Ansiedad, ataque de pánico o problema cardíaco: por qué no siempre es fácil diferenciarlos
Por la Dra. Yanina Cangelosi Alba
Palpitaciones. Opresión en el pecho. Falta de aire. Mareo. Sudoración. Náuseas. Sensación de que algo malo está por pasar.
La escena puede corres ponder a un ataque de pá nico. Pero también puede aparecer durante un problema cardíaco.
Y ahí está la dificultad: los síntomas pueden superponerse tanto que no siempre es posible diferenciarlos solamente por lo que refiere el paciente.
Por eso, ante un cuadro nuevo o preocupante, especialmente si hay dolor torácico, falta de aire intensa, desmayo o factores de riesgo cardiovascular, la prioridad es descartar primero una causa potencialmente peligrosa.
Pero hay otra parte de la historia que durante mucho tiempo recibió menos atención: una vez descartado el corazón, decir "es ansiedad" no significa decir "no tenés nada".
La cardiología moderna está empezando a tomar esa idea mucho más en serio.
La ansiedad también se siente en el cuerpo
Cuando se activa intensamente la respuesta de estrés, el sistema nervioso autónomo puede acelerar el corazón, aumentar la frecuencia respiratoria, modificar la tensión muscular, provocar hipertensión arterial, generar sudoración, temblores, mareo, hormigueos y dolor o presión en el pecho.
En un ataque de pánico, estos síntomas pueden alcanzar una intensidad extraordinaria y acompañarse de sensación de pérdida de control o miedo a morir.
Para quien los vive, son completamente reales.
Según un comunicado de la Organización Mundial de la Salud (2025), los trastornos de ansiedad son actualmente los trastornos mentales más frecuentes del mundo: en 2021 afectaba a 359 millones de personas, equivalentes al 4,4 % de la población mundial. Solo alrededor de una de cada cuatro personas que los padecen recibe tratamiento.
En Argentina, el Estudio Argentino de Epidemiología en Salud Mental, realizado en 3.927 adultos de áreas urbanas, encontró que el 29,1 % había presentado algún trastorno mental a lo largo de su vida. Los trastornos de ansiedad fueron el grupo más frecuente, con una prevalencia del 16,4 % (Cía et al., 2018).
Dicho de otro modo, cerca de uno de cada seis adultos evaluados había presentado algún trastorno de ansiedad a lo largo de su vida.
¿Entonces cómo saber si es ansiedad o el corazón?
A veces hay pistas.
Un ataque de pánico suele alcanzar gran intensidad en pocos minutos y puede acompañarse de hiperventilación, hormigueos, miedo intenso o antecedentes de episodios similares.
Un problema coronario puede producir presión, peso u opresión en el pecho, especialmente con el esfuerzo, y acompañarse de irradiación a brazo, cuello, mandíbula o espalda, sudoración o falta de aire.
Pero la realidad clínica no siempre respeta esos modelos.
Un infarto puede aparecer en reposo. Puede comenzar con síntomas leves. Puede manifestarse de manera atípica, especialmente en mujeres, personas mayores o pacientes con diabetes.
Y un ataque de pánico puede producir un dolor torácico intenso y una sensación muy convincente de muerte inminente.
Por eso, no existe una regla que permita diferenciar ambos cuadros solo con el relato del paciente.
El error puede ocurrir en los dos sentidos
El primer error es atribuir demasiado rápido un dolor torácico a "nervios" y retrasar el diagnóstico de una enfermedad cardiovascular.
Pero existe también el error contrario: repetir estudios cardíacos durante meses en una persona con episodios recurrentes, sin reconocer que puede estar atravesando un trastorno de ansiedad o de pánico tratable.
Ambas situaciones perjudican al paciente y pueden coexistir.
La cardiología está dejando atrás la separación entre corazón y mente
En 2025, la Sociedad Europea de Cardiología publicó su primer documento de consenso específicamente dedicado a salud mental y enfermedad cardiovascular.
El mensaje central es contundente: la relación es multidireccional.
Una enfermedad cardiovascular puede favorecer la ansiedad, depresión o estrés. A su vez, los trastornos de salud mental pueden aumentar el riesgo cardiovascular y empeorar el pronóstico de quien ya tiene una enfermedad cardíaca.
Los síntomas de salud mental deberían evaluarse de forma sistemática dentro de la atención cardiovascular y, a la inversa, que las personas tratadas por trastornos mentales deberían recibir evaluación regular de su riesgo cardiovascular.
Durante años hablamos del corazón y de la mente como si pertenecieran a consultas completamente diferentes. Hoy sabemos que no es así.
¿Por qué importa tanto?
Porque ansiedad, depresión y estrés pueden afectar la salud cardiovascular por varias vías.
Por un lado existen mecanismos biológicos: activación del sistema nervioso simpático, alteraciones autonómicas, inflamación, sueño deficiente y cambios en la respuesta hormonal al estrés.
Y también mecanismos conductuales: una persona con ansiedad o depresión puede dormir peor, fumar más, realizar menos actividad física, comer de manera menos saludable o tener más dificultades para adherir al tratamiento.
La guía estadounidense AHA/ACC de enfermedad coronaria crónica (2023) señala que entre 20 y 40 % de los pacientes con enfermedad coronaria crónica presentan condiciones de salud mental concomitantes, como depresión o ansiedad.
El malestar psicológico se asocia con peor calidad de vida, progresión de enfermedad aterosclerótica y peores resultados cardiovasculares, por lo que considera razonable que, en pacientes con enfermedad coronaria crónica, el profesional realice preguntas dirigidas de salud mental, y derive para evaluación especializada cuando corresponda.
Es decir: preguntar cómo está emocionalmente un paciente cardíaco ya no debería verse como algo ajeno a la cardiología.
No minimizar la ansiedad
Una vez descartada una urgencia cardíaca, reconocer un trastorno de ansiedad no significa que los síntomas sean imaginarios.
Significa que puede existir una causa diferente, real y tratable. Aunque globalmente todavía existe una enorme brecha de acceso al tratamiento.
Además, tratar la ansiedad puede mejorar mucho más que el sufrimiento psicológico: puede favorecer el sueño, la actividad física, la adherencia terapéutica y la calidad de vida.
¿Cuándo debería consultar con urgencia?
Un dolor u opresión torácico nuevo, intenso o persistente merece evaluación rápida, especialmente si se acompaña de falta de aire, sudoración fría, desmayo, debilidad marcada o irradiación hacia brazo, cuello, mandíbula o espalda.
También conviene tener un umbral de consulta más bajo, es decir, consultar ante la mínima sospecha si existen hipertensión, diabetes, tabaquismo, colesterol elevado, enfermedad cardiovascular conocida o antecedentes familiares cardíacos relevantes.
Si el episodio se evalúa y la causa cardíaca se descarta, pero los síntomas se repiten, aparecen inesperadamente o generan miedo constante a que vuelvan a ocurrir, entonces investigar la salud mental formará parte de la estrategia de diagnóstico y tratamiento.
Quizás la mejor pregunta no sea:
"¿Los síntomas son cardíacos o psicológicos?"
Sino:
"¿Qué está provocando estos síntomas y cómo podría tratarlo correctamente?"