Opinión

Inmigrar es también mirar hacia adelante

Por Alberto Pravia | Presidente de la Casa de España.

La frase de Isabel Allende resume, con sencillez, dos maneras distintas de enfrentar el desarraigo. En este Día de la Inmigración, resulta oportuno recordarla porque nos permite comprender que emigrar no significa solamente abandonar una tierra. Significa también aceptar el desafío de comenzar nuevamente y construir un futuro en un lugar diferente.

Nuestra historia difícilmente pueda comprenderse sin la presencia de quienes llegaron desde otras tierras y terminaron haciendo de la Argentina su hogar.

Durante los siglos XIX y XX, millones de hombres, mujeres y niños llegaron desde distintos lugares del mundo. Entre ellos, cientos de miles de españoles que, procedentes de Galicia, Asturias, Castilla, Andalucía, Cataluña, el País Vasco y otras regiones, encontraron en estas tierras una oportunidad para trabajar, formar una familia y progresar.

Muchos llegaron con muy poco. Una valija, algunas fotografías, unas pocas pertenencias y, sobre todo, la esperanza de una vida mejor. Dejaban atrás sus pueblos, sus familias y una parte de su propia historia.

Pero trajeron también mucho.

Trajeron sus costumbres, su lengua, sus tradiciones, sus oficios, su cultura y una profunda concepción de la familia y del trabajo. Fundaron comercios, empresas, asociaciones, sociedades de socorros mutuos, centros culturales y numerosas instituciones que todavía forman parte de nuestra vida social.

Los inmigrantes españoles, como tantos otros, llegaron a un lugar que les era desconocido y, con el paso de los años, lo convirtieron en su hogar. Allí nacieron sus hijos, trabajaron, hicieron amigos y construyeron una vida que ya formaba parte de la historia de esta tierra 

Y mientras construían su nueva vida, nunca dejaron de recordar la tierra que habían dejado atrás. Las cartas, las fotografías y las noticias que llegaban desde España mantenían vivo un vínculo que la distancia no podía destruir.

Sin embargo, aquellos hombres y mujeres comprendieron que recordar no podía impedirles avanzar.

Trabajaron para que sus hijos estudiaran, para comprar una casa, para ayudar a los familiares que habían quedado en España y, fundamentalmente, para que la generación siguiente pudiera vivir mejor.

Así se produjo una de las grandes riquezas de la Argentina, la integración de diferentes culturas sin que necesariamente tuvieran que desaparecer sus identidades de origen.

Hoy el fenómeno migratorio vuelve a ocupar un lugar importante en el mundo. Las razones pueden ser distintas de aquellas que impulsaron a nuestros padres, abuelos y bisabuelos, pero existe algo que permanece, detrás de cada migrante hay una historia personal, una familia y, muchas veces, la esperanza de encontrar un futuro más digno.

Por eso, hablar de inmigración exige equilibrio, una sociedad tiene derecho a preservar sus valores, sus instituciones y sus normas; y quien llega tiene el deber de respetarlas. Pero, al mismo tiempo, quien emigra merece ser recibido con la dignidad que corresponde a toda persona.

La integración no significa renunciar a las propias raíces. Significa aprender a convivir, respetar y participar de una sociedad común.

Tal vez uno de los desafíos del futuro sea encontrar ese punto de equilibrio. que quien llega pueda incorporarse plenamente a la sociedad que lo recibe sin tener que renunciar a sus raíces, y que esa sociedad pueda recibirlo sin sentir que debe renunciar a aquello que la identifica. 

En mi caso, recordar a nuestros inmigrantes significa mucho más que homenajear a quienes llegaron desde España. Significa reconocer una parte fundamental de nuestra propia identidad argentina.

No debemos idealizar el pasado, pero tampoco olvidarlo.

Debemos recordarlo para comprender quiénes somos y observar el presente para saber hacia dónde vamos.

Nuestros inmigrantes miraron hacia atrás con nostalgia, pero tuvieron el coraje de mirar hacia adelante con esperanza.

Hoy nos corresponde hacer lo mismo.

Porque inmigrar es dejar una tierra sin dejar necesariamente de amarla, es comenzar de nuevo sin olvidar de dónde se viene, y, sobre todo, es tener la esperanza de que el futuro puede ser mejor.

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