A cuatro años del atentado contra Cristina: cuidar la democracia
Por Marianella Lezama Hid
Concejala de Libres del Sur. Contadora Pública y Diplomada en Finanzas.
Hace cuatro años, la Argentina estuvo a centímetros de una tragedia política. El intento de asesinato de Cristina Fernández de Kirchner, entonces vicepresidenta de la Nación, fue uno de los hechos más graves de nuestra democracia reciente.
A cuatro años de aquel 1° de septiembre, necesitamos verdad y justicia, que se esclarezca plenamente lo sucedido y se determinen todas las responsabilidades. Pero también creo que recordar aquel atentado tiene que servirnos para mirar el presente y preguntarnos qué tipo de convivencia democrática estamos construyendo.
Porque la democracia no es solamente votar. También es reconocer al otro como parte legítima de una misma sociedad, poder discutir con firmeza sin deshumanizar y entender que ninguna diferencia política habilita el odio, el hostigamiento o la violencia.
Por eso preocupa que hayamos naturalizado formas cada vez más agresivas de relacionarnos. El insulto permanente, las noticias falsas, las campañas de hostigamiento en redes y su amplificación mediante cuentas anónimas o bots no son fenómenos menores. Van construyendo un clima en el que muchas veces parece importar más destruir a quien piensa diferente que discutir sus ideas.
Y quienes ejercen el poder tienen una responsabilidad mayor.
En ese sentido, las formas del presidente Javier Milei no pueden reducirse a una cuestión de personalidad o estilo de comunicación. Cuando quien ejerce la Presidencia insulta, ridiculiza o estigmatiza públicamente a periodistas, dirigentes, artistas, economistas o ciudadanos que cuestionan al Gobierno, esas expresiones adquieren otra dimensión.
La investidura presidencial importa. Un Presidente no habla solamente a título personal: representa al Estado, ocupa la máxima responsabilidad institucional del país y su palabra tiene una capacidad de legitimación y amplificación incomparable con la de cualquier ciudadano. Por eso, cuanto mayor es la responsabilidad institucional, mayor debería ser también el cuidado de la palabra.
No se trata de afirmar que una expresión violenta conduce automáticamente a un hecho de violencia física. La realidad es mucho más compleja. Pero tampoco podemos ignorar que las palabras construyen climas, habilitan comportamientos y pueden ir corriendo los límites de aquello que una sociedad considera aceptable.
Una convivencia democrática respetuosa no significa una democracia sin conflicto. La política necesita discusión, convicciones, movilización y proyectos diferentes disputando el rumbo del país. Podemos cuestionar con dureza al poder y defender nuestras ideas con firmeza. Lo que no podemos permitir es que la confrontación se transforme en deshumanización y que el adversario termine convertido en un enemigo al que hay que destruir.
Por eso, a cuatro años del atentado contra Cristina, necesitamos memoria, verdad y justicia. Pero también aprender de lo ocurrido.
No alcanza con rechazar la violencia cuando aparece un arma. También debemos evitar naturalizar mucho antes el odio, la mentira, el hostigamiento y la agresión como formas válidas de hacer política.
La democracia necesita más participación, más discusión y más política. Pero también necesita respeto. Cuidarla es una responsabilidad de todos, y mucho más de quienes ejercen las máximas responsabilidades del Estado.