La Banda

Seis amigos tienden Puentes entre lo que se tiene y lo que se puede compartir

Tras pasar por otras experiencias, sentían que se podía hacer más, que lo que los unía no era un lugar ni una rutina compartida, sino algo más profundo: la convicción de que todavía tenían mucho para dar.

Por P.S.

Especial para EL LIBERAL

Hay historias que no empiezan con un plan, empiezan porque en el corazón se activó el latido de que algo DEBE comenzar.

Todo inició en febrero de 2016 mucho antes de que existiera un nombre, un equipo, una identidad propia. Eran rostros conocidos dentro del mundo solidario de Santiago del Estero: voluntarios que se cruzaban una y otra vez en distintas campañas, en distintos grupos, sin pertenecer al mismo espacio pero reconociéndose de lejos, como quien comparte un camino sin haberlo elegido juntos todavía. Eran solo personas que se ubicaban por una tarde solidaria compartida, por esas casualidades que la solidaridad misma suele regalar. Pero que sentían que les faltaba algo.

Un día, distintas circunstancias en esos grupos hicieron que, cada uno de esos "rostros conocidos" dejara de pertenecer a esos grupos. De un momento a otro, ese puñado de "conocidos desconocidos" se encontró sin un espacio propio donde canalizar algo que no se había apagado: las ganas de seguir ayudando.

Fue entonces cuando uno de ellos decidió buscar a los demás. Los contactó con una idea simple y a la vez enorme: ¿y si empezaban algo nuevo, juntos? Lo que los unía no era un lugar ni una rutina compartida, sino algo más profundo: la convicción de que todavía tenían mucho para dar.

Esa loca idea y el debate no fueron sencillos. Vivían en lugares distintos, atravesaban etapas de la vida diferentes, tenían edades dispares, entre otras cosas. Empezar de cero significaba muchísimo y pensarlo demasiado lo hacía cada vez más complejo, principalmente por "ganarse" la confianza de la gente, porque lo solidario, sin un nombre reconocido detrás, siempre despierta dudas y quizás ese fue el punto más frágil de todos.

Eran apenas seis voluntarios. Seis personas que no sabían cuánto tiempo tendrían disponible esas manos que se estaban por unir, porque el voluntariado es así, se sostiene en la buena voluntad, no en garantías. Pero, la incertidumbre no logró apagar el entusiasmo. 

Con esperanza, fe y con toda la energía que puede tener un grupo que recién empieza, se sentaron a planificar. Pusieron todo sobre la mesa, organizaron ideas, acordaron obras. Y así, con seis "rostros conocidos" pero convencidos, nació el 1 de abril de 2016 Puentes Solidarios Santiago del Estero. El nombre no fue fácil de encontrar, debía reflejar exactamente lo que sentían ser juntos, no donantes, no benefactores, sino un nexo, ese ida y vuelta, esa unión entre dos orillas, era —y sigue siendo— la esencia misma del equipo.

Los primeros pasos de Puentes Solidarios se dieron combinando obras propias con acciones junto a otros grupos solidarios de la provincia, algo que ayudó a que el nombre empezara a sonar y a ganar reconocimiento más rápido.

Al principio, las campañas eran generales y para todo aquel que necesitaba colaboración: adultos mayores, familias enteras, niños. Pero con el tiempo, el equipo dentro de su propia experiencia, encontró una certeza que cambiaría el norte de las obras: entre todos los receptores que habían acompañado hasta el momento… los niños eran quienes atravesaban las situaciones más vulnerables. Fue así que Puentes Solidarios tomó una decisión que definiría su identidad: las obras que continuarían serían exclusivamente para ellos.

Esa decisión significo una "reorganización" de agenda de las obras futuras. El equipo solicitó los permisos correspondientes al CIS Banda y al Hospital Regional para poder visitar, de manera mensual, las salas de Pediatría y Neonatología de ambas instituciones. El permiso llegó, y con él, una rutina que hasta hoy se sostiene: el primer sábado de cada mes, visita al CIS Banda; el tercer sábado, visita al Hospital Regional.

En el CIS Banda, la obra consiste en visitar a los niños internados en Pediatría llevándoles un poco de alegría: bolsitas de golosinas, globos, y en los casos que así lo requieren (generalmente niños del interior de la provincia) pañales, ropa, calzado o medicamentos puntuales, según lo que el personal del centro indica a Puentes con anticipación. 

En el Hospital Regional, en el piso de Neonatología, se llevan pañales, ropita, y también, cuando la situación lo amerita e indican los encargados del sector, medicamentos o leches medicamentosas.

Esa misma decisión de enfocarse en la niñez abrió otra oportunidad para el equipo: el de los festejos diferenciales en fechas clave: Día del Niño, Navidad, Día de Reyes. Puentes Solidarios empezó a organizar estas celebraciones especiales en el interior de la provincia, para que esos chicos que a veces quedan más lejos de todo también tuvieran su fiesta, su regalo, su momento de ser festejados como cualquier niño lo merece.

