Indio Froilán: "Pescar es aprender la vida y hacer un bombo es pensar en la gente"
A sus 75 años, José Froilán González, el reconocido luthier santiagueño, repasó una vida marcada por el trabajo, la cultura, la pesca y una pasión inagotable por el bombo.
A los 75 años, el Indio Froilán mira hacia atrás y encuentra en su historia una enseñanza que atraviesa cada etapa de su vida: el trabajo como forma de dignidad, la cultura como identidad y la paciencia como una herramienta indispensable para construir.
Su historia comenzó en una familia humilde, ligada a la pesca. Junto a su padre Ramón y su hermano Miguel aprendió mucho más que a sacar peces del río. "Pescar es aprender la vida", resume. Su madre, Filomena, salía temprano a vender el pescado por los barrios y, desde aquellos años, el esfuerzo cotidiano se convirtió en una escuela.
Después llegó la colimba, experiencia que, según recuerda, reafirmó los valores recibidos en su hogar: levantarse temprano, trabajar, ser honesto y aprender a ganarse el propio pan. También llegaron otros oficios y sacrificios, como juntar cartones y desperdicios para criar animales.
El encuentro con el bombo marcaría para siempre su destino. Hace 64 años comenzó a fabricar el instrumento que con el tiempo llevaría su nombre por distintos rincones del país y del mundo. Aquel tronco de ceibo encontrado en el río fue, para él, el comienzo de una historia que todavía continúa escribiéndose.
Un oficio construido con paciencia
Para el Indio Froilán, fabricar un bombo no es una tarea mecánica. Cada instrumento implica un proceso de entre 15 y 20 días, mientras que los trabajos por encargo pueden demandar más de tres meses.
"Yo no pienso en el bolsillo, pienso en las personas", explica. Su objetivo, dice, es que cada instrumento quede bien hecho y pueda acompañar a su dueño durante toda la vida.
Esa filosofía también se refleja en su permanente búsqueda de conocimiento. Aprendió de su familia, de su tío Polo y de otros referentes, pero también de cada experiencia. Con el tiempo fue modificando técnicas, incorporando diseños y perfeccionando los sonidos.
La afinación se convirtió en una de las características distintivas de sus bombos. Trabaja con cuero de cabra y utiliza quebracho blanco para los aros, además de aplicar técnicas que fue descubriendo y perfeccionando a lo largo de décadas.
"Puedo tener 200 años y nunca termino de aprender", afirma. Para Froilán, justamente ahí reside una de las claves de su oficio: seguir aprendiendo.
Del patio de Santiago al mundo
El reconocimiento llegó de manera progresiva y, en gran medida, a través del boca en boca. Sus bombos comenzaron a ser utilizados por músicos de distintos lugares y alcanzaron escenarios nacionales e internacionales.
Su trabajo llegó a proyectos vinculados con Divididos, Cirque du Soleil y artistas internacionales. También recuerda con especial emoción sus experiencias en Francia, Bélgica e Inglaterra, donde tuvo contacto con músicos y productores de reconocimiento mundial.
Uno de esos momentos ocurrió en el año 2000, cuando participó del festival WOMAD en Inglaterra, experiencia que le permitió compartir espacio con figuras como Peter Gabriel, Suzanne Vega, Papa Wemba y Miriam Makeba.
El bombo como identidad
Froilán también destaca el cambio cultural que produjo la Marcha de los Bombos. Según su mirada, hubo un antes y un después para el instrumento.
Durante mucho tiempo, recuerda, el bombo no era considerado un instrumento digno por algunos sectores sociales y se lo asociaba con la marginalidad. La Marcha contribuyó a colocarlo en otro lugar: como símbolo de la identidad santiagueña y expresión de la cultura popular.
Hoy, sostiene, el bombo puede encontrarse en escenarios de Europa y en distintos lugares del mundo.
Su mirada sobre el instrumento también parte de su historia. Antes de ser utilizado principalmente como instrumento musical, el bombo tuvo una función de comunicación a distancia. De allí, explica, surge la idea del "legüero", vinculado a la capacidad de sus sonidos para viajar grandes distancias.
"No puedo estar quieto"
Cuando le preguntan qué reflexión hace sobre todo lo vivido, Froilán no habla de retirarse. Todo lo contrario.
"Yo seguir con el mismo ritmo que tengo y seguir y no pararme", sostiene. La quietud no forma parte de su manera de vivir. Cuando no está trabajando, está pensando en algo nuevo, creando o buscando.
Para él, el reconocimiento más importante tampoco está necesariamente en los escenarios ni en los nombres famosos que han utilizado sus instrumentos. Está en los vínculos construidos durante décadas.
"Si no siembras no puedes cosechar", afirma.
Y su cosecha, a los 75 años, son los amigos que llegan desde distintos lugares para compartir un asado, la gente que reconoce su trabajo y una historia que comenzó junto al río, en una familia de pescadores, y terminó llevando el sonido del bombo santiagueño mucho más allá de las fronteras.
La última imagen de la entrevista vuelve, de algún modo, al hombre sencillo que nunca dejó de ser: desayunar leyendo el diario, mantenerse informado y, especialmente, interesarse por las historias policiales. Porque para el Indio Froilán, incluso después de 75 años, seguir aprendiendo también es una manera de seguir viviendo.