicas de la época, la declaración se recibió con vivas y aplausos, y el entusiasmo desbordó la sala hasta alcanzar al pueblo que esperaba afuera. Fue una alegría con plena conciencia del riesgo.

Porque valentía, aquí, no es una palabra decorativa. Firmar aquella declaración era exponerse a ser tratado como traidor si la causa fracasaba. Esos diputados sabían que comprometían sus vidas, sus fortunas y su nombre, y aun así estamparon su firma. Lo hicieron por convicción, invocando la justicia de su causa ante el mundo y dispuestos a defenderla con todo lo que tenían.

Vale la pena recordarlo cuando la independencia nos parece un hecho lejano y garantizado. No lo era. Alguien tuvo que decidirla, sostenerla y pagar su precio. La libertad de la que hoy gozamos empezó como una apuesta arriesgada de personas de carne y hueso, que prefirieron el peligro de ser libres a la comodidad de seguir sometidas.

Doscientos años después, la lección sigue intacta. Los grandes cambios no los traen los cálculos prudentes, sino la gente dispuesta a arriesgarse por algo que considera justo. Aquel 9 de julio, en Tucumán, un grupo de hombres decidió que valía la pena. Ellos sentaron las bases de quienes somos y de hacia dónde vamos. Y debemos saber que el pasado no se esconde: se honra enfrentándolo, se aprovecha aprendiendo de él y se supera con las decisiones del presente.

Fuente: Infobae.

Ir a la nota original

MáS NOTICIAS