Santiago

El pacto con el mejor amigo

Eduardo Groh Riemersma

Por Enrique Landsman 

Hay países que resolvieron el problema de los perros callejeros con leyes, presupuesto y décadas de política pública. Y hay personas que, sin esperar a que el Estado llegara, pagaron esa misma deuda con las manos: un perro por vez, una herida curada por vez, hasta convertir un gesto individual en una institución. Esta semana, Santiago del Estero perdió a uno de esos hombres. Eduardo Groh Riemersma —"El Polaco"— murió el jueves 27 de agosto, a los 49 años, en un accidente de moto en la capital provincial. Detrás dejó casi veinte años al frente de El Montecito de los Canichones, el refugio que fundó y que hoy alberga a más de mil perros sin nadie más que los cuide.

Contar su historia junto a la de Holanda, Alemania o la Unión Europea —países que en los últimos años convirtieron el bienestar animal en política de Estado— no es una comparación forzada: completa el cuadro. Las leyes no aparecen de la nada; muchas veces nacen del trabajo que alguien, como "El Polaco", ya venía haciendo antes de que existiera una norma que lo respaldara.

De la vida de negocios a "los canichones"

Eduardo había empezado Ingeniería Forestal en la Universidad Nacional de Santiago del Estero, carrera que no llegó a terminar, y tuvo después una vida de negocios bien alejada del proteccionismo. El giro llegó por dos golpes personales. En 1998, a los 24 años, sobrevivió a un accidente grave. Años más tarde, tras la muerte de su perra dogo Brunilda, su suegro le regaló un cachorro rescatado en una zona rural: Beethoven, que había sobrevivido al atropellamiento de su madre y sus hermanos. Eduardo, que hasta entonces criaba dogos y conocía razas pero no tenía incorporada la realidad de los perros de la calle, encontró en la historia de ese cachorro un espejo de su propia supervivencia. Ahí empezó todo.

En 2006 fundó el refugio, primero en Bandera, su ciudad natal, y luego en un predio sobre la Ruta 16, en el departamento La Banda. Fue él quien empezó a llamar "canichones" a los perros callejeros, y con ese nombre bautizó también a su proyecto. Con los años, la cifra de animales bajo su cuidado no dejó de crecer: hoy el refugio alberga a más de mil perros, muchos con discapacidades motrices o sensoriales, ciegos, sordos o simplemente viejos: los que en cualquier refugio del mundo tienen menos chances de ser adoptados, y que él decidió no dejar afuera.

Un método construido con miles de manos

Lo que hizo Groh Riemersma, a escala de un barrio, no es tan distinto en espíritu de lo que Holanda hizo a escala de país: la certeza de que ningún animal debería quedar afuera del cuidado solo porque nadie más quiere hacerse cargo. La diferencia es que él no tuvo el Estado detrás, sino una comunidad construida ladrillo a ladrillo: cerca de cien mil padrinos y madrinas, de la Argentina y del exterior, que aportaban mes a mes para comida, medicamentos y atención veterinaria; Facundo Herrera Gerardi, compañero de la tarea diaria en el predio; y una cuenta de Instagram, @refugioelmontecito, que superó el millón de seguidores. A los rescates sumaba charlas y talleres de concientización, además de una participación activa en causas judiciales por maltrato animal.

"Esto se hace con la colaboración en general de toda la gente, porque esto se hace entre todos."

La frase resume el modelo con el que sostuvo el refugio: ni el Estado ni una sola persona alcanzan; hace falta una red.

Lo que Europa legisla, él ya lo practicaba

La nueva normativa de la Unión Europea, aprobada este año, exige trazabilidad, cuidado de por vida y protección para los animales más vulnerables; la ley alemana castiga la muerte injustificada de un animal; en Holanda, sacrificar a uno enfermo requiere autorización judicial. En la escala pequeña de un refugio santiagueño puede reconocerse la misma lógica: El Montecito no eligió rescatar solo a los perros fáciles de adoptar, sino también a los viejos, a los que no ven, a los que no caminan bien. Esa decisión —cuidar a quien nadie más quiere cuidar— es la misma ética que esas leyes intentan volver obligatoria. La diferencia es que en Santiago del Estero no llegó por decreto: la sostuvo, día a día, la voluntad de una persona y de quienes la acompañaron.

Un refugio que no depende de un solo nombre

Su muerte dejó, además del dolor, una pregunta concreta: ¿qué pasa ahora con los perros de El Montecito? La respuesta tiene una base sólida. El refugio funciona como Asociación Civil Santiagueña El Montecito de los Canichones, con personería jurídica provincial desde 2017 y CUIT propio, por lo que puede seguir operando, recibiendo donaciones y administrando sus recursos sin depender jurídicamente de una sola persona. Una de las abogadas que trabajó junto a Eduardo en causas de maltrato animal confirmó que la intención de quienes lo rodeaban es clara: que el refugio continúe.

Pero la continuidad institucional no alimenta perros ni paga veterinarios. Eso lo hacía, hasta hace unos días, un hombre que gestionaba las donaciones, compraba el alimento, trasladaba animales y hasta participaba del mantenimiento del predio. Esa tarea diaria necesita ahora manos multiplicadas.

Una invitación, no un cierre

"El Polaco" fue la prueba de que tratar al animal callejero como responsabilidad propia y no como problema ajeno también puede nacer de abajo hacia arriba, de una sola persona dispuesta a sostenerlo durante veinte años. Esa responsabilidad queda ahora en manos de otros: de Facundo Herrera Gerardi y quienes trabajan a diario en el predio, de la Comisión Directiva de la asociación civil, y de la comunidad de padrinos, madrinas y seguidores que Eduardo construyó.

Quien quiera sumarse puede hacerlo como ya lo vienen haciendo miles: apadrinando con un aporte mensual, difundiendo la causa, ofreciéndose como voluntario en el predio de la Ruta 16, o adoptando a alguno de los perros —muchos viejos o con discapacidad— que hoy tienen menos posibilidades que nunca de encontrar un hogar. Las vías de colaboración vigentes pueden consultarse en la cuenta de Instagram del refugio, @refugioelmontecito, y en los canales que la asociación mantenga activos tras esta pérdida.

Las leyes de bienestar animal más avanzadas tardaron generaciones en construirse; El Montecito de los Canichones tardó veinte años en levantarse en manos de un solo hombre convencido. Que no se apague ahora es una forma de honrar lo que él entendió antes que muchos gobiernos: que ningún perro debería quedar solo, y que esa convicción, sostenida entre todos, puede durar más que cualquiera de nosotros.

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