José Manuel Estrada y el Día del Profesor en la República Argentina
Por: Clemente Di Lullo -Especialista en Estudios Culturales.
En este presente político argentino se ha vuelto común y cotidiano hablar de "batalla cultural" para definir el enfrentamiento entre las ideologías mayoritarias.
Algo que, por otro lado, no es nuevo en la historia argentina y, precisamente, en este artículo nos ocuparemos de un fuerte encontronazo político-cultural que se planteó durante la presidencia de Julio Argentino Roca (1880 - 1886).
Un antecedente que guarda íntima relación con el establecimiento de la celebración del Día del Profesor en la República Argentina y que tiene como protagonista principal a José Manuel Estrada.
Fue èl uno de los mayores intelectuales autodidactas argentinos de la segunda mitad del siglo XIX, destacándose también como el màs eminente orador de nuestro país en aquellos años.
Ocupò importantes cargos docentes pese a no tener título oficial: Director de Escuelas Normales, Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires; Profesor de Derecho Constitucional en la misna institución y Rector del Colegio Nacional de Buenos Aires por doce años.
Pocas vidas argentinas muestran tan elocuentemente aquella espartana simplicidad en el vivir, aquella purìsima moral y aquel alto pensar en las cosas humanas y divinas, que forjan los caracteres fuertes, capaces de dominar las pasiones, ambiciones, que rebajan la excelsitud de la personalidad humana, como la de Josè Manuel Estrada.
En 1865 brindò una serie de conferencias pùblicas sobre historia en el Colegio Modelo de Catedral del Norte. Ellas darían origen a su libro "Lecciones sobre la historia de la Repùblica Argentina", un texto de lectura obligatoria en el ámbito escolar.
Con los hombres de la Generaciòn del 80, llegó el pensamiento laicista que realizò profundas reformas en la sociedad argentina. Entre ellas se destacan la ley de matrimonio civil, la ley de educación común 1420 que impuso la educación obligatoria, gratuita y laica. Es decir, fue el tiempo político que propiciò la separación definitiva entre Estado e Iglesia.
En este contexto reformista le tocò actuarl a Estrada. Y lo hizo como opositor firme al régimen roquista y sus reformas que proponían modernizar las leyes civiles, algunas de las cuales, eran avizoradas como remantes de una época ya perimida.
El magisterio fue su verdadera más profunda vocación. Precisamente fue la cátedra universitaria la trinchera desde la cual alzó su voz opositora.
En sus encendidos discursos confesó que "ha sido para mì la enseñanza un altísimo ministerio social, a cuyo desempeño he sacrificado el brillo de la vida y las solicitudes de la política; el tiempo, la salud, el reposo, y en momentos amargos, mi paz y la alegría de la familia. El sacrificio es fortificante porque engendra la austeridad y habitúa a la pobreza. Es decir que hace invencible a los hombres".
Frente al embate del Estado contra la educación religiosa católica defendió la misma porque creía firmemente que: a) la moral religiosa era indispensable en la formación de los jóvenes; b) democracia y educación eran compatibles puesto que las dos servían a la libertad del individuo. Ambas, afirmaba, son las herramientas más acordes para lograr que el individuo encuentre su lugar en la sociedad y desde allì fuera creador de su propio bienestar y c) el derecho de elegir el tipo de educación para sus hijos es exclusivo de los padres, de la sociedad civil, pero jamás del Estado. En este sentido se configura como un precursor en defensa de la escuela como espacio de libertad cívica y nunca como institución dedicada al adoctrinamiento estatal.
Esta lucha sin cuartel le deparò graves consecuencias: fue echado de todas sus cátedras docentes. Frente al hecho consumado se expresó con la idea que simboliza y sintetiza su actuación histórica: "De las astillas de las cátedras destrozadas por el despotismo, haremos tribunas para enseñar la justicia y predicar la libertad".
Por razones de salud y de otro orden también viajó al Paraguay, fijando residencia en la ciudad de Asunción donde falleció el 17 de setiembre de 1894. Casualmente el mismo lugar donde muriera otro célebre exiliado argentino, Domingo Valentín Sarmiento y para màs coincidencia, ambos autodidactas y apasionados por la defensa de la educación, cualquiera fuera su canal: pública, laica o privada confesional.