De aquellos seis voluntarios iniciales, Puentes Solidarios creció hasta ser hoy un equipo de catorce personas (ver nota aparte). Pero el camino nunca fue una línea recta: hubo obras con diez manos disponibles y obras con apenas dos. Las responsabilidades distintas, las etapas personales, las distancias, hicieron que el número de voluntarios activos fuera muchas veces incierto, sin embargo algo se mantuvo siempre firme, nunca faltaron, como mínimo, cinco voluntarios sosteniendo cada obra en pie, con la misma fe y las mismas ganas del primer día. Ser voluntario es entender que las manos van y vienen, pero la convicción de seguir jamás cambia.

Hay historias que quedaron grabadas para siempre en la memoria del equipo. Como la de un nene de apenas cinco años que, días antes de una jornada solidaria, cuando jugaba en el patio de su casa la pelota con la que jugaba cayó dentro de una olla con polenta que estaba al fuego en el piso, y cuando fue a buscar la pelota la olla se le cayó encima. El día de la visita de Puentes, sus integrantes lo conocieron completamente vendado, sin ganas de interactuar con nadie, sin embargo de a poco, empezó a abrirse con uno de los voluntarios, que comenzó a visitarlo seguido por meses a la hora del almuerzo, llevándole juegos, risas, un rato de alegría en medio de tremenda situación.

Hay otras historias que llegan distinto. Como la de dos voluntarios que fueron a acercar donaciones a una familia que necesitaba medicación específica para uno de sus hijos, y se encontraron con una menor con discapacidad, postrada en una cama, en una pieza a oscuras, sin la silla de ruedas que tanto necesitaba para poder moverse. 

Ese día, los voluntarios tomaron dos decisiones, una rápida: acondicionaron lo mejor posible la silla que venía usando (y que encontraron tirada en el patio), para sacarla a pasear bajo el sol. Otra, un poco más definitiva: Días después gestionaron una silla nueva y se la entregaron.

Son miles y miles de historias las que no se olvidan, las que recuerdan al equipo por qué cada sábado ser nexo en cada obra vale la pena.

Si hay algo que atraviesa cada una de esas visitas, es una idea latente que se sostiene con los años: no se trata de donar lo que a otros les sobra, sino de compartir lo que se tiene. 

Cada obra tiene y nos deja algo difícil de explicar con palabras concretas. Es la empatía puesta en acción, acompañar, guiar. Es ayudar hasta donde las manos alcanzan, sabiendo que muchas veces eso no cambiará la realidad de los niños ni de sus familias, pero sí les regala algo que también es válido: un espacio, un ratito distinto, una sonrisa en medio de una internación. Un momento en el que, aunque sea por un instante, se olvidan de la cama de hospital y simplemente son niños siendo niños, jugando, riendo, sintiéndose acompañados.

Cumplimos la década

Cuando llegó el momento de festejar la década de Puentes Solidarios, el equipo decidió hacer algo totalmente distinto, dejando el sentimiento de esa década cumplida en agradecimientos más que en "un festejo", invitando a compartir la celebración a quienes los habían acompañado desde los primeros pasos, como un gesto de gratitud hacia quienes caminaron junto a Puentes Solidarios a lo largo de toda su historia.

Diez años después, Puentes Solidarios sigue siendo, en esencia, lo mismo que fue el día que nació: un grupo de amigos que decidió no dejar morir las ganas de ayudar, aun sin saber cómo. Y que, sábado a sábado, sigue construyendo eso que le da nombre: puentes. Puentes entre lo que se tiene y lo que se puede compartir, entre una sala de hospital y un ratito de alegría, entre la incertidumbre de un comienzo y la certeza de que, después de una década, las ganas, las energías y la humanidad aun están vigentes para seguir dejando una huella en esta vida.

MARCELA CENTENO: "Amigos queriendo hacer algo por el prójimo"

Guardo los mejores recuerdos, nuestro inicio siendo cuatro amigos queriendo hacer algo por el prójimo y a la vez pensando qué nombre poner al grupo que nos identifique. Ahí nació Puentes Solidarios (porque consideramos que somos eso: entre los que nos donan y para que llegue a donde corresponda).

Todas las visitas tienen algo especial, muchas veces dolorosas cuando te enfrentas a situaciones muy tristes y que no puedes hacer nada para revertirlas.

Mi familia y amigos saben que hago lo que me gusta y me apoyan.

En Puentes iniciamos cuatro amigos locos queriendo dar amor y ayuda a quien lo necesite. En estos 10 años se fueron sumando más gente con quienes vamos creando un vínculo entrañable.

