Opinión

La Odisea y su lección sobre liderazgo que no comprenden trumpistas ni wokes

Por Marcos Novaro

La película de Nolan despertó un intenso debate cultural y político. Recibió críticas feroces de referentes trumpistas que ven en ella resumidos el pacifismo y el wokismo de un Occidente débil. Pero, bien vista, ofrece lecciones útiles sobre liderazgo, para que Occidente libre mejor sus batallas.

En un mundo políticamente embrutecido y ferozmente agrietado como el que vivimos, era esperable que La Odisea de Christopher Nolan generara debates encendidos, con fuertes argumentaciones a favor y en contra.

Las críticas más furibundas provinieron de los trumpistas, y están motivadas en que Nolan se tomó la libertad de seleccionar algunos actores negros y trans, de modernizar algunas secuencias, pero sobre todo, en que puso en entredicho las virtudes supuestamente más "heroicas" del personaje (su papel decisivo en la caída de Troya, para empezar).

Aunque, para emparejar las cosas, también ha habido críticas en sentido contrario, de los antioccidentalistas y los woke, porque supuestamente reivindica la superioridad de la civilización occidental, porque no denuncia que los griegos eran entonces esclavistas (sic), porque no destaca suficientemente a los personajes femeninos, etc, etc.

Y está muy bien que así sea

Se ve que en esos círculos, entendieron el mensaje de Nolan, por eso su animosidad. No llama la atención, por tanto, que Elon Musk llegara al extremo de amenazar con hacer una versión mejor, "más fiel al original". Habrá que ver si la estrena acá o en su viaje a Marte.

En verdad, la película, que está batiendo todos los récords de público y disparando un interés cultural mucho más amplio que las reacciones mencionadas, probablemente sea bastante más fiel al original que sus predecesoras. Porque trabaja muy bien la complejidad del personaje, el carácter problemático de su heroismo, tanto por su papel en la historia previa, la destrucción de Troya, como en sus esfuerzos por regresar a su hogar. Y de esta manera, nos enseña algo que sin duda le interesaba centralmente a los antiguos griegos de esta historia: responder las preguntas sobre qué exige y que conlleva ser un buen gobernante, hasta dónde se justifica ir para ganar una batalla o, más en general, lograr cualquier objetivo colectivo, qué reglas no podemos romper cuando lo intentamos, qué nos une y qué queremos dejarle a nuestra descendencia, o cómo al menos podemos asegurarnos tener una.

Es que Ulises no es solo el más inteligente y sabio de los reyes que luchan contra Troya. Es el más "político", en el sentido de que está atento a los intereses, necesidades, creencias e ilusiones de los demás actores, y trata de conducirlos para lograr el mejor resultado posible para él y su gente: que su bando triunfe, que él y sus hombres puedan volver a casa y su reino se libre de los tiránicos y destructivos impulsos de sus aliados, en particular, del poder dominante en Grecia, Agamenón, que tan desaforado es en su afán de conquista que no duda en sacrificar a su hija y única descendiente para lograr la victoria, y amenaza con aniquilar al que ose cuestionar su interminable sitio sobre Troya.

Un regalo trampa

Como se sabe, Ulises logra destrabar un sitio de diez años que está aniquilando lentamente a la alianza griega, y lo hace con una trampa artera, que Nolan presenta como clave fundamental de la tragedia que está por empezar apenas Troya caiga: porque para lograr esa victoria el rey de Ítaca propone entregar un regalo a los troyanos, que les permita meterse en su ciudad y destruirla desde adentro, con lo que violan no solo las leyes que atan a los hombres con sus dioses (el regalo envenenado es una ofrenda a Atenea), sino a los hombres entre sí, porque el lenguaje y las creencias comunes ("creemos en los mismos dioses" dicen los troyanos al aceptar la ofrenda) son utilizadas para mentir y destruir.

Es curioso que los trumpistas que critican la película más ácidamente pongan el acento en un personaje aparentemente secundario, Sinón, el soldado que se sacrifica para llevar esa mentira a oídos de los troyanos, por haber sido interpretado por un actor trans (Elliot Page), a quien compararon con sorna y desprecio con el Aquiles de Brad Pitt para ilustrar la supuesta decadencia que representaría el Hollywood de Nolan respecto al Hollywood de hace algunas décadas atrás.

Claramente, no entendieron nada: la valentía de Sinón es muy distinta a la de Aquiles pero no es menor que ella, se basa en su confianza infinita en el líder que le ordena correr riesgos extremos, incluso violar la ley de los dioses; muy lejos de Aquiles, que no confía en nadie, pelea solo y se deja llevar solo por sus impulsos y sus sueños de gloria; no es, como Sinón o Ulises, solamente humano, tiene sangre divina, y tal vez por eso no lleva en ella un ápice de capacidad política, no entiende ni le interesa por qué está peleando, o qué suerte corre el mundo a su alrededor.

