Tono emocional: el código invisible en la pareja
Por Mar Dorrio.
Hay conversaciones que no aparecen en los cursos de preparación al matrimonio, sin embargo, acaban teniendo más peso en la convivencia entre la pareja que muchas de las grandes cuestiones que sí se tratan. Una de ellas es el volumen emocional con el que hablamos.
No hablamos del tono de voz, sino del tono vital. A ese código invisible que cada uno trae de casa y que da por supuesto que "así se habla", "así se protesta", "así se pide" o "así se discute". Lo curioso es que casi nadie es consciente de que ese código existe hasta que convive con alguien que utiliza otro completamente distinto.
Diferentes familias, distintos termómetros
Hay familias donde una reclamación se formula con energía, varias voces a la vez y una cierta vehemencia que nadie interpreta como una agresión. Al cabo de cinco minutos todos están riéndose y el asunto ha quedado olvidado. En otras casas, una frase dicha con esa misma intensidad bastaría para que alguien se sintiera profundamente herido. No porque sea más sensible, sino porque su termómetro interno está calibrado de otra manera.
El comienzo de muchos malentendidos
No hablamos de violencia, ni de malos tratos, ni de relaciones tóxicas. Hablamos de personas buenas que se quieren y que, sin embargo, llegan agotadas al final del día porque hablan idiomas emocionales diferentes.
A veces sucede, incluso, que quien procede de una familia numerosa ha aprendido desde pequeño a hacerse oír entre muchas voces. Allí levantar el tono, interrumpir o defender el propio espacio forma parte del paisaje cotidiano. Nadie lo vive como una falta de respeto.
Es simplemente la manera que esa familia ha encontrado para organizar el caos. En cambio, quien ha crecido en un ambiente mucho más pausado recibe esa misma intensidad como una invasión. Se siente intimidado, aunque el otro no tenga la menor intención de intimidar.
Los dos creen estar actuando con absoluta normalidad
Quizá el error está precisamente ahí: en pensar que existe una única normalidad.Aquí podemos compararlo con la tensión arterial. Hay personas cuya tensión habitual es diez-doce. Otras viven normalmente con cifras distintas. Si a alguien le cambias de repente esos valores, probablemente se encontrará mal. No porque la cifra sea objetivamente insoportable, sino porque no es la suya.
Con la convivencia ocurre algo parecido. Cada uno llega al matrimonio con unos valores de referencia que ni siquiera sabían que llevaban incorporados. Hasta que el otro los cuestiona sin querer.
La situación suele hacerse especialmente evidente cuando aparecen los suegros, los cuñados o los abuelos. Entonces no entra solo una persona en casa; entra un estilo completo de relacionarse. Unos hablan a la vez. Otros esperan turno. Algunos consideran normal discutir durante la comida. Otros no conciben elevar la voz delante de los niños. Ninguno pretende molestar. Simplemente reproducen el ecosistema del que proceden.
Hacia una frecuencia propia
Quizá haríamos un gran favor a muchos matrimonios si, además de enseñarles a resolver conflictos, les ayudáramos a descubrir cuál es su punto de partida. A reconocer que muchas veces el problema no es la falta de amor, sino la diferencia de calibración.
Porque convivir no consiste en decidir quién tiene la razón, sino en construir un código nuevo que no pertenezca del todo a ninguno de los dos. Hay quien tendrá que bajar algunos decibelios emocionales. Hay quien aprenderá a no interpretar cada frase enérgica como una amenaza. Unos quitarán hierro. Otros medirán mejor el impacto de sus palabras.
Con el tiempo, casi siempre ocurre algo hermoso
La pareja encuentra una frecuencia propia. Una forma de hablarse que ya no es exactamente la de la familia de él ni la de la familia de ella, sino la de ese hogar nuevo que han decidido construir juntos. Y quizá ese sea uno de los signos más discretos del amor maduro: descubrir que lo que para mí siempre fue normal no tiene por qué ser la medida del mundo.
Fuente: Aleteia.