Dentro de 10 años, si sigo en este plano, me imagino una vieja loca queriendo ayudar jajaj.

Cómo es ayudar a quienes necesitan y compartir su dolor

Por Marcelo Alfaro De la Redacción de EL LIBERAL

María Pérez, vecina de La Banda, casada, tres hijos. Ama de casa a tiempo parcial, porque el resto de sus horas las dedica a esa inexplicable vocación de algunas personas a prodigarse a los demás cuando lo tienen todo.

Es una de las iniciadoras de Puentes Solidarios y explica lo que todos los integrantes de esta ONG aclaran al contar sobre la entidad: aquí no hay jerarquías, no hay presidencias, no hay jefaturas. Sólo ganas de trabajar para aliviar las necesidades de quienes solos no pueden lograrlo.

MA: ¿Cómo te ha transformado tu vida en estos diez años, desde antes de Puentes hasta al día de hoy? 

MP: No ha cambiado mucho. Porque yo siempre he sido -he tratado- de ser solidaria con lo poquito que tenía. Mi casa siempre ha estado abierta para todo el mundo que venía, que me pedía algo. Tal vez teníamos poco, pero no me importaba, lo compartía. Inclusive mis hijos han mamado eso: me acuerdo que mi niño tenía cuatro años y ya pasó un chiquito por el barrio, pidiendo algo, y él sabía que yo siempre le daba algo. Entonces, él le puso en la bolsa la fuente de milanesas (que iban a comer ese día). Entonces, después cuando yo lo veo, le digo: "¿Y la comida?". Me contesta: "Ah, el chiquito que pide siempre, le he dado". Y digo: "Pero le hubieses dado una" (risas). Para él estaba bien eso". 

"Crear Puentes ha sido volcar todo lo que teníamos, todo el amor, encontrarnos con muchas cosas lindas, feas, tristes, pero saber que nosotros podíamos hacer algo por esas personas o por esos niños, porque empezamos (ayudando a) toda clase de gente, pero después terminamos con niños y nos gusta, la verdad, amamos hacer algo por los chicos".

"Sé que no tienen la culpa por todo lo que pasan, pero bueno, tratamos de darles un poquito, algo para que ellos se sientan felices. Y cuando son del interior, es mucho más necesario en la zona rural, en las zonas más humildes". 

Con un nudo en el corazón

No todo en el mundo de la solidaridad es amor. A veces golpea el dolor hasta el quebranto. Por lo general, cuando hacen sus visitas mensuales a los hospitales de La Banda y Santiago: "También nos toca compartir con los bebus (bebés y recién nacidos). Por ahí vemos a alguien y le decimos: "Le vamos a dejar mucha ropa", y (las enfermeras) te miran y te dicen: "No, es terminal". Y la dura y práctica realidad indica que esa ropa o esos pañales no serán usados por ese pequeñito al que quizás le quedan horas de vida apenas. "O tiene tal cosa (enfermedad o condición) y te parte el corazón". 

Pero eso no es todo, la crudeza de la vida no perdona, ni siquiera cuando tratas de mostrar tu mejor versión al prójimo: "Cuando hacemos visitas a la Neo del Regional es principalmente más, o cuando hacemos Pediatría del CIS Banda, que tenemos nenas hasta de diez años y por ahí es una nena que no te mira a los ojos y vos quieres jugar y quieres sacarle una sonrisa y después te dicen: 'No, porque fue violada'. Por eso digo que tienen que ponerse en la piel de nosotros, para que nos entiendan". 

Y qué pasaba con el grupo, sus integrantes? "Primero empezábamos a sufrir y a llorar por todo, y después dijimos: 'No, si queremos seguir con esto, tenemos que ponernos la pila".

¿Y cómo se hace? ¿Qué haces? ¿Pones el corazón duro, te vuelves insensible? ¿Cuál es la llave? 

"No, no nos volvemos insensibles. Si no, hay que entrar y decir: "Bueno, el niño ya sufre demasiado, el niño ya tiene su calvario. Entonces, lo que tenemos que hacer nosotros es poner buena cara, tratar de ese momento que sea especial para él". 

Siempre eligieron seguir: "Dejar todo, todo a la par. Y bueno, si alguna de las chicas tiene miedo de que no lo puede hacer, listo, no entras. Vos acomodás la ropa y nosotros entramos. Y trato de no involucrarme, es una forma de decir, pero sí nos involucramos".

Y así completan cada jornada.

Operativo Garrahan, ya

Quizás los casos más estrepitosos sean las derivaciones de niños a otros centros de salud. En esos casos, Puentes sigue siendo Puentes, y más Solidarios que nunca.

"Cuando llaman del Regional y me dicen: 'María, hay un bebé que está viajando al Garrahan, vino con la mamá y el papá y no trajo nada'. No tienen ropa, no tienen pañales, no tienen nada. Entonces, a buscar. Muchas veces compramos mamadera para que el bebu lleve para el Garrahan, porque son familias muy humildes. Ropa para la mamá", relata María Pérez. 