Por eso le interesa Sinón a Nolan, y no Aquiles, que ni aparece siquiera de refilón en su relato retrospectivo sobre lo sucedido en La Ilíada, no merece la más mínima mención.

Retomando el hilo

A partir de esa terrible ruptura del pacto civilizatorio y de su extraordinario éxito, al menos inicial y aparente, es que se despliega la tragedia de La Odisea, que consiste en un largo recorrido por todas las formas en que podemos experimentar la ruptura del lenguaje, del compromiso político y por tanto, de la posibilidad de cooperación, vida en común y, en última instancia y consecuencia, de la propia sobrevivencia.

Es por su incapacidad para imaginar que pudieran hablar con el cíclope Polifemo, que los hombres de Ulises son devorados en la cueva y luego maldecidos por Poseidón en el mar ("ya es tarde para intentarlo" dice el protagonista, cuando uno de sus hombres descubre que el gigante podía hablar y podría haber entendido si le proponían un compromiso: ya lo habían cegado). Y es también una imposibilidad de comunicación lo que pone a los soldados de Ítaca frente a una brutal y sorda maquinaria asesina, la de los Lestrigones (ahí sí intentan comunicarse, pero solo para disparar el alarido de alarma de un monstruoso niño acorazado).

Recién Ulises empezará a entender el problema en que está metido cuando logre hablar nuevamente. Primero, con Circe, la bruja que ha convertido en cerdos a sus soldados, y cuya buena voluntad necesita para poder recuperarlos y saber cómo continuar su camino. Y gracias a que Circe le señala el camino al Hades, puede dar un paso más: hablar con los que han muerto por promesas y leyes rotas, tanto en Troya como intentando volver, incluidos Sinón y el propio Agamenón. Y ¿qué es lo que descubre entonces Ulises? Pues que hay actos irreparables y consecuencias que no pueden evitarse, y aún así él tiene un camino que recorrer, intentando salvar a los que quedan de sus soldados, incluso, o sobre todo, de ellos mismos, cuando empiezan a rebelarse para intentar salvarse por su cuenta.

Ni siquiera solo y aislado en Ogigia, consumiendo compulsivamente el loto que le provee Calipso, podrá Ulises desentenderse de esas consecuencias y de los recuerdos que lo atan con sus muertos, y con Ítaca. En donde mientras tanto Telémaco está haciendo su propio recorrido para entender quién es su padre, qué es lo que hizo realmente en la guerra y cómo puede él ayudar a su regreso o a salvar el reino.

Qué dicen los trumpistas

Los trumpistas denuncian en Nolan una intención antibelicista, una visión supuestamente "hogareña" del héroe e indefensa de Occidente. Pero si esta hubiera sido la intención de Nolan la película hubiera terminado al empezar: en la alternativa que le ofrece Penélope a Ulises: esconderle el bulto a la guerra y escapar a un exilio dorado.

Lo que esas críticas en verdad no toleran es que la película haga otra cosa muy distinta: ilustre sobre las responsabilidades del gobernante en las peores condiciones imaginables, cuando la guerra es inevitable, cuando solo se puede ganar condenándose, mintiendo sobre lo que va a costar la victoria (la alternativa entre mentiras útiles o provechosas y verdades inútiles y de consecuencias catastróficas está en varias ocasiones presente, nunca con soluciones sencillas), cuando volver de ese abismo en que cada tanto extraviamos la civilización tiene costos irreparables y atreverse a enfrentarlos y tratar de morigerarlos supone más costos aún y el único camino posible es saldar de algún modo las cuentas con el pasado.

Sobre la base del poema que escribió hace miles de años Homero, o alguien más, vaya uno a saber, Christopher Nolan sacudió el avispero de un debate político que está envilecido e infantilizado en los tiempos que corren; no solo aquí, en Argentina, sino en todo el mundo, hasta en las democracias más maduras y sofisticadas.

Lo primero que nos recordó Nolan es que todos merecemos un trato justo, esa es la primera ley: por lo menos que hagan sonar el arco antes de empezar la persecución y la cacería. Lo segundo, que el gobernante responsable no es el que siempre dice la verdad, pero sí el que la dice en el momento en que ella es más necesaria. Y tercero, que los bárbaros, los "pueblos del mar" sin ley y sin lenguaje, podemos ser nosotros mismos si no cumplimos las dos reglas anteriores.

Claro, el trumpismo, también el wokismo y muy seguido el mileismo, son la evidencia de esto mismo, así que se entiende que no les vaya a gustar nada su película.

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