Viceversa

Crónica cumpleañera

Por Belén Cianferoni.

¿Cómo están? ¿Cómo va esa mañana?

Qué alegría que hayan venido. Besitos. MUA, muak. Pasen, pasen.

Estoy aquí celebrando mi cumpleaños con ustedes.

Mamá hizo malfatti de espinaca con salsa roja. Yo compré unas empanadas, pero la mesa la pusieron de tal manera que me siento en Narnia. Mucha prolijidad para una como una. Amo esos pequeños detalles.

Cumplo 39.

Hay edades que llegan como quien entra sin golpear. Otras se anuncian con bombos y platillos. Los 39, en cambio, me parecen una especie de aduana del tiempo.

Una llega con el pasaporte lleno de sellos y el empleado de la ventanilla pregunta: "¿Qué trae?".

Y una abre la valija.

Traigo esto.

Traigo aquello.

Traigo personas que ya no reconozco del todo y otras que, por suerte, todavía siguen por estos pagos.

Traigo personas que ya no están. Algunas que llegaron. Otras que se fueron sin avisar. Traigo amores, trabajos, libros, equivocaciones, enfermedades, viajes que hice y viajes que todavía sueño. Traigo versiones de mí que ya no reconozco del todo y otras que, por suerte, todavía siguen por estos pagos.

Traigo una esclerosis múltiple que hace años se metió en mi vida sin pedir permiso y que me enseñó, entre tantas cosas, que el tiempo también puede medirse en acciones.

En lo que antes hacías sin pensar y ahora tenés que pensar. En las cosas que el cuerpo permite, y a las que no... Las negociamos de otra manera. Hacemo' negocio con todo.

Pero bueno, la enfermedad no me quitó la capacidad de saber qué cosas me gustan cuando soy feliz.

Y esto parece una tontera, pero no lo es.

Porque cuando somos chicos sabemos perfectamente qué nos hace felices.

Un helado. Jugar hasta que se haga de noche. Una canción. Dormir en la casa de alguien. Que mamá haga nuestra comida favorita.

Después crecemos y empezamos a complicarlo todo.

La felicidad tiene que tener objetivos, proyectos, viajes, títulos, dinero, reconocimiento. Tiene que ser grande para que parezca importante.

Y resulta que un día cumplís 39 y descubrís que te hace feliz una mesa demasiado prolija. Que tu mamá haya cocinado malfatti. Comprar empanadas en los Sesin. Escuchar voces conocidas. Que alguien venga a festejar con vos.

Reírte de que te pusieron la mesa como si fueras una invitada importante cuando sos, justamente, la cumpleañera que anda por la casa como Juan por su casa.

Tengo 39, no sé si farmeando aura, pero sí amando todo lo que junté a lo largo de mi vida.

No las cosas que deberíamos tener. O las cosas que quedan bien tener.

Las que nos hacen pensar: qué lindo esto.

Y entonces la aduana del tiempo pregunta otra vez:

"¿Algo que declarar?"

Sí.

Declaro que todavía me gusta reírme, escribir, todavía poder comer la comida casera de mamá con gente querida alrededor de una mesa.

Dios bendiga las pequeñas ceremonias de la vida.

Declaro que tengo miedo de algunas cosas, que hay días en que me cuesta. Que no sé qué va a pasar mañana con este cuerpo que a veces parece tener sus propios planes.

Pero también declaro que llegué hasta aquí.

Treinta y nueve.

No sé si pasé la aduana. Creo que me dejaron seguir.

Y así estamos, con el pasaporte lleno de historias, haciendo lugar para otro sello.

Mamá sirve los malfatti. La salsa roja humea. La mesa sigue pareciendo la Narnia creada por Mirtha Legrand.

Nos reímos. Me río porque aún puedo reconocer, por un instante, que estamos exactamente donde queremos estar.

Con las personas que queremos.

Comiendo lo que nos gusta.

Y sabiendo, por fin, que eso alcanza.

Sobre todo con ustedes.

Salud.

Pasen a la mesa que se enfría.

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