"A veces hasta saco un bolso mío, una cartera, algo para ponerle cosas de higiene para que tengan cuando estén en el Garrahan. Yo sé que allá llegan y con nada", agrega. 

Ya se volvieron expertas en equipamiento, porque saben qué es lo que van a necesitar las familias en cada circunstancia, en cada lugar.

"Cuando nos llaman sabemos que para ir al Garrahan necesitamos ropa para el bebé, pañales para el bebé, una manta, porque sale de aquí en el avión sanitario y hay que ponerle manta. También sabemos que a la mamá la tenemos que asistir, y les pido: "Dame una foto de la mamá". ¿Por qué? "Para saber las medidas de la ropa. Tengo que buscarle ropa para darle a la mamá y a veces si va el papá, también".

¿Y de dónde sacan ropa cuando hacen un operativo de esos así?

"Gracias a Dios, los donantes se portan siempre, todo el año, entonces tenemos", celebra.

"La Casa de Martita"

Así como la tarea de los miembros de Puentes Solidarios la mayoría del tiempo consiste en mantener campañas de recolección casi permanentes (sólo cambia oportunamente la motivación, según las fechas: Día del Niño, día de la Madre, Navidad, Año Nuevo, Reyes, etc.), hay ocasiones en que todo se acelera: cuando surge un traslado a Buenos Aires. En cuestión de pocas horas se resuelve todo.

"En el segundo que del Regional me llaman y me dicen: 'Hay un bebé que vuela'. A las dos y media". 

"Cuando recibo el llamado, empezar a hurgar las cajas, conseguir ropa para la mamá, ropa para el bebu. Y a veces no hay mamadera. Compramos una de pasada. 

Apoyo

Afortunadamente en esta tarea de ayudar a las familias que deben viajar de emergencia por un tema de salud con sus niños, encuentran apoyo no solamente aquí, sino también en Buenos Aires.

"A veces articulamos con María Isabel, de (la ONG) Uniendo Eslabones. En Buenos Aires, en el Garrahan. Le aviso que va a ir un bebe de Santiago del Estero. Ella ayuda mucho al norte". Además, "trata de conseguirme cuando no hay leches especiales aquí, y me manda". 

"Ella trabaja con La Casa de Martita (una residencia donde va la gente del interior, y no tiene dónde quedar. Les dan un plato de comida, una cama". 

Una "muñeca que parecía pintada la nariz"

No siempre, pero a veces se quiebran las personas que vuelcan su corazón a ayudar a quienes menos tienen o a quienes las circunstancias negativas los encuentran desprovistos y no están preparados para superarlas.

A veces se encuentran con realidades que los superan.

Después las visitas a los hospitales, los voluntarios, en su mayoría mujeres, incluso madres, comentan lo que les tocó ver y hacer. 

Consultada sobre eso, María Pérez: "A veces hablamos y decimos: '¿Has visto esa muñeca que parecía pintada la nariz?".

_ "Sí".

_ "Bueno, esa muñeca es terminal. Y ahí dices: 'Yo le quería dejar el vestido más bonito que tenía y le quería dejar esto de la que habíamos llevado la valija, porque me había donado mi prima o mi ahijada. Y no podía dejarle… y ahí se quiebra". Porque la enfermera les avisa que esa bebé preciosa nació con alguna enfermedad o condición que no le va a permitir vivir mucho más allá de unas horas o días. Y, por duro que suene, ese vestidito quizás sea más útil para otra beba sin esos problemas de salud.

Las enfermeras que pasan 24 horas paradas sosteniéndolos

Otros de los casos más duros, tristes y descarnados de recorrer los pasillos de la solidaridad, es enterarse de realidades impensadas para la mayoría de las personas, los recién nacidos con abstinencia de consumo.

María Pérez lo resume así: "También hay bebés con abstinencia de droga, que a mí me llamó la atención la primera vez que veo. Un bebé que temblaba y se quería golpear, y la enfermera estaba con la mano adentro de la incubadora. Por eso te digo, yo las amo a las chicas".

"Ellos están tapados, no se los puede tocar. Lo veía al bebé y le pregunto digo: "¿Por qué estás ahí?" Y me dice: "Porque el bebé tiene abstinencia de droga. Ha nacido esta mañana, la mamá consumió hasta minutos antes de tenerlo, entonces hay que desintoxicarlo".

¿Cuánto tiempo se demora en desintoxicarlo? "Veinticuatro horas". 

Así que veinticuatro horas la enfermera está con los brazos adentro de la incubadora. Ahí al lado. Para que el bebé no se golpee. Porque tiembla y se mueve y se puede golpear. 

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