Viceversa

Crónica del movimiento de las cosas

Por Belén Cianferoni.

¿Cómo está esa familia? ¿Cómo viene ese caos? El de afuera y el de adentro.

Yo los saludo desde un remis que avanza a paso de tortuga. Estamos todos atrapados en el tránsito. Hay bombos, camisetas, gente que camina con una sonrisa de oreja a oreja. Aaaaaaaaaay... qué difícil llegar hoy.

Pero qué lindo ver Santiago del Estero lleno.

Hace tiempo que no veía tanta gente ocupando las calles por el simple hecho de estar contenta. En tiempos tan difíciles, ver felicidad compartida también es una forma de resistencia. Está fresco, hay cosas para hacer y, de yapa, nos tiene a todos con el corazón en la garganta esperando otro partido de la Selección.

Mientras el remis avanza un metro y vuelve a frenar, hago lo que hago siempre cuando el cuerpo empieza a pasarme factura. Me paro, me siento, vuelvo a acomodarme. Trato de distraerme. Y cuando ya no doy más, me pongo a conversar con mi papá y con mis abuelos. Mentalmente, claro. Mate de por medio, porque hay conversaciones que solamente salen con un mate en la mano.

Cada Mundial me encuentra distinta.

De chica, sinceramente, no me importaba demasiado el fútbol. Creo que recién después de los veinte empecé a entender que un partido puede hablar de muchas más cosas que once personas corriendo detrás de una pelota.

Aunque, pensándolo bien, quizá empecé a entenderlo cuando me tocó dejar de correr.

La esclerosis múltiple tiene esa costumbre de negociar con el cuerpo. Un día descubrís que la velocidad ya no es un derecho adquirido. Que caminar también puede ser una conquista. Que levantarte de una silla merece un pequeño festejo silencioso.

Y entonces una empieza a mirar distinto.

También me acordé de esa Belén de diez años. La que no se acercaba a una pelota porque eso era de varones. La que no salía a correr porque siempre aparecía alguien dispuesto a bautizarte de "machona", de "loquita" o de cualquier otra cosa que sirviera para mantenerte quieta.

Cuántos prejuicios cabían en la cabeza de una nena.

Qué frágiles eran esos castillos que una construye para protegerse. Bastó el primer viento de la vida para que se desarmara ese mural de cartas.

El remis finalmente llegó. Bajé en el cumpleaños de mi sobrina Jorgelina.

Y ahí estaba ella.

Con una pelota de básquet que parecía haber nacido en sus manos. Como si desafiar la gravedad fuera el idioma en el que mejor sabe hablar.

Después miré a mis hermanas. Las vi caminar rápido, reírse, moverse de un lado al otro sin pensar. Durante un segundo sentí una puntada de nostalgia por esa velocidad que mi cuerpo ya no tiene.

Pero duró poco.

Porque enseguida entendí otra cosa.

Tal vez perdí velocidad. No lo voy a negar. Hay días en que mi cuerpo pesa como si llevara el invierno entero sobre los hombros.

Pero gané panorama.

Ahora veo detalles que antes se me escapaban. Escucho las conversaciones. El sonido de las cucharitas en el mate cocido. El bombo que retumba en la plaza. La guaracha que se escapa por una ventana. La cumbia que antes me daba vergüenza bailar. El modo en que habla mi pueblo.

Y qué hermoso habla mi pueblo.

También veo a esta Selección.

No porque nunca caiga. Sino porque cada vez que cae vuelve a levantarse. Porque insiste. Porque pelea una pelota más. Porque juega hasta el último minuto aunque el partido parezca perdido.

Me veo reflejada en eso.

Yo también la sigo.

Y mientras la sigo, me siento al lado de aquella Belén de diez años que vivía enojada con el mundo. Esa chiquita que caminaba cargando una nube gris arriba de la cabeza, convencida de que había demasiadas cosas que no podía hacer.

La abrazo.

Y le digo bajito, para que no se asuste:

—Ponele onda.

No porque la vida vaya a dejar de golpearnos.

Sino porque, incluso después de los golpes, tiene una extraña costumbre de acomodar las piezas.

Y cuando eso pasa, una descubre que la felicidad no siempre consiste en correr más rápido.

A veces alcanza con seguir en movimiento. Voy a estar apoyando desde el cumpleaños de Vanina, siendo feliz y poniéndole aguante a la mejor selección del mundo.

Nos vemos el domingo que viene... Resistan croniqueros, resistan que hoy necesitan de nuestra fé.

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