Opinión

El fin de la era del experto: por qué lo que sabés ya no alcanza

Por Ximena Gauto Acosta

La nueva economía no premia lo que sabés: premia qué tan rápido aprendés. Nos estamos moviendo de la economía del conocimiento a la economía del aprendizaje.

Durante décadas construimos carreras sobre una premisa silenciosa pero poderosa: el que más sabe, más vale. Acumulá conocimiento. Especializate. Dominá tu campo. Esa era la moneda de cambio de la economía del conocimiento, la era que convirtió el capital intelectual en el activo más cotizado del mercado laboral.

Esa era llegó a su fin. Y la que empieza todavía no tiene un nombre consolidado. Yo propongo uno: la economía del aprendizaje.

El quiebre silencioso

Un dato del Foro Económico Mundial merece destacarse: según el Future of Jobs Report 2025, el 39% de las habilidades centrales del trabajo van a cambiar para 2030. No van a desaparecer, van a cambiar. Lo que hoy te diferencia, en cuatro años puede ser irrelevante o ejecutable por una máquina.

Pero más revelador que el número es la tendencia que lo rodea: las habilidades que más rápido están creciendo en demanda no son técnicas específicas. Son la curiosidad y el aprendizaje continuo, el pensamiento analítico, la resiliencia, la flexibilidad cognitiva. En otras palabras: la capacidad de seguir aprendiendo se está convirtiendo en la habilidad más cotizada del mercado.

No es un accidente. Es la consecuencia lógica de un cambio estructural que viene ocurriendo hace tiempo y que la inteligencia artificial aceleró de manera irreversible.

En la economía del conocimiento, el activo era lo que sabías. En la economía del aprendizaje, el activo es qué tan rápido podés actualizar lo que sabés.

Por qué el conocimiento está perdiendo vida útil

La inteligencia artificial no solo automatiza trabajo manual. Está automatizando trabajo cognitivo, el corazón mismo de lo que llamamos trabajo del conocimiento. Programadores con años de experiencia ven cómo tareas que les llevaban horas se producen en minutos. Analistas descubren que sus informes se generan en segundos con herramientas que cualquier persona puede usar desde su teléfono. El American Enterprise Institute lo llamó, con crudeza, deshabilitar las habilidades en la economía del conocimiento.

El economista Greg Duncan documentó algo que resuena hoy con urgencia renovada: durante décadas, el trabajo que pagaba buenos salarios fue trabajo procedimental, predecible, especializado. Ese trabajo, el que premiaba la acumulación y la repetición, es exactamente el que más rápido está siendo absorbido por sistemas automatizados. Lo que se vuelve escaso no es el conocimiento, es la capacidad de generar conocimiento nuevo.

El problema que nadie nombra: la trampa de la identidad experta

Acá viene la parte incómoda. El mayor obstáculo para operar en la economía del aprendizaje no son la falta de recursos ni la de acceso a tecnología, es la identidad del experto.

Cuando construiste años de reputación en un campo, volver a ser principiante en algo nuevo tiene un costo real. Cognitivo, porque el cerebro prefiere los caminos conocidos. Emocional, porque admitir que algo no se sabe activa vergüenza, especialmente en contextos donde se supone que uno es la referencia. Y social, porque el mercado todavía recompensa la certeza y penaliza la duda visible.

Carol Dweck documentó durante décadas la diferencia entre una mentalidad fija: la creencia de que las capacidades son fijas y mostrar ignorancia amenaza la identidad, y una mentalidad de crecimiento: la convicción de que las capacidades se desarrollan y la ignorancia es el punto de partida del aprendizaje. En un entorno estable, la mentalidad fija no es tan dañina. En un entorno de cambio acelerado, es una trampa costosa. Y la trampa más sutil es esta: cuanto más expertise acumulada tenés, más difícil es soltar la identidad que esa expertise construyó.

Integración de saberes. David Epstein llama "range" a la diversidad profunda de experiencias que permite conectar dominios distintos. Las personas que desarrollan esta capacidad no saben un poco de todo: saben cómo usar lo que conocen en un campo para iluminar problemas en otro completamente diferente. Ese valor no puede ser replicado por ninguna especialización única, ni por ningún sistema de inteligencia artificial, porque depende de la historia particular e irrepetible de cada persona.

Criterio en un mundo de abundancia informativa. Cuando cualquier pregunta tiene respuesta disponible en segundos, la habilidad escasa no es encontrar información. Es saber qué información buscar, cómo evaluarla y cómo construir juicio propio a partir de ella.

La nueva pregunta

El Foro Económico Mundial proyecta que para 2030, más de 120 millones de trabajadores estarán en riesgo de quedar desactualizados si no acceden a oportunidades de reconversión. Son personas que construyeron sus identidades profesionales sobre premisas que el mercado está dejando de validar.

Alvin Toffler lo anticipó con décadas de adelanto: "Los analfabetos del siglo XXI no son los que no saben leer y escribir, sino los que no pueden aprender, desaprender y reaprender". Lo que entonces parecía una provocación filosófica, hoy es una descripción operativa del mercado laboral global.

"¿Cuánto sabés?" era la pregunta de la economía del conocimiento.

"¿Qué estás aprendiendo?" es la pregunta de la economía del aprendizaje.

Para los profesionales, las organizaciones y los sistemas educativos que quieran seguir siendo relevantes en la próxima década, esa distinción no es semántica. Es estratégica.

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