Crónica de estudiar de grande
Por Belen Cianferoni.
¿Cómo están? ¿Cómo arranca esa mañana? ¿Los acompaña algún café caliente, unas tostadas o un mate amigo?
Hoy me he rehusado a salir de la cama y estoy abrazando las colchas como si mi vida dependiera de ello. ¡Qué semana larga que tuve! Estudié un poco más de lo habitual y la cabeza me quedó bailando un gato. La neuronas a los saltos tengo.
Estudiar de grande es complejo. Se amontonan las obligaciones y usar los minutos es más difícil. Tienen otro valor. Una o dos horas antes de trabajar. Una o dos horas después del último turno. El tiempo, cuando una es grande, deja de ser ese animal generoso que parecía esperarnos siempre.
Y, sin embargo, acá estoy. Volviendo a estudiar una carrera que alguna vez dejé, pero que nunca me dejó.
Regresé a un lugar del que me fui del completo. No soy la misma. Vuelvo con algunos años más, con otras preguntas, con trabajos, cuentas, responsabilidades, cansancios y una colección bastante más grande de fracasos y aprendizajes.
A veces pienso que estudiar de grande es sentarse frente a una versión anterior de mi misma y charlarle. A veces me veo estudiando de chica, y me dan ganas de decirme aguanta un poquito más. Solo un poco más, una noche más. No pensé que mi reflejo me iba a contestar... Y si lo haces vos y me dejas de reprochar?
La chica que empezó aquella carrera tenía otros tiempos. Probablemente también tenía otras expectativas. Creía que iba a terminar rápido, que la vida podía ordenarse alrededor de una carrera, que abandonar era solamente dejar una materia, un año, una cursada. Pero las cosas no funcionan así. Hay carreras que una deja y, sin embargo, continúan viviendo en algún lugar de la cabeza. Quedan como una puerta entornada. La enfermedad que es una amiga tan presente y comedida. Siempre está con sus acciones y no te deja olvidar.Un día, después de mucho tiempo, una decidí dejar de cuestionar a esa Belén joven y hacerlo yo.
El problema es que volver implica también atravesar cierta vergüenza. Entrar al aula y encontrarse con personas más jóvenes. Compañeros que quizás todavía pueden estudiar durante toda una tarde sin pensar en el horario de trabajo del día siguiente. Gente que llega a cursar con una mochila y se va. Una llega con la mochila, pero también con el cansancio, las responsabilidades, los mensajes sin contestar y esa lista mental de cosas que todavía tiene que resolver.
A veces una siente que llega tarde.Pero después pienso: ¿tarde para qué?
Creo que estudiar de grande es aprender que el tiempo no tiene una sola velocidad.
Hay personas que terminan una carrera a los veintidós, otras a los treinta, otras a los cuarenta. Algunas empiezan de nuevo. Algunas vuelven. Algunas cambian de carrera tres veces. Algunas necesitan dejar todo durante unos años para poder sostener otras cosas.
Y ninguna de esas historias invalida a la otra.
Lo difícil es que el cuerpo también participa de esta vuelta.
Hay días en los que la cabeza quiere seguir pero el cuerpo dice basta. Hay noches en las que una abre un libro y las letras empiezan a caminar. Hay mañanas en las que estudiar parece una hazaña. No porque una no quiera, sino porque el día ya viene cargado antes de empezar.
Por eso ahora miro las horas de otra manera.
Una hora antes de trabajar puede ser una hora de lectura. Una hora después del último turno puede convertirse en una página más. Veinte minutos esperando algo pueden alcanzar para repasar. Los minutos se volvieron pequeños tesoros.
Estudiar de grande, para mí, es darle valor a lo que dejaba pasar. Cuando tengo media hora para leer un párrafo estoy agradecida y espero que ese párrafo sea amable conmigo.
Porque ya no estudio solamente para aprobar.
Estudio porque quiero terminar algo que alguna vez dejé inconcluso. Porque quiero demostrarme que aquella historia no tenía que terminar necesariamente en el punto en que la abandoné.
Estoy sintiendo algo profundamente reparador en volver.
No para recuperar el tiempo perdido.
Eso ya no existe.
Vuelvo para hacer las paces con el tiempo que tuve.
Con la chica que no pudo.
Con la mujer que ahora puede, aunque tenga sueño, aunque tenga trabajo, aunque la cabeza le baile una chacarera doble y aunque algunas mañanas, como esta, tenga que quedarse un rato más abrazada a las colchas.
Es un esfuerzo.
Pero vale.