Viceversa

Ítaca o el arte de volver

Por Gisela Colombo

En La Odisea, el viaje del héroe no conduce hacia la conquista, sino hacia la identidad. Odiseo atraviesa monstruos, dioses y tentaciones para descubrir que la prueba más ardua no consiste en sobrevivir, sino en regresar sin haber olvidado quién es.

Cuando comienza La Odisea, Troya ya ha caído. La gloria está consumada, los héroes han recibido su porción de fama o de muerte y, sin embargo, para Odiseo lo esencial todavía no ha ocurrido.

Debe volver.

Muchos siglos después, Joseph Campbell describiría el camino del héroe como una secuencia de partida, iniciación y retorno. El poema de Homero contiene ese movimiento, aunque lo subvierte: Odiseo no parte en busca de una hazaña; parte de la hazaña. Viene de conquistar una ciudad y se dirige hacia algo, en apariencia, menos grandioso: su casa.

Pero regresar nunca es simplemente desandar una distancia.

Aquiles encarna el fulgor de la gloria; Odiseo, la obstinación de la duración. No es el más fuerte, sino el más versátil. Homero lo llama *polytropos*: el hombre de muchos giros, de muchos recursos, acaso también de muchas identidades. Su inteligencia le permite sobrevivir allí donde la fuerza sería inútil. Sabe mentir, disimular, esperar. Comprende que, a veces, para conservar el nombre es necesario ocultarlo.

Frente a Polifemo se llama "Nadie". La estratagema lo salva, pero la soberbia vuelve a condenarlo. Cuando ya está fuera de peligro, revela quién es para reclamar la gloria de su victoria. Entonces el cíclope puede maldecirlo y pedir a Poseidón que prolongue su extravío.

La escena contiene una paradoja central: Odiseo vence cuando renuncia a su nombre y fracasa cuando necesita pronunciarlo. El héroe no sólo combate contra monstruos. Combate contra aquello que, en él mismo, todavía no ha aprendido a dominar.

Cada escala del viaje constituye una pedagogía del extravío. Los lotófagos ofrecen el olvido; Circe, la degradación de lo humano; las sirenas, un conocimiento que mata; Calipso, la inmortalidad.

No todas las amenazas tienen colmillos. Algunas adoptan la forma del descanso.

Calipso le promete a Odiseo abolir la muerte. Él prefiere a Penélope: mortal, distante, envejecida por la espera. No elige entre dos mujeres, sino entre dos concepciones de la existencia. La eternidad lejos de Ítaca sería una forma perfecta del exilio. Odiseo acepta el límite porque comprende que sólo lo finito puede pertenecernos de verdad.

El descenso al mundo de los muertos vuelve irreversible ese aprendizaje. Allí encuentra a su madre y descubre que el tiempo ha continuado sin él. Mientras el héroe recorría mares fabulosos, en Ítaca se envejecía, se sufría, se moría. El viaje posee siempre esa crueldad: transforma a quien parte, pero también a quienes aguardan.

En el Hades, incluso Aquiles parece desdecir la gloria que lo hizo inmortal. La fama —ese rumor entre los vivos— ofrece escaso consuelo a los muertos. Odiseo comprende entonces que el regreso vale más que la celebridad. La verdadera victoria no será perpetuar su nombre, sino volver a habitarlo.

Por eso llega a Ítaca disfrazado de mendigo.

El rey debe entrar en su reino sin corona. Debe contemplar su propia casa como un extranjero, soportar la humillación, medir las lealtades. Antes de recuperar el poder, ha de despojarse de sus signos. La identidad ya no puede depender de la apariencia.

Argos, su perro anciano, lo reconoce y muere. Euriclea lo descubre por una cicatriz. Penélope, más cauta, lo somete a una prueba vinculada con el secreto del lecho conyugal.

Aquella cama había sido construida alrededor del tronco de un olivo. No podía moverse sin ser destruida. No era un mueble: era una raíz.

Después de los cíclopes, las tempestades y los muertos, el último umbral es doméstico. Odiseo demuestra quién es porque recuerda cómo fue edificada su casa. Penélope lo reconoce no por sus proezas, sino por un conocimiento compartido, íntimo, inaccesible para los impostores.

Tal vez allí se encuentre la forma más profunda del camino del héroe. No en la partida ni en la conquista, sino en la posibilidad de volver transformado sin volverse irreconocible.

La Odisea no pregunta solamente cuánto puede soportar un hombre. Pregunta qué debe conservar para seguir siendo él mismo.

Llegar a Ítaca es tocar tierra.

Volver es merecer otra vez el propio nombre.

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